Sobreviviente 13
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Escalé como podía por entre las aberturas cuadradas del enrejado. Era imposible. Casi. Los infectados intentaron hacer lo mismo, pero la motricidad fina no era su fuerte.

Me dolían las manos y los delgados hilos de fierro me lastimaban la piel. Estaba débil, muy débil, pero eso no me detuvo. Las voces de los espectadores no me molestaban. Gritaban que subir no me salvaría, pero yo no los escuché.

Cuando estuve en el techo de la jaula, solo podía sujetarme con las manos y me colgaban los pies.

Los infectados berreaban y se esforzaban por saltar o subir para atraparme.

Pronto lo lograrían. Estaban hambrientos, y ese instinto, el único e imparable instinto que los movía, podía darles la solución a su predicamento.

No tenía mucho tiempo. Mis manos ya no resistían el peso del cuerpo y los alambres me herían la piel. Estaba débil y el encierro y la tortura a la que había sido sometida me estaban jugando malas pasadas. No podía seguir esperando. Me moví como pude. Ya me sangraban las manos.

Los gritos de los presentes se volvieron un murmullo ininteligible. Pedro me miraba desde las gradas y su expresión era lasciva. Yo mejor que nadie sabía que le gustaba ver sufrir a las mujeres para sentir placer, pero tampoco en eso le daría en el gusto.

Nunca más, maldito Pedro, nunca más.

La reja no iba a resistir. Se movió con brusquedad. Los infectados habían aprendido a subir y, aunque no eran rápidos, eran perseverantes. Debía darme prisa.

Con las últimas fuerzas que me quedaban, avancé lo que me restaba de la reja.

La llama estaba ahí, al alcance, pero mis manos no cabían por los espacios entre los alambres. ¿Iba a ser capaz de hacerlo? No tenía tiempo para cuestionar el plan. Era eso o convertirme en un zombi.

Mi mano no cabía. Decidí quebrarme uno de los dedos para lograrlo.

Estaba colgando. Me moví hacia la esquina para apoyar los pies.

La reja se balanceaba y amenazaba con hacerme perder el equilibrio.

No tenía tiempo. Cerré los ojos y me quebré el dedo gordo.

Fue un solo movimiento. Lancé un alarido.

Todo fue rápido, tan doloroso, que aún me cuesta recordar lo que pasó de verdad.

Me mareé con el dolor y estuve a punto de caer, pero no lo hice.

Dejé de lado el martirio de la fractura autoinfligida, sin pensar en la mano ni en que la iba a necesitar para sobrevivir.

Mientras la sangre de la herida me caía sobre la cara, logré pasarla a través del alambre, tomar la antorcha y hacerla caer hacia el público.

El pasto seco de la plaza se encendió en un parpadeo.

Los cuerpos de niños, ancianos, jóvenes, mujeres y hombres, todos los que estaban más cerca de la reja, ardieron tan rápido como el pasto.

Las telas ardieron en primer lugar. Y en milésimas de segundo, el fuego encontró la piel.

Jamás se lo conté a Iván, jamás le dije lo que pasó, que fui yo quien originó el fuego con la intención de matarlos, pero jamás me sentí culpable tampoco.

Era mi vida o la de ellos. Yo no les había hecho daño y ellos me sacaron de mi casa, de mi refugio para secuestrarme y usarme como juguete, solo porque no era como ellos, solo porque ansiaban adueñarse del nuevo mundo.

Siempre me he preguntado por qué los centinelas no me dispararon, pero con los años he llegado a la conclusión de que, para esos soldados, era más importante usar sus municiones en tratar de controlar la invasión que se acercaba, que de preocuparse por una sola mujer.

O tal vez, tal como entendí en la conversación con Pedro, sí tenía mucha suerte.

Los alaridos de los que se estaban quemando se mezclaron con los chillidos de los infectados.

La decena de zombis se convirtió en una horda.

El fuego y los gritos atrajeron a una horda del exterior que los centinelas no lograron controlar.

Y el incendio se extendió; no tenían agua suficiente para apagarlo.

La reja por fin cedió. Y yo caí con ella y una masa de infectados.

Las llamas alcanzaron a algunos de ellos.

No creo en milagros, pero si existieran, ese podría ser considerado como uno.

Caí con ellos, pero la reja no me aplastó, me dejó un espacio de vida y un agujero por donde escapar.

Nadie me prestó la más mínima atención. La Colonia era un caos, los centinelas de los muros exteriores no daban abasto al intentar contener a los infectados que querían escalar los muros.

Los guardias que no se estaban quemando a fuego lento, trataban de apagar el incendio.

Yo solo corrí y corrí, movida por mi instinto de supervivencia. Corrí porque no dejaría que Iván muriera encerrado, porque no iba a abandonarlo como había abandonado a todos los que me amaron en el antiguo mundo.