12
Un hombre y una mujer aparecieron en el umbral de la puerta: los guardaespaldas de Pedro. Sí, los recordaba.
Entraron como demonios y me sacaron de la celda a tirones sin mediar palabra.
Escuchaba los gritos enloquecidos de Iván, les exigía que me dejaran en paz, que si no lo hacían, los iba a matar con sus propias manos. Su desesperación era palpable. Se desgarró la garganta y su furia se extendió por todo el corredor oscuro por el que me sacaron a rastras.
Yo también gritaba. Pedía por mí, para que me soltaran, pero también suplicaba por Iván.
Cuando entendí que no era su intención ni liberarme ni soltarlo, los amenacé.
No iba a permitir que le tocaran un solo cabello.
Grité y me rompí la garganta. Me desahogué de todo aquello que había pasado y de todo aquello que pasaría.
Grité de miedo, grité de rabia, grité de odio, pero más que nada, grité porque me separaban de Iván y porque pensaba que no volvería a verlo.
El amor era para tontos. Esto no era amor, era más. Más que compañerismo, más que amistad. Iván se había convertido en una parte de mí, en mi mundo. Era mi otra mitad. Iván era yo y yo era Iván. La locura me había consumido por completo.
Me amarraron a una silla en un cuarto oscuro y mugriento. Por más que lo intenté, no pude soltarme. Me rompí las muñecas y me herí la piel de los tobillos intentándolo. Pero no tenía fuerza. Estaba agotada física y mentalmente. ¿Cómo iba a sobrevivir a lo que venía si apenas podía respirar?
Pedro apareció como una visión de un mundo extraño y antiguo, tan ajeno a mi realidad que bien podría haber sido un extraterrestre. Solo una luz mortecina, amarillenta y moribunda lo separaba de las penumbras. Me sonrió, dueño de todo y de todos; lo que siempre había querido.
Yo estaba destruida porque él había hecho trizas mi fuerza y mi cordura, que eran las mejores armas que poseía en ese loco mundo de porquería.
—No hueles bien, querida —fueron sus primeras palabras—. Pase lo que pase en esta celda, vas a tener que darte un baño con urgencia.
Se burlaba de mí y no me pareció justo.
—¿De quién será la culpa de que no me haya podido asear? Tuvimos que hacer nuestras necesidades en baldes y comer con las manos llenas de inmundicia. La hospitalidad de tu Colonia deja mucho que desear…
Me cerró la boca de un golpe.
—Recuerdo que cuando estabas nerviosa solías hablar sin parar. Siempre fue irritante.
—Podría decir lo mismo de ti. —Escupí la sangre que me llenó la boca.
Esta vez tuvo que aceptar que estaba diciendo la verdad.
—Espero que hayas pensado en mi propuesta en estos días.
¿Días? Pensaba que había estado meses en esa celda.
—Si dejas a Iván en paz…
Resopló. Lo conocía lo suficiente para saber que estaba frustrado.
—Al fin te he encontrado una utilidad, Tamara. Lo reflexioné y ni como puta ni como esposa trofeo me sirves de mucho. No eres tan buena en eso después de todo, pero claramente tienes habilidades y las usaré para la Colonia.
Se acercó a mí, limpio y perfumado, como siempre.
—¿Qué le harán a Iván? Déjalo ir y yo haré lo que tú me pidas —pedí por él. Era lo único que me importaba.
—¿Un vendedor de seguros? ¿Es en serio?
—Era tu amigo.
Lanzó una carcajada que me dejó claro que Pedro no tenía amigos. Tampoco los había tenido antes; el poder siempre fue más importante.
—Estuve vigilándolos todo el tiempo. Debo reconocer que tu noviecito es gracioso, sus planes de escape me hicieron reír.
—Déjalo ir, Pedro.
—No tienes derecho a pedir nada, porque no eres nadie. Te crees muy importante porque sobreviviste, pero yo, mi querida amiga, soy el sobreviviente número uno. No eres especial.
No, no era especial, nunca lo había sido, solo había tenido suerte. En el fondo lo sabía.
—Iván sí lo es. Déjalo vivir y me quedaré aquí y seré lo que tú quieras que sea.
Me había equivocado. Pedro lanzó un bufido. Que hubiera escogido a Iván sobre él, le hirió el amor propio en lo más profundo.
—Tu tiempo de decidir se agotó hace tiempo, querida.
Permanecí en silencio, no tenía palabras para él. Por primera vez en la vida me importaba más la supervivencia de alguien más y eso iba a destruirme.
