Sobreviviente 8
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La Colonia creció tal como había temido.

Con el paso de los días, continuaron tomándose calle por calle, acercándose cada vez más.

Durante mis incursiones nocturnas, me dedicaba a estudiarlos, y mis sospechas de que el joven que había venido a morir a mi casa era parte de la Colonia se acrecentaron.

A veces conseguía acercarme a ellos sin ser vista. Sabía que dormían y solo debía mantenerme alejada de los ojos de los centinelas de las atalayas, pero había noches en las que escuchaba aplausos y risas, y no me podía acercar más porque la música atraía a los infectados.

Me armé con todo lo que tenía, junté toda la comida que pude y reforcé la seguridad en el edificio. Pero nada me hacía sentir tranquila.

Y el día que temía llegó.

Cuando sentí la voz de Pedro desde abajo no me sorprendí. Me llamaba por mi nombre con un megáfono. Bajé a recibirlo; no tenía otra alternativa.

Me esperaba con sus dos guardaespaldas. Sonrió y yo lo correspondí con un movimiento de cabeza.

—¿Podemos hablar? —preguntó.

—Pasa —ordené. A diferencia de la primera vez que vino, no me hice de rogar, no estaba de humor para ello.

Esta vez no parecía que viniera con actitud ganadora, se mostraba más amable. Esperó a que le indicara que se sentara para hacerlo y fue cortés en un mundo donde la cortesía estaba tan muerta como los humanos.

—¿Has recibido los regalos que te he enviado?

—Sí. No era necesario que lo hicieras, pero te lo agradezco.

—A veces podemos hacer cosas que no son necesarias, pero son buenas, Tamara.

—Hay poco espacio para eso en este mundo, Pedro —le dije por su nombre porque a él le encantaba usar el mío y quise devolverle la cortesía.

—Con el tiempo las cosas volverán a ser como antes. A parecerse un poco a lo que eran —se corrigió en la última oración.

—¿Por eso expandes tu famosa Colonia?

—¿Así que has venido a mirarnos? —preguntó con una sonrisa irónica—. Algunos han dicho que te han visto.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté de vuelta, sin ganas de explicar ni negar mis incursiones a la Colonia.

—Directo al grano, ¿verdad?

—No tengo tiempo para estupideces.

—Yo tampoco.

—Entonces habla.

Se quedó mirándome. Pude leer la rabia en sus ojos claros. Mi desafío y el tono de voz altivo no le gustaron para nada. Nunca se había acostumbrado a que alguien se le opusiera. Se contuvo, por supuesto. No le convenía mostrar su verdadera naturaleza.

—La Colonia ya no crecerá más por un tiempo —anunció—. Creo que ahora debemos mantenerla y resguardarla tal como está. Me imaginaba que te alegraría escuchar eso.

No quise mostrar el júbilo que me provocaron sus palabras.

—No tengo ningún problema con ustedes, mientras se mantengan en su sector y yo en el mío.

—El comercio ha funcionado bien y eso nos alegra. Eres buena proveedora. ¿Quién lo diría?

Su comentario me dolió mucho más de lo que él imaginaba.

El insulto intrínseco a la mujer que había sido alguna vez me molestó porque esa mujer, aparentemente superficial, fue mi forma de sobrevivir en un mundo que se decía igualitario e inclusivo, pero que guardaba bajo la alfombra todas sus inmundicias: machismo, racismo, clasismo, homofobia.

Nos creíamos un mundo avanzado, pero las mujeres seguíamos siendo juzgadas solo por nuestra imagen corporal.

En un mundo como ese yo triunfé. Nunca fui débil ni estúpida, podía parecerlo, pero eran mi disfraz, mi protección.

—Y tú eres considerado un líder cuando antes eras un político corrupto y cruel. ¿Quién lo diría? —sonreí—. Ambos nos hemos adaptado.

Respiró hondo para gestionar su rabia y asintió.

—Venía a invitarte. Realmente quiero que conozcas la Colonia.

—No quiero ir, pero gracias.

—Todos nos sentiríamos más cómodos si vas, si muestras que eres nuestra amiga.

