11
Cuando desperté estaba en un lugar húmedo y oscuro. El olor a heces y orina era potente. Me obligó a llevarme la mano a la nariz y me provocó náuseas.
—Estás viva. —La voz profunda de un hombre me obligó a sentarme, a pesar del dolor que se me había extendido por todo el cuerpo.
Parecía que me habían puesto en una celda. Me miré lo mejor que pude, en la oscuridad, pero con un ojo hinchado era difícil. Me habían arrancado el vestido y me habían devuelto mi ropa.
Los ojos ya se me habían ajustado a las penumbras. El olfato tardó unos minutos más en acostumbrarse.
Observé a mi interlocutor como pude. Frente a mí, un hombre de mediana edad con una poblada barba castaña se había agachado a mi lado para ayudarme. Asumí que era mayor que yo, pero la barba le sumaba años.
—¿Dónde estoy? —balbuceé.
—En las celdas de la Colonia —contestó. Su voz profunda llenó ese espacio repugnante donde nos conocimos.
Posó en mí unos ojos que, en la oscuridad a la que me estaba acostumbrando, me parecieron verdes. No distinguí el color durante esa primera conversación, pero percibí un dejo antiguo en ellos. No había visto una mirada así desde antes de La Infección; más ligera, menos ruin. Era una mirada sincera.
—Supongo que mi hijo no tuvo éxito —me dijo y se encogió de hombros. Se pasó la mano por el cabello castaño desordenado.
—Dime quién eres —ordené. La voz desgarrada del regreso del sueño me salió más agresiva de lo que pretendía.
—Me llamo Iván —contestó.
Se sentó a mi lado y se apoyó en la pared fría. Parecía que también se estaba recuperando de una golpiza.
—Tamara —me presenté en tono gélido.
—Sé quién eres. Eres la loca del edificio, te llaman bruja.
Asentí. Sí, esa era yo.
No quería confiar en nadie, pero Iván no se veía como los hombres a los que me había acostumbrado a toparme en el camino durante los últimos años.
Nos quedamos en silencio un rato antes de que él decidiera romperlo.
—Yo era la mano derecha de Pedro —explicó sin necesidad de que yo se lo preguntara—. Tuvimos ciertos desacuerdos y decidió que esta celda era mi lugar.
La mano derecha de Pedro. ¿Me estaba equivocando de nuevo al confiar en él? No tenía nada que perder, después de todo.
—¿Cuánto llevas aquí? —pregunté. Me aterraba la respuesta.
—No lo sé —contestó y pareció que, con la vista pegada al techo de esa celda, buscaba una respuesta que no tenía cómo entregar—. Nunca sé si es de día o de noche. Mido las jornadas por las comidas que me dan, pero ya se dieron cuenta, así que nunca me alimentan a la misma hora.
Había un dejo de humanidad en este Iván que se había mantenido intacto a pesar de La Infección y de la vida que vino después de ella. Todos habíamos perdido una parte de nosotros y se sentía en cada interacción; ya nos habíamos acostumbrado. Excepto él.
El problema de esos primeros años radicaba en el instinto de supervivencia que teníamos a flor de piel. Era lo único que nos importaba. Sin embargo, Iván era diferente.
No lo conocía, pero bastaron un par de días junto a él para entender que La Infección lo había hecho más fuerte, pero no de la manera despiadada del resto.
No había perdido la esencia del hombre moderno.
A pesar del dolor y de la pérdida, él seguía siendo lo que había sido en su vida antes de los zombis.
Eso me atrajo de inmediato y, mejor aún, me inspiró una confianza ciega.
Lo he tratado de analizar después, con los años, pero creo que, por esos días, el dolor profundo y la soledad me estaban asfixiando; estaba desesperada por otro ser humano sobre la faz del planeta en el que pudiera confiar sin miedo.
—¿Por qué dices que tu hijo no tuvo éxito?
Sonrió con amargura. Conservaba una dentadura perfecta.
