Sobreviviente 9
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Se me hizo extraño caminar por la ciudad con alguien más que no fuera yo misma.

Los guardaespaldas de Pedro eran hoscos y no cruzaban palabra con nosotros, casi tan zombis como los mismos infectados.

No sabía si estaba haciendo lo correcto, pero no entendía qué podría ganar el que llamaban el líder al alejarme del edificio.

No le encontraba lógica, y sí, aún me juzgo por eso. Me aventuré sin más.

La Colonia había crecido y parecía organizada.

Había tomado todos los edificios que estaban alrededor de la plaza principal de la ciudad, incluido un centro comercial, una catedral, edificios de departamentos como el mío, y antiguos restaurantes y bares, todos estaban acondicionados para que pudiera vivir gente.

Pedro me explicó que no existía la propiedad en la Colonia; todo pertenecía a todos. Yo lo conocía y sinceramente lo dudé, pero me guardé mis reservas. La Colonia me importaba poco.

En mis incursiones, no alcanzaba a ver toda la extensión de la Colonia.

Al entrar, observé lo que allí habían conseguido armar.

Los niños jugaban en la plaza y sus risas calaron en mi oído.

Llevaba muchísimo tiempo sin estar cerca de niños.

Había matado niños infectados, pero verlos vivos y sanos me impactó.

Se me formó un nudo en la garganta y Pedro lo notó.

Me tomó del brazo y me sonrió. Contacto humano; eso también era nuevo.

Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas.

Y mis sospechas se vieron confirmadas: no todos eran iguales en la Colonia.

Pedro Del Lago no era igual a los demás.

Su residencia estaba en el antiguo ayuntamiento, que había sido una antigua residencia patrimonio histórico de los tiempos de la fundación de la ciudad.

Era hermoso, como un palacio de cuentos.

Me quedé observando la lámpara de lágrimas, tal vez la última lámpara de lágrimas del mundo, que formaba destellos tornasolados en el suelo de baldosas blancas y negras con finas decoraciones.

Al bajar la vista, me topé con unos sillones rojos y aterciopelados que decoraban la estancia.

Habían arreglado aquellas paredes rotas, seguramente por los disparos de las fuerzas armadas al comienzo de La Infección, cuando aún había un gobierno y creíamos que podíamos ganar la guerra.

Pedro había decorado con algunas obras de arte que aún quedaban.

—Este es mi hogar, puedes ponerte cómoda acá.

Me dejó mirar todo sin ponerme trabas. Exploré cada rincón de esa belleza que creí que ya no existía, esa belleza frívola y recargada.

—¿A qué hora es la fiesta?

—Al anochecer.

La habitación a la que Pedro me llevó era todo lujo.

El olor a limpio llenó mis pulmones. Un aroma a lavanda recorría el lugar y yo me dejé llevar.

La Infección no nos había quitado la humanidad y aún había pequeños momentos como ese en los que podíamos disfrutar.

Pedro sabía que mi aroma favorito era la lavanda y había impregnado la habitación de manera deliberada para hacerme feliz por unos momentos.

Se acercó. Aunque era mayor que yo y noté algunas arrugas nuevas en un rostro otrora impoluto, la terrible época que nos tocó vivir no había podido mermar sus rasgos masculinos, ni sus ojos claros y seductores que podían comprar los votos de los electores, y que hoy podían hacerme sentir como una princesa, a pesar de mis fachas.

—Aún podemos disfrutar de la vida —susurró muy cerca de mi oído—. Yo sé que no lo crees posible, pero en la Colonia te demostraremos que sí se puede. Déjame demostrarte que sí se puede.

No pude resistirme. Lo dejé besarme sin oponer resistencia. Me dejé llevar. Mi pasado y mi presente se mezclaron. Me hubiera gustado que fuera real.

Pedro me tenía un regalo para usar en la fiesta de la Colonia. Estaba sobre la cama. Era un sencillo vestido blanco.

Apenas lo miré, supe que no podría usarlo; llevaba demasiado tiempo sin depilarme y mis olores corporales no permitían el uso de semejante vestimenta.