¿De verdad quieres morirte aquí sola y que encontremos tu cadáver pudriéndose?

Haremos una pequeña celebración y la comunidad quiere que compartas con nosotros.

No somos enemigos, Tammy, aunque sé que en el fondo lo crees.

Somos gente tratando de vivir igual que tú, de volver a sentir tranquilidad, de reír, y permitirnos ser felices, ser normales, como éramos antes de La Infección.

Negué con la cabeza, pero Pedro no solía soportar un no como respuesta.

—¿Por qué no te permites conocernos? ¿Por qué no permitirte una noche de diversión como antes?

Has cambiado mucho y admiro eso. A veces doy la impresión de que extraño a la antigua tú, pero yo también cambié.

Tienes fuerza, tienes valor, eres inteligente, son tres cualidades que antes, cuando eras mía, no vi en ti. Fui ciego, pero no lo seré ahora.

Casi parecía una declaración de amor, y la mujer que había sido en el pasado asomó su rostro perfecto y maquillado desde el profundo pozo interno en el que la había escondido. ¿Acaso podría permitirme sentir?

—Eres un hombre que sabe manipular las palabras, pero debo decir que no me engañaste. Hice lo que hice porque debía, no porque haya creído tus mentiras. Si no me engañaste en el pasado, deberías saber que no lo harás ahora.

—¿Por qué eres tan desconfiada?

—Porque no necesité de ti ni de tu maravillosa comunidad, no necesité a nadie a mi lado. Y estoy bien así, aunque no lo creas.

—El mundo está repleto de personas como tú, personas que se creen invencibles, que no necesitan a nadie, pero no tiene por qué ser así.

Tenemos contacto con otras ciudades e incluso otros países, o de lo que fueron otros países.

Los radioaficionados son muy importantes y te apuesto que no lo sabías, porque estás aquí encerrada.

Necesitaba un generador, ese era mi próximo paso. No se lo dije, tampoco que sabía lo importantes que eran los radioaficionados.

—No pienso irme de mi hogar.

—No te estoy pidiendo que dejes tu hogar, te pido que nos acompañes en una celebración y luego te escoltaremos acá si lo deseas. Danos una oportunidad.

Pedro dio un paso atrás. Parecía que estaba a punto de marcharse, pero se detuvo. Me miró con lástima y reconozco que me dolió.

—¿De verdad vas a quedarte aquí, Tammy? —su voz se suavizó—.

¿Qué harás cuando se te acabe la última lata de comida o el último cartucho?

En la Colonia tenemos generadores. Veo que no tienes uno.

Escuchamos voces de ciudades que todavía resisten, voces que dicen que este no es el fin del mundo. La esperanza no ha muerto.

Me mantuve firme, pero el recuerdo del baño de tina que me había dado gracias a su regalo me inundó la mente. Mi piel aún conservaba un rastro de esa suavidad que había olvidado. Me estaba tendiendo una trampa y yo estaba cayendo.

—No necesito tus historias de radio, Pedro —mentí, aunque mi corazón se aceleró al pensar en la posibilidad de recibir noticias reales.

—Permítele a tu mundo sanar. —Pedro se acercó un poco más.

Invadió mi espacio personal. Ese olor a jabón y civilización que me resultaba tan ajeno y tentador a la vez me invadió el olfato—.

Solo es una noche, Tamara. Una fiesta. Una oportunidad para que dejes de ser «la bruja» por unas horas y recuerdes quién eras cuando el mundo todavía tenía sentido.

No te pido que te quedes para siempre. Solo ven, mira lo que hemos construido, y si al final de la noche decides volver a tu Fortaleza de la Soledad, yo mismo te escoltaré de regreso.

Miré mis manos, ajadas por el trabajo y el manejo de armas. Por un segundo, la imagen de la mujer rubia y perfecta que manejaba un convertible rojo volvió a mí.

—Solo una noche —cedí. Me odié de inmediato, pero me convencí de que necesitaba saber qué tan fuerte era esa «nueva sociedad» que él decía liderar.

No tenía nada que perder. Como verán, yo también me equivoco.