Y cuando me contó su lado de la historia, todo tuvo sentido. Por única vez pude abrir el cofre y ver el tesoro que guardaba. La historia del joven que murió en la entrada del departamento ahora tenía sentido: era Alex Beltrán, el hijo de Iván.
El joven me había visitado para pedirme ayuda en nombre de su padre y también para advertirme sobre la Colonia, pero no alcanzó a hablar.
Iván no lloró de inmediato al enterarse de lo que había sucedido. Solo se quedó inmóvil. Se miró las manos y tosió.
Recuerdo que el brillo de sus lágrimas le iluminó el rostro. Nunca entendí la fuente de luz que me hizo notar los cristales que le llenaron la cara. Su vulnerabilidad me partió el corazón.
Fue extraño ver llorar a alguien, cuando yo misma tenía tanto por lo que llorar.
Pero no podía hacerlo. Había enterrado los sentimientos tan en lo profundo de mi alma que no era capaz de percibirlos.
Durante esos días, mis verdaderos sentimientos solo eran sombras.
Al no querer ceder ante el miedo, oculté todo lo demás.
Llorar me parecía de otra época, pero Iván parecía serlo también y, a pesar de su profundo duelo que me partió el alma en la mitad, fue reconfortante ver a un ser humano de verdad después de tanto tiempo.
Tras dejar salir todo su dolor, Iván me explicó que había querido creer en las buenas intenciones de Pedro hasta el final, pero que su hijo le había advertido sobre él. Solían discutir debido a la confianza que su supuesto amigo no merecía. Alex tenía razón.
Fue entonces cuando recordé el peso en el bolsillo. Saqué la llave antigua, los matones de Pedro no me la habían quitado, y dejé que el cordón de cuero colgara entre los dedos.
—¿Esto era suyo? —pregunté en un susurro.
Al verla, Iván soltó un jadeo. Tomó la llave con reverencia.
Me explicó, con la voz desgarrada, que esa era la llave del pequeño joyero de su esposa, donde Alex guardaba sus tesoros de niño.
Iván le había dicho que, si alguna vez se separaban, esa llave sería su señal.
Al entregármela, Alex me había nombrado depositaria de su última esperanza.
En ese momento, el cofre que era Iván se abrió para mí. Ya no podía dejarlo atrás.
Y tenía mucho más que conocer de él.
Iván y Pedro se habían hecho amigos antes de que se esparciera La Infección. Iván era vendedor de seguros y le había vendido un seguro de vida. Tras los primeros brotes, ambos se habían ayudado a sobrevivir y habían construido la Colonia.
—¿Vendedor de seguros? Es irónico, ¿no?
—Supongo que me he pasado la vida tratando de proteger a otros. No lo conseguí —se burló de su afán.
Recordé los pequeños «regalos» que había encontrado en rincones de la ciudad. Nunca pensé que esos regalos desinteresados vinieran de Pedro, pero al conocer a Iván, supe de inmediato que podían provenir de él.
—A mí sí me ayudaste.
Lo vi parpadear en la oscuridad, intentando entender qué quería decir.
—Encontré las vendas y las ayuditas que dejaste en la ciudad —le expliqué.
Siempre me enorgullecí de la sonrisa que le saqué con esa simple frase. No lo reconoció abiertamente, ni en ese momento ni en el futuro, pero siempre he sabido que fue él.
El fin de Iván siempre había sido ayudar al prójimo en apuros como hubiera querido que lo ayudaran a él, esa había sido su motivación para la creación de la Colonia, pero Pedro era amante del poder y esa siempre había sido su meta.
Cuando los problemas se hicieron insostenibles, Alex decidió que era momento de pedir ayuda.
Y yo salí premiada. Alex consideraba que yo guardaba la suficiente rabia y la cantidad correcta de pasado compartido con Pedro Del Lago para saber que era un patán, capaz de lastimar a un amigo por el control de las personas.
—No creas que estaremos mucho tiempo aquí —dijo y exhaló un suspiro.
—¿A qué te refieres?