—Al menos, serás de utilidad para esta comunidad —dijo y me pasó la mano por el rostro en una caricia despreciable—. Maquíllenla para la función —ordenó a sus guardaespaldas, mientras salía de la habitación.
Mi maquillaje no sería polvos y delineadores; hacía tiempo que no lo eran. Las manos de los guardaespaldas de Pedro fueron los pinceles que pintaron mi rostro y mi cuerpo de rojo, negro y morado.
En medio de la paliza, me preguntaba por qué no me mataban de una vez. ¿Qué cresta quería Pedro Del Lago de mí? ¿Acaso no le había dado todo? Dejé de pensar, no lo necesitaba. Pronto averiguaría todas las respuestas.
Habían convertido la antigua Plaza de Armas de la ciudad en una especie de arena de combate rudimentaria. La gente de la Colonia se había congregado alrededor. Habían traído sillas para sentarse a mirar el espectáculo, otros habían escogido el suelo.
Mi aspecto debe haber sido perturbador. No habían sido delicados conmigo y hacía mucho tiempo que no comía bien. Estaba amarrada de manos y pies, y los guardaespaldas de Pedro con suerte me dejaban respirar.
Observé a esa gente y entendí las ansias de Iván por salvarlos; eran niños, ancianos, mujeres y hombres con rostros sencillos y acongojados, oprimidos por Pedro.
Iván era un héroe, esa era su personalidad, sobrevivía para ayudar a los demás, para hacerle un bien a su comunidad. Así era él, un idealista, un soñador.
Los gritos de la Colonia explotaron como una bomba sobre mí.
Sus rostros se transformaron. Dejaron de ser los oprimidos a merced de Pedro Del Lago.
Incluso los niños gritaron para exigir sangre.
Sus voces se elevaron y destruyeron la imagen que Iván me había dado de ellos, una imagen idealizada, una imagen que lo ayudaba a alimentar su complejo de héroe.
No, la Colonia no era lo que yo pensaba.
Esa no era una invención de Pedro para alimentar su personalidad ególatra; esos hombres y mujeres eran una extensión de él.
Querían ser sometidos a cambio de protección y de sentir que aún manejaban el mundo que los rodeaba.
La sangre y la muerte los entretenía, la pedían a gritos.
—Hacía tiempo que no tenían un espectáculo —comentó uno de los guardaespaldas, el hombre.
Nunca había intercambiado palabras con ninguno de los dos de manera directa.
Me miró con una sonrisa molesta como si hubiera adivinado mis pensamientos.
Mi maltrecha cara debe haber sido el reflejo de las dudas que me atenazaban—.
¿Creías que ibas a ser la heroína del pueblo?
Acá incluso a los niños les gusta ver muerte. Nos hace más fuertes.
La mujer asintió, pero no me dirigió la palabra.
Me quedé en silencio. Intentaba asimilar la situación. Se habían reunido a verme morir, querían mi sangre y mi sufrimiento. Pedro había aprendido la antigua lección de «pan y circo».
Me lanzaron a la arena sin preámbulo, solo con un pequeño cuchillo.
Soltaron una decena de zombis hambrientos.
La desesperación por comida los hacía rápidos.
De ellos solo me separaba una reja endeble que pronto caería.
Ahora entendía la golpiza, no querían que triunfara, pero, aun así, querían un espectáculo decente.
De lejos, no creo que mi aspecto hubiera sido mejor que el de los zombis a los que tenía que enfrentarme con un pequeño cuchillo. ¿Y si sobrevivía? ¿Qué me harían?
Esos infectados no eran otra cosa que anteriores gladiadores de esa arena de pesadilla.
Si no sobrevivía, ese era el futuro que me esperaba.
Mi mayor miedo; ni muerta ni viva, solo procurando llenar ese vacío de carne humana, esa hambre que jamás se saciaba.
Un futuro peor que la muerte. Mi instinto de supervivencia en contra del mayor de mis miedos.
Se me hacía difícil ver y moverme con soltura. Tenía un ojo cerrado, así que carecía de visión de profundidad, me dolían todos los músculos del cuerpo y me torturaba el hambre y la sed.
Y cayó la noche. Quedamos en completa oscuridad. Los infectados en la arena estaban furiosos y hambrientos. Mi olor y el del público los llamaba. Encendieron las grandes antorchas que iluminaron la arena. Los infectados enloquecieron.
La luz me hizo entender dónde me habían puesto.
Iba a luchar por mi vida en una jaula de grandes proporciones, cerrada incluso en el techo.
Los chasquidos y chillidos desgarradores de los zombis se mezclaron con el griterío del público.
La mayoría alentaba a los infectados a despedazarme lo más rápido posible.