El agua que tenía no siempre podía usarla para el baño.

Pero Pedro había pensado en eso también, así que me dio una tarde en soledad en su baño con agua caliente.

Creo que derramé un par de lágrimas cuando metí mi cuerpo en el agua caliente de esa tina. No sabía cuándo podría volver a disfrutar de aquel lujo. Así que lo aproveché como si fuera el último día de mi vida. Tenía jabón, champú y acondicionador y yo me sentí en el paraíso.

Fue una tarde inolvidable, una tarde en la que olvidé que vivía en el infierno.

Cuando me puse el vestido blanco y me miré al espejo, con el cabello limpio y brillante, fue como verme por primera vez.

La tela caía suave y ocultaba las cicatrices y la dureza de mis músculos.

Me devolvió una imagen que me resultaba ajena y, a la vez, peligrosamente familiar.

Había estado dormida por años y esa tarde había despertado del sopor y mi reflejo en el espejo se veía como yo, esa que recordaba, esa que todos amaban.

¿Quién era realmente? ¿Era esa mujer arisca que recorría las calles con un arma en la mano, asesinando infectados sin el menor rastro de humanidad? ¿O era esta mujer que ahora se miraba al espejo con un vestido? ¿Esa que todos admiraban?

Pedro me estaba haciendo dudar de mí, de lo que había conseguido.

Él conocía bien su juego y no podía permitirle borrar aquello que me había costado tanto conseguir.

Todos solían admirarme, pero yo no lo hacía.

Ahora sí. Me había convertido en lo que siempre había querido ser y él se había propuesto robármelo.

Tomé la decisión. Apenas terminara la famosa fiesta, me iría y no volvería a pisar ese lugar en mi vida.

La puerta se abrió y Pedro entró sin anunciarse. Invadió el espacio con la seguridad de quien se siente dueño de todo, y en la Colonia lo era.

—Te ves hermosa, Tamara, así deberías lucir siempre —susurró al verme. Se colocó detrás de mí y su reflejo contrastó con el mío.

—La belleza no tiene razón de ser en estos días —respondí mientras trataba de encontrar en el espejo a la mujer que había limpiado de infectados el estacionamiento del edificio.

Él soltó una risa suave, casi paternal, y deslizó una mano por mi hombro. Rozó la piel que solía estar cuidada y que ahora estaba ajada por el trabajo y las incursiones nocturnas a la ciudad.

—Esa armadura de amargura que te has puesto no te queda, Tammy.

Lo que hiciste en tu edificio fue un milagro estadístico nacido del miedo.

No tenías el perfil de sobreviviente, y el hecho de que sigas viva es la prueba de que el destino quería que regresaras a mis manos para que yo pueda protegerte.

—Me sé cuidar sola —espeté, pero el peso del vestido y el aroma a limpio hacían que mi propia voz sonara menos convincente de lo que me hubiera gustado.

—¿Cuidarte? —Pedro me giró para que lo viera a los ojos, esos ojos claros que antes compraban mi silencio con lujos—.

Has pasado mucho tiempo viviendo como un animal.

Rompiste tus muebles para tapiar ventanas y duermes con un cuchillo en la mano.

Eso no es vida. Mírate ahora. Este vestido, el agua caliente, el respeto de una comunidad.

Esta es la civilidad que te mereces. Eres demasiado hermosa para ser un soldado, y yo no voy a permitir que vuelvas a ese campo de batalla a morir sola.

Me tocó el rostro con una caricia que se sintió como una cadena invisible. No me defendí.

—Deja de jugar a la guerrera —concluyó con una sonrisa depredadora—. El mundo antiguo murió, pero tú puedes ser la reina de este nuevo orden, siempre y cuando aceptes que tu lugar está aquí, conmigo, y no cazando monstruos en la oscuridad.

Una linda utopía, pero no era real.

—Llévame a la fiesta para que terminemos con esto de una vez.

Me miró y asintió. Si no lo hubiera conocido tan bien, no habría notado la rabia.