Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2) Capítulo Uno
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Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2)

Sobrevivir al motero (Serie Gold Vipers MC nº 2)

Por Cassie Alexandra

© inepub.com

Capítulo Uno

Adriana

—Adriana —dijo Vanda desde el otro lado de la puerta del baño—. ¿Estás bien?

Me limpié la boca con un pañuelo de papel y lo tiré al inodoro.

—Sí. Ahora salgo.

Se quedó callada un par de segundos.

—¿Estás vomitando otra vez?

—No —mentí—. Acabo de lavarme los dientes. ¿Qué necesitas, mamá?

—Me pareció oírte vomitar otra vez. Estoy preocupada por ti.

Abrí el grifo y empecé a lavarme las manos, sin saber si enfadarme o tomarme a broma que hubiera estado escuchando detrás de la puerta.

—Estoy bien. Salgo enseguida.

—Vale.

Cuando salí del baño, seguía en mi habitación, mirando por la ventana con expresión pensativa.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Se volvió y vi que las arrugas de preocupación de su cara eran más marcadas de lo habitual.

—Iba a preguntarte lo mismo.

—No sé a qué te refieres —dije mientras iba hacia el armario. Abrí la puerta corredera y empecé a buscar algo que ponerme. Eran las siete y media de la mañana y tenía clase a las nueve. Desde luego, no estaba de humor para cháchara ni para sermones.

—¿Cómo te va con ese motero? Trevor.

—Bien.

Oír su nombre me oprimió el pecho. Saqué un jersey verde de cachemira.

—¿Por qué lo preguntas?

—Has estado en casa últimamente. Por las noches. Y estos dos últimos fines de semana ni siquiera has ido a su casa.

—He estado ocupada con los deberes —dije, sin querer entrar en el tema con ella.

La verdad era que lo había estado evitando desde que Brandy, su exnovia, había soltado la bomba de que estaba embarazada.

Había afirmado que el bebé era suyo, y Trevor, a quien su madre había abandonado y su viejo había tratado fatal, quería cumplir con cualquier hijo que hubiera engendrado.

Por desgracia, eso también significaba dejarla vivir en su casa, ya que «supuestamente» no tenía otro sitio adonde ir.

—¿Todo va bien?

Me di la vuelta y la miré. Probablemente saltaría de alegría si supiera la verdad.

Que no nos iba nada bien. Sin embargo, decidí guardármelo.

Si las cosas se arreglaban y el bebé no era suyo, aun así me lo echaría en cara.

Mi madre me quería, pero no confiaba en Trevor ni le caía especialmente bien; esto sería más munición para usar contra «El Motero».

Me encogí de hombros.

—Sí. Claro. ¿Por qué te preocupa tanto?

—Estoy preocupada por ti —respondió, con la mirada dulce de sus ojos verdes—. Has estado muy callada. Demasiado callada.

El estómago volvió a revolverse.

—Para serte sincera, creo que tengo un poco de gripe o algo así.

Salí disparada hacia el baño otra vez.

—Gerald la tuvo la semana pasada, así que probablemente sea eso —respondió mientras yo cerraba la puerta.

Me incliné sobre el inodoro y eso bastó para vomitar.

—Te traeré un poco de ginger ale —dijo desde el otro lado de la puerta—. A lo mejor te asienta el estómago.

—Eh, gracias, mamá —dije con un hilo de voz.

—De nada.

Me limpié la boca con un pañuelo de papel, lo tiré al inodoro y tiré de la cadena. Mientras me lavaba los dientes, volvió a llamar a la puerta.

—Aquí tienes.

Me dio un vaso y dos pastillas.

Las miré. No las reconocía.

—¿Qué es esto?

—Papaya. Te asentarán el estómago. Jim las toma siempre para la acidez. Puedes masticarlas.

—Gracias —respondí, y me las tomé—. Oh, están buenas.

—Lo sé. Yo también las he estado tomando últimamente.

Me miró el estómago y cambió de tema de golpe.

—¿Habéis estado usando protección?

Alcé una ceja. Esta conversación no. Tenía veintiún años y me estaba interrogando sobre sexo.

—¿Perdona?

Se rio nerviosa.

—Estoy segura de que sí, pero... ya sabes.

Se puso seria.

—No estás embarazada, ¿verdad?

—No, estoy tomando la píldora.

Suspiró aliviada.

—Oh, bien. ¿Habéis usado también condones? Quiero decir, es buena idea con un hombre como Trevor. A saber con qué tipo de mujeres ha estado.

—Mamá, ahora me estás ofendiendo a mí también —di otro trago al ginger ale—. ¿Podemos dejar el tema? Ya soy adulta, y mi vida sexual no es algo de lo que quiera hablar contigo.

—Solo estoy velando por ti —dijo mientras se retorcía las manos.

—Vale. Gracias. Ahora, si no te importa, voy a vestirme e irme a la universidad.

—¿Te preparo algo de desayunar?

Solo pensar en comida me dio un escalofrío.

—No. No creo que lo retenga.

Frunció los labios.

—Si tienes gripe, ni siquiera deberías ir a la universidad.

Saqué unas bragas y un sujetador de la cómoda. —Tengo un examen esta mañana —dije, poniéndome las bragas bajo mi bata blanca de rizo—. No puedo permitirme faltar.

—Seguro que puedes recuperarlo. Diles que estás enferma.

Tenía respuesta para todo. —No quiero recuperarlo. Además, me siento mejor. Creo que el refresco que me diste ya me está sentando bien. ¿Tenemos galletas saladas? Me llevo algunas.

