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En el ambiente escuchaba el traslado de la Colonia.
Los infectados estaban inquietos. Escuchaba sus lastimeros quejidos que viajaban por el silencio de una ciudad que yo solía mantener en paz.
Los que seguían escondidos sin saber qué hacer salieron a las calles y se dirigieron a la Colonia.
Carne fresca. Oía los balazos y gritos día y noche. Maldita Colonia.
A veces, durante las incursiones nocturnas, me encontraba con lo que podría llamar una ayuda en ciertos rincones de la ciudad.
Encontré vendas limpias, mantas, incluso un botiquín con una tira de paracetamol que era como encontrar oro.
Solían tener una nota escrita a mano: «Para quien lo necesite más».
Supuse, en esos instantes, que había sido alguien de la Colonia, pero no me parecía que Pedro Del Lago ordenara un gesto humano de esa naturaleza.
Cuando los encontraba, solo agradecía en voz alta, por si la persona que los había dejado estaba cerca.
Esos gestos humanos, de los que reconozco que desconfié las primeras veces, me devolvieron una pizca de esperanza en que no lo habíamos perdido todo.
El comercio con la Colonia se hizo más intenso y obtuve algunos artefactos y provisiones que antes no poseía, como botellas de agua hervida que ellos producían.
Era sabrosa. Ni un Martini seco del pasado se comparaba a tomar agua limpia.
Por mi parte, les vendía algunas armas cortopunzantes que empecé a construir; las municiones se iban consumiendo y había que guardarlas para momentos de real urgencia.
Una tarde me llegó un regalo con uno de los comerciantes.
El hombre, al que le faltaban todos los dientes de abajo, me dijo con una molesta sonrisa que me lo había enviado el líder.
Lo recibí, pero no le agradecí el obsequio.
¿Ahora le decían líder? Maldito Pedro. Quería conquistar el nuevo mundo tal como había conquistado el antiguo.
Cuando me encerré en el penthouse y abrí el paquete que me había enviado, me encontré con un anillo, un frasquito pequeño, un espejo y un jabón.
Observé el anillo casi como si fuera un objeto extraterrestre.
¿Para qué mierda querría yo un anillo? Sin embargo, me lo probé.
Se veía extraño en mis manos ajadas por el trabajo y con las uñas cortas.
Recordé cómo habían sido, perfectas, siempre con la manicura hecha, de uñas largas y rojas.
Me lo saqué y lo dejé por allí; tal vez me serviría para intercambiar.
El espejo era pequeño y más que para mirarme, lo usaría en mis incursiones a la ciudad para observar por las esquinas y no tener que asomar la cabeza.
El jabón y el frasquito fueron lo que más disfruté. El frasquito tenía sales aromáticas.
También venía con una nota: «Un regalo para que nunca olvides que sigues siendo la más bella flor en este páramo desolado».
Era obvio. A Pedro Del Lago no le había gustado la persona en la que me había convertido y pensaba que podía transformarme otra vez en la mujer que se vendía en el pasado. Pero tuve que reconocer que, en un mundo como ese, un poco de sal de baño y jabón sí que eran un lujo.
Esa tarde me di un baño de tina. ¡Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de ese placer! Tuve que limpiar la tina, ya que la usaba como improvisado mezclador para hacer bombas caseras. La llené con un poco de agua que tenía almacenada para el baño. Decidí darme ese gusto; me lo había ganado.
Fue un baño con agua helada, ya que no tenía los medios para calentarla, pero se convirtió en un momento hermoso, en el que disfruté cada segundo.
Me quedé toda la tarde sumergida en esa agua con olor a rosas.
Como antes. Me olvidé de todo, solo existía yo y ese paraíso floral que me acariciaba y borraba de mi cuerpo las manos del Perro, los golpes de Juanjo, los sesos del repartidor de pizza.
Dejé de lado La Infección, los muertos vivientes, el hambre, la sed y el cansancio, incluso la muerte de mis padres, de todos los que conocí.
Mi piel y mi cabello dejaron de lado la tensión y volvieron a brillar y a oler bien como antes.
Cuando salí de la tina observé el agua que había quedado negra.
No era una persona sucia, todo lo contrario, para los estándares de esos primeros años, solía lavarme lo más posible porque odiaba el olor corporal, incluso el propio, y no me acostumbraba a él, pero no era fácil conseguir agua y dependía de que una serie de pasos salieran bien.
Había aprendido a recolectarla de la lluvia con baldes y bidones repartidos en la azotea y los balcones del edificio.
También saqueaba estanques abandonados y, a veces, conseguía extraer los últimos restos atrapados en las cañerías de los pisos inferiores.
Luego la filtraba como podía, con telas, carbón y paciencia, y hervía cada litro sobre una cocina que improvisé.
Conseguir agua limpia requería tiempo, esfuerzo y suerte.
Por eso usarla en un acto tan superficial como un baño de tina era un pecado.
Sin embargo, me consideré merecedora de tal regalo.
Al menos esa tarde de relajo, que tal vez no volvería a tener, debía agradecérsela al maldito de Pedro.