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Durante los días siguientes me preocupé de reforzar la seguridad del edificio en todos los pisos.

Reforcé puertas, ventanas y escaleras. Los ascensores no servían hacía mucho tiempo, pero los usaba como una especie de bodega de materiales.

A comienzos de La Infección me había preocupado de que quedaran detenidos en el piso treinta, donde estaba el penthouse.

A veces algunos zombis se las arreglaban para trepar por los cables de los ascensores, pero jamás llegaban muy arriba, caían y se despedazaban.

Hasta a mí me impactaba el placer que me producía escucharlos hacerse trizas en el primer piso.

Donde no había ido era al estacionamiento.

Era una superficie demasiado extensa, con varios pisos subterráneos, y no había tenido las ganas ni el tiempo para reforzarlo.

Sin embargo, tras los recientes eventos con Pedro Del Lago y su famosa Colonia, supuse que era el momento de llevar a cabo esa tarea que había pospuesto por tanto tiempo.

Me armé hasta los dientes. Bajé hasta lo que había sido la recepción del edificio. Había sido un vestíbulo maravilloso y moderno que asemejaba un jardín japonés, con caídas de agua, jardines de bonsái y un par de estatuas, pero ahora era territorio de guerra.

Había tapiado sus muchas ventanas y la gran entrada, y solo había dejado una pequeña abertura por donde podía salir a explorar, que no estaba a la vista de los infectados, aunque muchas veces se metían por ahí y tenía que salir con precaución. Por suerte, esa vez el vestíbulo estaba vacío.

Me armé de valor para adentrarme en los terrenos desconocidos del estacionamiento.

Bajé con cautela las escalas de servicio.

El chillido de los zombis se esparció con el eco, fuerte y claro.

No eran pocos. Los alaridos desgarrados de las mujeres infectadas me erizaron la piel.

Apagué la linterna. No tenía más remedio que dejarme llevar por el instinto y la pequeña luz que llegaba del exterior en el primer subterráneo.

Ya veríamos lo que sucedería en el resto de los pisos.

Dudé si usar mi arma, tal vez debería matarlos cuerpo a cuerpo con el cuchillo; el sonido atraería a los zombis de los otros subterráneos.

Pero no tuve tiempo, cuando me di cuenta, eran decenas de ellos, que se aglomeraban y corrían hacia mí.

Saboreé una saliva ácida que me llenó la boca.

Estaban desesperados y muertos de hambre, eran infectados atrapados sin comer desde hacía tiempo, y no tuve más remedio que usar mi arma.

Había afinado mi puntería, ya aguantaba el culetazo en el hombro sin desestabilizarme y sabía con exactitud dónde disparar para matarlos de una sola vez.

Así comencé mi matanza. Les daba directo en la cabeza, sin desperdiciar balas. Recargar era complicado y no tenía mucho tiempo para hacerlo. Cuando se me acabaron las municiones de un arma, comencé a usar otra; era lo mejor para perder el menor tiempo posible.

En esa oscuridad, no distinguía qué clase de infectados tenía frente a mí. Ya había avanzado un poco. Me había alejado de la escalera y estaba en el segundo automóvil abandonado, refugiada, mientras me asomaba para matarlos.

Algunos se acercaban demasiado. No me veían, pero podían olerme: olor a humano, a sudor de miedo y adrenalina.

Cuando me quedé sin balas, me armé de valor para usar el cuchillo.

Tuve que salir de mi escondite. Debía ser precisa, enterrar el cuchillo en la cabeza, hundirlo y sacarlo con la misma rapidez de una bala. De ello dependía mi vida.

Me lancé sin mediar pensamiento. Si hubieran tenido sentimientos, se habrían sorprendido por esa humana que osaba atacarlos en vez de escapar.

Los primeros fueron fáciles, no me amedrentó el hedor a pudrición que expelían, ni las carnes heridas que colgaban de sus rostros.

Algunos tenían la cabeza abierta, seguramente alguien había tratado de matarlos, pero no lo había conseguido.

Era probable que el atacante fuera parte de los nuevos zombis que moraban en mi estacionamiento.

Cada uno de esos monstruos representaba una historia.

Mi mente tendía a deshumanizarlos, pero cuando los veía de cerca, esa protección mental caía.

Sus ropas reflejaban lo que alguna vez habían sido; infectados que aún llevaban un amago de corbata o de tacones altos, hombres y mujeres que trabajaban en una oficina, que La Infección transformó en cadáveres andantes en sus lugares de trabajo, que no habían podido despedirse de sus seres queridos, ni decirles que los amaban, cuyo último día de vida lo habían vivido preocupados por la fotocopiadora, por un informe de contabilidad, por un cliente alterado.

Mi cuchillo era una salvación para ellos, los liberaba de tener que pasar la eternidad como muertos vivientes, los devolvía a su condición de humanos donde la muerte era un derecho al que todos podíamos aspirar.

Fue una tarde ajetreada en la que, además de limpiar y tapiar todos los pisos del subterráneo, pude sacar afuera toda la ira que me había provocado mi encuentro previo con Pedro Del Lago.

Su irrupción en mi casa, en mi vida, me recordó lo que había sido en el pasado.

Ninguna de las terribles tareas que había tenido que llevar a cabo después de La Infección había sido tan deshumanizante y vejatoria como lo que había tenido que hacer en el antiguo mundo para sobrevivir.

Me senté en el piso del quinto subterráneo, después de terminar mi obra maestra, y me fumé un cigarro.

Estaba sudada, cansada, cubierta de sangre y otros líquidos.

Ya había descubierto que esa enfermedad solo se propagaba si el infectado te mordía tan profundo que el virus, o lo que sea que ellos esparcieran, entraba directo en el torrente sanguíneo.

Así que no me preocupé. Miré a mi alrededor, feliz con lo que había logrado.

Casi agradecí al cielo por La Infección, por lo fuerte que me había hecho, porque por primera vez en toda mi vida me quería a mí misma.