Aún me era extraño contrastar esa imagen bestial con lo que me había contado Iván.
Estaba pegada a la reja, oía el griterío a mis espaldas, las risas y los insultos.
¿Acaso les había hecho algún mal para merecer ese trato?
Tenían rabia, mucha rabia, envidia, porque había sobrevivido sola y no los había necesitado.
Y eso no podían entenderlo. Era un peligro para su mundo de sangre y muerte donde la Colonia prevalecería, debía ser eliminada y humillada para servir de ejemplo.
Escudriñé los rostros que se amontonaban contra la reja, iluminados por el baile errático de las antorchas. Me habría encantado que fueran desconocidos embrutecidos por el apocalipsis, pero eso habría sido fácil y la vida no lo era.
En la segunda fila, un hombre de sienes plateadas gritaba con una vena hinchada en el cuello, su rostro se deformaba por una sed de sangre que nunca le vi en los cócteles de la capital.
Era el exministro Lucas Varas, el mismo que una vez me envió cien rosas rojas tras una pasarela y me llamó «su ángel».
Sus labios, que antes recitaban promesas de poder y amor, ahora escupían insultos.
A su lado, reconocí a una famosa panelista de farándula, no recuerdo su nombre ahora, supongo que no merece un lugar en mi memoria.
Su carrera se había basado en diseccionar mis romances en televisión.
Me miraba con una intensidad clínica, sus dedos se movían en el aire como si todavía estuviera frente a una cámara.
Las náuseas me golpearon con más intensidad que los guardias. Estaba en un zoológico en el que esos hombres y mujeres conservaban su capacidad para deshumanizar lo que no podían poseer. Las arcadas fueron purificadoras.
Todos callaron. Solo los infectados seguían gritando; lo único que no podían controlar. Pedro apareció entre los suyos como un mesías. Lo miraban con miedo y devoción.
—El mundo que hoy conocemos requiere sacrificios —alzó la voz para que todos lo escucharan por sobre los gemidos—.
Si queremos que nuestra amada Colonia sobreviva, los elementos como esa mujer, que hoy será la cena de nuestros gladiadores infectados, deben ser detectados y eliminados.
¡Pero no somos salvajes! Le daremos la oportunidad de vivir y prestar un servicio a la Colonia en sus últimos minutos como humana y su eternidad como zombi. Agradecemos su servicio.
«¡Agradecemos su servicio!», corearon aquellas palabras como una sola voz.
Ni los infectados que pronto tendría al frente me provocaron los escalofríos que esa voz compuesta por las voces de ese infierno me hizo sentir. Luego, aplaudieron a rabiar, algunos con lágrimas en los ojos.
No podía darle en el gusto a ese hombre, no podía dejar que esa comunidad ganara. Pensé en Iván, en mi departamento que me esperaba, el hogar que tanto me había costado formar. Miré mi arma: un cuchillo sin filo. ¿Cómo se suponía que iba a defenderme con él? Ni para mantequilla servía.
Imaginé la mantequilla y recordé su sabor sobre una tostada caliente. ¿Acaso el mundo nos había privado de todo lo bueno? ¿Acaso los sabores, los aromas, los sonidos y las sensaciones de placer habían desaparecido?
Esos pudieron haber sido mis últimos pensamientos como ser humano, así que no tuve problemas en acordarme de la mantequilla, los desayunos con mis padres, con la mullida luz del sol sobre la mesa, la calidez del hogar del que nunca debí salir.
Mi padre alistándose para irse al trabajo, mi madre en bata, pero maquillada ya para ir a dejarme al colegio.
Tuve una buena infancia y una adolescencia tranquila, rodeada de cariño.
Pero yo quería más. Siempre más, nada era suficiente.
En esos instantes, solo los quería a ellos, mis padres muertos que me daban leche con chocolate, que me amaban como nunca nadie más lo hizo.
Mis padres que se habían convertido en zombis, sin derecho a morir, sin derecho a vivir porque su hija, su única hija, no se atrevió a aventurarse a salvarlos.
La culpa, la tristeza, el miedo me destruyeron por dentro, pero volví a recordar la promesa que le había hecho a mi madre y su voz, que pensé que había olvidado, me fortaleció.
Había sido violada y golpeada, pero no iban a vencerme.
Había pasado por demasiado dolor y esfuerzo para estar viva, había sacrificado todo, no iba a dejarme morir tan fácil y, bajo ninguna circunstancia, iba a convertirme en una infectada más.
La reja que me separaba de los zombis cayó. Ese cuchillo sin filo no iba a ayudarme, eso era obvio, pero podía hacer algo mejor.