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La primera vez que me aventuré a ver la Colonia de cerca, movida por curiosidad, me sorprendí de lo que habían conseguido.
Se habían tomado algunas casas y edificios y los habían cercado.
Habían construido rejas con madera y alambre de púas y en cada esquina tenían a un vigilante de pie con armas de fuego, en pilares de madera, desde donde podían observar a su alrededor desde la altura.
Parecían organizados. Me sorprendió y me aterró por partes iguales.
Sabía que era cuestión de tiempo para que la Colonia se expandiera y se acercara a mí. El siguiente paso natural sería tomar mi edificio, tal como un gran imperio que se va extendiendo y conquistando reinos. Pero mi reino era mío, me lo había ganado tanto en el mundo antiguo como en el nuevo.
Al menos, no se los iba a hacer tan fácil. La única forma de sacarme del camino sería convirtiéndome en un cadáver. Pero no sucedió como yo creía.
Viví por algunos meses en completa calma. A veces recibía algún regalo del líder con alguna nota cursi y melosa. Enviaba, a través de quien los traía, mis agradecimientos, pero nada más.
Mis incursiones se habían vuelto más entretenidas porque los ruidos y las luces de la Colonia atraían a los infectados. No tenía problemas en salir y matarlos por diversión, de hecho, era la parte más esperada de mi día.
Mi habilidad en ahorrar balas había crecido con el entrenamiento, y era cada vez mejor con el uso de las armas blancas.
Más temprano que tarde, se acabarían las municiones y los infectados seguirían multiplicándose.
Así que, si quería salir adelante, debía ser a través del filo, ese era el camino.
Y esos meses me ayudaron a sacar mi doctorado en matar infectados con antiguos cuchillos de cocina.
Sin embargo, nada en el mundo me preparó para el ruido que me despertó una mañana de verano.
El timbre. Un sonido que parecía sacado de otra vida, de otro mundo, de otro tiempo.
Un sonido lejano que se confundió con mis sueños y esperanzas pasados y se mezcló con la desesperanza y la carencia del presente.
Si hubiera sentido el grito de mil infectados en mi puerta, habría sido más fácil de comprender, pero un ser humano que llamaba a mi puerta con el timbre, como los humanos civilizados de antaño, era como encontrarse con un ser venido del espacio exterior.
Caminé por mi hogar con miedo, pistola y cuchillo en mano, y el estómago apretado.
Abrí la puerta y apunté con el arma. Al otro lado, me encontré con el hombre más demacrado que hubiera visto.
No era un zombi, pero parecía herido. Con el tiempo, uno llega a distinguir cuándo alguien ha sido infectado, por el movimiento de los brazos, la cadencia de la respiración, la mirada dilatada y perdida que tienen en los primeros minutos. Pero este joven no me lo parecía.
No supe identificar la edad, ¿veinte?, ¿veinticinco?
Podría haberme dicho que tenía cincuenta y le hubiera creído.
La destrucción de esa mirada era la de alguien que había atestiguado los horrores de una odisea infernal para llegar a mi puerta.
Y eso que, para todos, un año en el nuevo mundo significaba el desgaste de una vida entera en el antiguo.
El joven cayó desplomado en la entrada del departamento. Estaba muy mal herido, pero trataba de hablar, de advertirme de un peligro. No le salía la voz, pero lo intentaba. Con sus últimas fuerzas, hizo el amague de hablar, pero no lo logró y murió con mi rostro acongojado como última imagen.
Al soltar su último aliento, la mano izquierda se relajó.
De entre los dedos sucios cayó una pequeña llave de hierro, oxidada y atada a un cordón de cuero.
No parecía la llave de un departamento moderno ni de un candado común; era vieja.
La tomé y sentí el frío del metal contra la palma. La guardé en mi bolsillo.
No lo conocía, no sabía quién era o qué quería de mí, no sabía por qué había decidido morir en la puerta de mi casa, pero aquel joven fue como una catarsis de vida, un reflejo de mi propio dolor, un anónimo ser humano con una historia que se llevó consigo en la muerte, un secreto sin revelar, un cofre de un tesoro sin una llave, o, en su caso, una llave que no sabía cómo usar.
Cada sobreviviente muere solo.
Me vi reflejada en él. Defendía mi torre solo para ocultar que, cuando me muriera, a nadie iba a importarle; un cadáver más, un cadáver menos, al igual que a nadie le importaba que aquellos infectados que matábamos, que destrozábamos por supervivencia, y a veces por mero deporte, también habían sido humanos con historias propias, miedos, alegrías, dolores, sueños, esperanzas, amores.
Cofres de un tesoro sin una llave para conocer su interior.
Sobrevivientes que no lo habían logrado, que habían quedado a mitad de camino, que habían llorado la muerte del mundo antiguo y que habían detestado este nuevo y oscuro mundo donde ya no se vivía ni se moría con dignidad.
Me agaché al lado del joven muerto y derramé unas lágrimas por él, por lo que desconocía, por todo lo que había perdido, por todo lo que había amado. Por él, por mí, por todos nosotros que ya no éramos nada; parásitos de una tierra que agonizaba.
Lo peor fue tener que tomar su cuerpo y depositarlo lejos del edificio.
Tuve que arrastrarlo por las escaleras de emergencia como si fuera un saco.
No pude alejarme del edificio; apenas sintieron el olor de la sangre, una decena de zombis corrieron hacia mí.
Lo dejé tirado en la calle. Mientras regresaba, escuché a los infectados hacerse un festín con él.
Esa noche me la pasé en vela, con el estómago apretado, tan nerviosa como los primeros días. ¿Qué habría querido decirme? ¿Qué quería de mí? No pude descansar y me destrocé los sesos tratando de entender. No tendría que esperar mucho para saber.