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—Adelante, toma asiento —le dije, irónica—. Este lugar puede que no te parezca hermoso, pero es mi hogar, me lo gané cuando me lo regalaste y después me lo gané porque lo limpié. El edificio es mío.
—No sé por qué horrores has pasado, querida, pero veo que has sabido salir adelante y eso me enorgullece.
Bueno, todos hemos pasado por horrores, no hay nadie que no haya perdido a un ser amado o algo que amaba.
Mis hijos… —se le cortó la voz. No tuvo que decir más para que entendiera el mensaje—.
Mi esposa también murió. En realidad, fueron infectados, yo mismo tuve que matarlos.
—Lo siento —me lamenté.
—Gracias.
Me miró para saber si decía la verdad, pero no la decía y él lo supo. Había perdido tanto en la vida, que la muerte de la mujer y los hijos de mi antiguo amante no me importó. Pero había una parte de mí que lo sentía por él, que lamentaba que hubiera tenido que pasar por eso.
—Bien, senador Del Lago, ¿qué es lo que quiere conmigo?
Me senté frente a él. Mi actitud no era la de antaño.
Encendí un cigarro, uno de los pocos placeres que conservaba.
Me quedaban pocos, pronto tendría que ir a explorar más allá de la ciudad para hacerme con más provisiones, pero consideré un momento oportuno para exhibir ante él una actitud segura y desinteresada, y el cigarro se veía perfecto.
Me observó y trató de encontrar en mí un pedazo de lo que hubo alguna vez, de lo que fui y lo que fuimos. Por supuesto, no lo encontró.
—Tú sabes que en las afueras de la ciudad hemos instalado una pequeña colonia de sobrevivientes, hemos formado una pequeña sociedad, nada muy elaborado. Bueno, tú has comerciado con nosotros.
—Dime algo que no sepa.
—Pero la comunidad ya no es tan pequeña. Día a día buscamos sobrevivientes y estos han comenzado a llegar a nosotros de diversas partes.
—Está bien.
—Debo decir, con orgullo, que hemos creado un refugio para las personas. Les damos protección y comida, y ellos cooperan con la comunidad. Ha superado todas las expectativas.
—Me alegro por ustedes.
—Deberías venir a conocer la comunidad, ya que tenemos lazos comerciales. Tal vez te quieras quedar.
—Gracias por la invitación, Pedro, pero estoy bien. Quizás algún día. Pero no creo que hayas venido hasta la ciudad para invitarme a tu perfecta comunidad.
Negó con la cabeza.
—Tenía la esperanza de que sí, que quisieras venir a conocernos. Nos servirías mucho en la Colonia, pero estás en tu derecho a querer quedarte en tu hogar. Pero no he venido a eso.
—¿Entonces a qué has venido?
Respiró hondo, parecía estar buscando las palabras adecuadas. Lo conocía muy bien. Esa no era buena señal. La última vez que lo había visto hacer ese gesto fue cuando terminó conmigo.
—La Colonia debe expandirse, ya somos muchos y debemos trasladarnos.
—OK…
—Al centro de la ciudad, Tamara, debemos trasladarnos a la ciudad —acentuó la última parte para que entendiera a cabalidad lo que quería decir.
Fue como un balde de agua fría. No fui capaz de decir nada, pero estoy segura de que el rostro reflejó mi negativa con claridad.
—Seremos vecinos —agregó.
No podían. El centro de la ciudad era mío, era el lugar de donde sacaba mis provisiones.
Si llegaban a la ciudad, se adueñarían de los territorios que yo había limpiado de infectados y humanos escoria.
Había matado a seres humanos no infectados por los recursos, había cometido asesinatos por aquellos territorios y ahora la Colonia quería venirse a vivir a aquellos terrenos que yo me había ganado.
—No pueden.
—Sabía que no te gustaría, pero tienes que entender que tenemos niños y ancianos entre los nuestros. Necesitamos un lugar más seguro para estar y no podemos movernos muy lejos, perderíamos a muchas personas en el camino.
—No.
—No he venido a pedir tu permiso, Tamara, he venido a avisarte, no queremos tener problemas contigo, eres una buena proveedora y queremos seguir con esa relación comercial, pero quiero que sepas que nosotros también tenemos armas y protegeremos la Colonia.
—¡Maldito! —exclamé sin guardarme la rabia.
—No te enojes, sabes que te tengo cariño y no quiero que estemos mal. Cuando uno de los comerciantes me dijo que tu rostro le había parecido familiar y me lo describió, supe de inmediato que eras tú. Sigues siendo hermosa, aunque no lo creas.
—No me interesa que me halagues, tus palabras no tienen sentido para mí, no me interesa ser hermosa, ya no me importa.
—Sé que no te importa, pero aún puedes sacarle provecho a eso.
—¿Quieres que me vaya a vivir a tu perfecta Colonia y me prostituya por un pedazo de pan? Jamás lo haría.
—Te prostituiste por este penthouse ¿o no?
Maldito imbécil.
—Sí, fui tu maldita amante alguna vez y tú me pagaste el sexo con cosas.
¿Quieres que te lo reconozca? Sí, era una prostituta muy cara y tú un político infiel, ladrón y demagogo.
Está bien, ¿eso querías? Pero ya no lo soy, me sé cuidar sola y no necesito venderme para cubrir mis necesidades.
No puedo impedir que tu comunidad se venga al centro de la ciudad y te agradezco que hayas tenido la deferencia de venir a decírmelo. Si eso es todo, puedes irte.
—Podrías ser mi mujer en la Colonia, no tendrías que empuñar un arma nunca más, te trataría como una reina y, en realidad, lo serías, serías respetada y volverías a ser la envidia de las mujeres.
—¿Quién te dijo a ti que no me gustaba empuñar un arma? Vivo bien aquí, no necesito más. Me gusta mi soledad, espero que respeten eso.
—Lo haremos.
—Si ya terminaste de insultarme y de darme tus noticias, entonces te puedes largar.
Tomé la pistola y lo apunté. Me miró, impasible.
—Lo último que quería era insultarte. Si te ofendí, no fue mi intención.
—No te preocupes, tengo totalmente asumido lo que fui, pero también lo que soy. Ya no necesito nada de nadie. Sé cuidarme sola.
—Yo también te amé, aunque no lo creas, y si me fui fue porque no quería seguir haciéndote daño.
Lo que más echo de menos eran nuestras tardes de cine, ¿recuerdas?
—Miró el lugar donde había estado la pantalla plana y que había dejado una marca en la pared que no se había borrado nunca—. ¿Qué hiciste con la tele?
—Pedro…
—Me estoy desviando. Lo siento. Lo que quiero decir es que en el viejo mundo no podíamos estar juntos, pero el nuevo mundo está empezando y podemos hacer lo que queramos de él, incluso estar juntos.
Nunca bajé el arma mientras me decía esas palabras que en el pasado habría dado lo que fuera por escuchar.
Lo vi irse con un nudo en el estómago. No había tenido tanto miedo desde que anunciaron La Infección en las noticias.