Sobreviviente 10
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Había una actitud inquietante en las personas que estaban presentes en esa fiesta. A pesar de estar en una celebración con comida y música, una pequeña banda con guitarras y panderos que amenizaban la tertulia, no parecían felices.

No me lo esperaba, pero no era del todo ilógico.

Ellos también habían sido arrancados de un mundo que seguramente amaban y un poco de música no les devolvería lo que habían perdido.

Tuve lástima de ellos porque no podrían volver a sonreír como antes, y tuve lástima de mí con ese vestido estúpido; estaba perdiendo el tiempo en banalidades, en vez de entrenar o llevar a cabo tareas productivas.

Me hacía sentir extraña que mis piernas estuvieran expuestas, me sentía desnuda sin un arma y, cuando Pedro me invitó a bailar, la incomodidad llegó a su límite.

Sus hermosas palabras, esas que me dijo al oído mientras la banda entonaba una vieja canción de amor, me hicieron sentir aún peor. La situación ya no me estaba gustando.

—Pedro, te agradezco esta velada…

—No tienes nada que agradecer —interrumpió.

—Debo irme —sentencié—. Déjame ir. No puedo seguir aquí.

—¿Qué dices…?

—Gracias por todo.

Me deshice de él con educación y me dirigí a la habitación para vestirme con mi propia ropa y volver de una buena vez a casa. Ese edificio que todos decían que era mi refugio, era en realidad mi hogar.

Lo había moldeado con esfuerzo y perseverancia y me sentía a gusto en él.

No lo habría cambiado por vivir en un palacio, ni siquiera por una tina de agua caliente.

Si quería agua caliente, pues tenía que conseguirla con mis manos, idear una manera de hacerlo real.

Extrañaba el departamento. Era hora de dejar ese lugar que me producía una inquietud que no podía explicar en ese momento.

Pero no alcancé a sacarme el vestido. Pedro había entrado sin anunciarse en la habitación.

—No puedes irte, Tamara, este es tu lugar.

—No soy la mujer que necesitas, Pedro, no soy la mujer que quieres a tu lado, no soy como antes y no volveré a serlo.

Además, no necesito un hombre que me proteja.

Estoy sola y me gusta estarlo, me acomoda.

Te agradezco todas tus gentilezas, pero no puedo seguir.

Hice lo que me pediste, me mostré ante tu Colonia, pero ya debo volver.

—No te irás —sentenció, tajante. Era una orden.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Hicimos esta fiesta en tu honor.

—Y vine. No sé cuál es la obsesión de que lo hiciera, pero vine y cumplí. Ahora me voy.

Se acercó a mí y mi instinto no me previno. Ese vestido era como mi kriptonita y Pedro lo sabía. ¡Maldito rufián!

Me tomó por sorpresa. Aún hoy me pregunto por qué no reaccioné antes. Le he dado vueltas y vueltas a ese momento tantas veces, tratando de entender por qué no lo vi venir, pero he llegado a la conclusión de que hay situaciones que deben suceder, que son necesarias. Y esto lo era.

Me tomó por los brazos con fuerza, con mucha fuerza. Traté de sacármelo de encima, pero no pude. Intenté un movimiento de kickboxing, pero fallé. Pedro ni siquiera parpadeó cuando mi puño impactó en su pómulo. El sudor me escocía en los ojos.

Le lancé un low kick seco a su pierna izquierda, tenía que cortar su base. Escuché el impacto, un golpe sólido de la tibia contra el músculo. Pero Pedro solo gruñó. La bota militar que usaba y el grosor de su pantalón absorbieron la mitad de la potencia.

Me cerró el espacio. Traté de frenarlo con una patada frontal, pero cometí un error, los zapatos que iban con el vestido no estaban hechos para una pelea. Resbalé y la patada perdió toda su fuerza.

El pánico se me subió hasta la garganta. Intenté conectar un nuevo rodillazo, pero su masa corporal era como golpear una roca. Me empujó con todo su peso. Choqué con la pared. Traté de volver a golpearlo, pero los brazos quedaron atrapados entre el muro y el peso de su cuerpo.

—Eres mía —susurró. Me besó a la fuerza e introdujo su lengua en mi boca.

Estaba ultrajándome—. La Colonia es mía, todos ellos son míos.

Tú también. No aceptaré un no. Nadie me dice que no, menos tú.

Eres mía y harás lo que yo diga. Cuando termine contigo, vas a lamer el piso por donde paso.

Igual que ellos, porque los he salvado y me lo deben.

—Eres una bestia y te mataré por esto. Pero si me dejas ir ahora puede que te deje vivir.

Yo no tenía miedo y eso lo enfureció todavía más.

Su violación y sus golpes. Hubo un tiempo en que los recordaba a diario, sin poder sacármelos de la cabeza, pero tras años de intentarlo, mi mente fue capaz de hacerlo.

Hoy, si trato de forzarme, puedo recordar cómo me sentía, el dolor que me provocó, la culpa por no haber visto lo que estaba pasando antes de que sucediera, el odio, la rabia.

Recuerdo que forcejeé, que traté de zafarme, pero no fui capaz.

Fue tal su rabia que me golpeó hasta que quedé inconsciente. Era un maldito bastardo.