—Sí. Voy a meterte algunas en una bolsa de plástico —dijo, caminando hacia mi puerta—. Enseguida lo hago.

—Gracias.

—De nada.

Terminé de vestirme y volví al baño, recogiéndome el pelo en una coleta. Pensé en maquillarme, pero al final decidí no hacerlo.

¿Para qué?

—Aquí tienes —dijo Vanda cuando entré en la cocina con la mochila—. Galletas saladas.

Cogí la bolsa. —Gracias.

—Por cierto, esta noche voy a cenar tarde con Jim otra vez. Después del trabajo. Si necesitas algo, llámame. Vendré a casa.

—No te preocupes por mí, estaré bien —dije, notando que se había esmerado especialmente con su cabello castaño rojizo. Normalmente lo llevaba recogido en un moño para trabajar, pero hoy se lo había rizado y lo llevaba suelto—. Te queda muy bien el pelo.

Se lo tocó y sonrió. —Gracias. A Jim le gusta así.

—Ah. Ya veo por qué. Pasadlo bien esta noche. Y si decides no volver a casa, también está bien.

—Oh —dijo, y agitó la mano mientras se reía—. Volveré a casa. Aún no hemos llegado a ese punto.

—Bueno, cuando lo hagáis, asegúrate de usar condón —dije, disfrutando del repentino bochorno en su rostro—. No quiero hermanitos.

—Dios mío, soy demasiado mayor para tener más hijos —respondió, dándome la espalda. Cogió una botella de desinfectante y se puso a limpiar la encimera.

—Mamá, ni siquiera tienes cincuenta años. Podría pasar —dije, sacando las llaves del bolso.

—Tú preocúpate de lo tuyo, Adriana —dijo mientras arrancaba papel de cocina. Me miró por encima del hombro—. ¿Vale?

—Lo mismo digo, mamá —dije, guiñándole un ojo—. Las dos somos mujeres adultas, ¿no?

Se rio y asintió. —Vale. Me ha quedado claro.

Sonreí con suficiencia. —Por fin. Nos vemos esta noche.

—Adiós, Adriana.

Salí de casa y me subí al coche. Mientras salía del garaje, el móvil empezó a sonar. Cuando vi que era Trevor, maldije entre dientes y respondí a regañadientes.

—Hola, gatita —dijo con esa voz suya, perezosa y sensual.

—Hola.

—¿Qué haces?

—Tengo clase. Voy de camino.

—¿Solo una?

—No, tres, en realidad.

—Pásate por aquí cuando termines.

Fruncí el ceño. Lo último que quería era ver a Brandy actuando como si fuera la dueña del lugar cuando llegara.

Sabía que me odiaba. Lo había visto en sus ojos.

Haría todo lo posible para hacerme sentir que no pintaba nada allí.

Y no me apetecía lidiar con eso ahora mismo.

—Yo... me encuentro un poco mal. Voy a tener que pasar.

Suspiró. —Me estás evitando.

—No.

—Sí.

—En serio, no me encuentro bien.

—Ya. Igual que la semana pasada.

—Tenía clases y exámenes.

—¿Y los dos últimos fines de semana?

—Estudiando para esos exámenes.

Soltó un taco. —Venga, Adriana. No soy idiota. Sé que me estás evitando y es por Brandy.

Obviamente.

—¿Sigue en tu casa?

—Sí, pero como ya te dije, solo está quedándose aquí. No pasa nada más. Si pudiera echarla hoy mismo, lo haría.

—Hablando de eso, ¿cuándo vas a saber si el bebé es tuyo?

—La semana que viene.

Solté un suspiro de alivio. Pensaba que la prueba de paternidad iba a tardar mucho más. —¿Sabes de cuánto está?

—Casi nueve semanas. —Suspiró—. Basta de hablar de ella. Necesito verte, cariño. No sabes cuántas veces he querido ir a buscarte a tu casa.

¿Y qué te lo impidió?, quise preguntar.

—Por cierto, tengo algo para ti —dijo con voz sonriente.

—Déjame adivinar... está en tus vaqueros.

—No, no, no. Es una sorpresa. Pásate cuando termines las clases y lo verás.

Cedí.

—Está bien. Llegaré sobre las cuatro.

Sabía que eso me daría tiempo de sobra para volver a casa, ducharme y cambiarme.

—Bien. Estaré contando los minutos. Te he echado mucho de menos, Gatita.

—Yo también te he echado de menos.

Me mordí el labio inferior. Tenía que preguntarlo.

—¿Brandy va a estar por allí?

—No. No creo. Ahora trabaja en el Griffin.

Resoplé.

—¿De stripper?

—No, está haciendo un curso de coctelería y Slammer tuvo el detalle de darle trabajo. También la ha estado formando Misty.

—Supongo que la echaron del último trabajo.

—Sí. La echó de su casa y la sustituyó en la oficina.

—¿Y si el bebé no es tuyo? —pregunté—. ¿De verdad la quieres en el Griffin?

—Me da igual. Necesita un trabajo. Además, ya no paso tanto tiempo allí. Suelo estar en la sede del club.

—Ah, ¿y eso es mucho mejor? —respondí con sequedad. Todavía recordaba a Krystal hablándome de las fulanas que frecuentaban el lugar y de las fiestas salvajes. Según lo había descrito, era como una despedida de soltero permanente.

—No es para tanto, y solo pasa algo si tú quieres que pase —dijo—. Lo único que yo quiero es tenerte en mi cama, Gatita. Esta tarde.

Aunque todavía tenía algo de náuseas, yo también lo deseaba. Lo echaba muchísimo de menos, de verdad.

—Allí estaré.