—Pedro no puede matarme, no aún. Tengo algunos partidarios en este lugar y siempre ha temido un motín. Contigo es diferente. Si te metió en este hoyo es para que reflexionaras y aligeraras tu decisión. No va a soportar un no como respuesta, menos un no público.
La Colonia no era tan idílica como se mostraba.
Iván me contó que los que querían irse eran torturados o asesinados, que nadie había podido escapar.
Cumplía su promesa de protegerlos, pero exigía obediencia a cambio.
Pedro se había vuelto un dictador cruel y sanguinario que creía que los que vivían en la Colonia le pertenecían.
El poder lo había enloquecido y no sería el primero en la historia.
Los primeros días, reconozco que pensé en huir sola, en dejar a Iván atrás, pero el tiempo que compartimos me hizo desistir.
Iván era amable, a veces intentaba mostrarse rudo, pero no lo era.
Su vida antes de La Infección era pacífica, era un padre amoroso y un esposo trabajador con ideales, que disfrutaba de su trabajo de vendedor de seguros.
A veces se reía de esa vida. ¿De qué podría haber servido un vendedor de seguros en un apocalipsis?
Pero había sabido adaptarse y había aprendido a sobrevivir.
Nos parecíamos mucho y me encariñé con él. En ninguno de los dos mundos en los que me había tocado vivir, los hombres habían sido amables conmigo sin esperar nada a cambio. Iván sí lo era.
Mientras me recuperaba del trato bestial que había recibido, Iván me cuidó con lo poco que tenía.
Me ayudó a limpiarme las heridas y compartía la poca agua que nos daban.
Cuando el frío arreciaba, se acurrucaba a mi lado para entregarme su calor corporal.
Fue la primera vez que me sentí segura con un hombre.
Nunca intentó sobrepasarse y cada vez que me tocaba para curar alguna herida o para entregarme su calor, me pedía permiso.
Le gustaba recordar el viejo mundo. Le encantaban los autos, así que solía hablar de ellos.
Yo lo escuchaba porque su pasión me transmitía ganas de vivir.
Le hablé sobre el estacionamiento del edificio lleno de automóviles de lujo.
Le dije que cuando saliéramos de esa celda, ese regalo estaría esperándolo, incluido el convertible rojo.
Se le iluminó el rostro. Fue la primera vez que me abrazó sin pedir permiso y se me llenaron los ojos de lágrimas de emoción.
Iván Beltrán me devolvió mi humanidad.
La soledad y el aislamiento en esa celda se convirtieron en nuestra vida. No podría decir cuánto tiempo pasamos solos sin contacto con nadie más. Tal vez fueron días o semanas, incluso meses. Nunca lo supe. Aunque intentábamos métodos para medir el tiempo, nunca lo logramos.
Inventábamos toda clase de planes de escape, cada uno más descabellado que el anterior, pero ninguno viable y seguimos encerrados, desesperados y solos.
Nadie venía a vernos, nadie venía a buscarnos.
Supongo que eso también era un castigo, una tortura adicional.
No saber qué día era, no saber qué hora era nos desesperaba y nos tenía al borde del colapso.
Tratábamos de medir los tiempos de acuerdo a las comidas, pero nunca nos alimentaban a la misma hora.
A veces pasaba mucho tiempo entre comidas, a veces poco.
No había forma de medir eso. La comida llegaba cuando ambos dormíamos.
No hubo manera de saber cómo se enteraban de que dormíamos de verdad y cuándo fingíamos. Era un tormento.
Iván se convirtió en la persona más importante de mi vida.
En nuestra desesperación, parecía que éramos los únicos en el mundo, que no existía nadie más, que nada de lo que había antes existía, que el mundo antes de La Infección solo había sido un sueño y que el mismo virus también lo había sido. Nada parecía real.
¿Y si estábamos solos? ¿Si solo éramos nosotros dos? No teníamos cómo saberlo. La comida que nos llegaba era el único contacto que teníamos con el mundo exterior.
Lo único cierto era que Iván existía. Iván era mi mundo y yo era el de él. No había nada más.
Hasta el terrible día cuando la puerta se abrió y nos dejó en claro lo equivocados que estábamos.