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Tras ese terrible incidente, una nueva mujer había nacido.
El tiempo nunca pasó lento; tenía múltiples tareas que realizar. Limpié los pisos inferiores del edificio de infectados y cerré las entradas. Pero como los zombis no saben de razones, siempre debía estar vigilando el perímetro y volviendo a cerrar las entradas.
Sin embargo, lo que más me gustaba era salir a buscar alimentos y armas. A veces también practicaba mi puntería desde las ventanas de algunos de los departamentos con infectados que intentaban acercarse. Era muy entretenido.
Ya había cambiado. Hacía ejercicio de forma constante y mis brazos y piernas se habían puesto musculosos.
Me había cortado el cabello a ras y lo cubría con un jockey para que nadie desde lejos pudiera saber si era hombre o mujer.
Mis habilidades con las armas y los cuchillos se habían multiplicado de manera exponencial.
Me gustaba vivir sola y cuidar de mí. No me interesaba relacionarme con nadie.
El centro de la ciudad estaba infestado, pero ya conocía los puntos críticos donde se concentraban los zombis y ya no quedaban humanos viviendo en él, así que podía recorrerlo.
Los sobrevivientes se habían ido a las afueras y estaban formando lo que ellos llamaban «una nueva comunidad».
Solía reírme de su grupo, porque se aferraban a un mundo que ya no existía y, tarde o temprano, ese proyecto iba a fracasar.
Pero no se metían conmigo ni yo con ellos.
A veces, algunos de sus miembros venían a ofrecerme trueque por algunos elementos que yo conseguía en mis excursiones a la ciudad y, como el ser humano no puede mantener la boca cerrada, me contaban detalles de su «maravilloso» proyecto y me decían que sus puertas iban a estar siempre abiertas para mí.
Yo asentía y agradecía, pero nada más. No me interesaba. Tenía todo lo que necesitaba conmigo y me lo había ganado con gran esfuerzo.
Por de las pequeñas charlas que tuve con ellos, supe que me llamaban «bruja», nunca me enteré de la razón.
Supongo que, después de un tiempo, los sobrenombres pierden el sentido que tuvieron en un comienzo.
Ya habían pasado un par de años desde que la enfermedad de los zombis se había extendido por todo el planeta.
Me había acostumbrado a estar sola, a hacer mis quehaceres, ejercitar y leer en soledad, no tenía otras necesidades, y era experta en el arte de matar zombis, una verdadera experta.
Pero en el fondo, sabía que esa tranquilidad no sería eterna y que, a la larga, la sociedad volvería a hacer aquello que acostumbraba desde el comienzo de los tiempos.
Fue un día nublado. Un día oscuro que anunciaba lluvia. Me preparaba para salir en busca de víveres, ya que la lluvia tapaba de alguna manera el olor a humano. Estaba colgándome al hombro las últimas armas, cuando sentí una voz que venía desde el exterior y me reclamaba a gritos.
En el silencio de aquella ciudad muerta, una voz humana era fácil de escuchar. Me llamaba por mi nombre verdadero:
—¡Tamara López, necesitamos hablar con usted! —Era una voz de hombre, una voz profunda que anunciaba que mis días de soledad estaban por acabarse y eso no me gustaba.
Pensé en no salir y dejar que se aburriera y se fuera, pero no quería que encontrara la forma de entrar en mi propiedad. Retiré algunas de las tablas que tapaban la entrada del balcón.
Me encontré de frente con esa vista que tanto me gustaba.
Ese balcón había sido la razón primordial de haber comprado ese departamento.
Pero la vista, antes hermosa de una ciudad llena de luces y figuras de edificios imponentes, alumbrados por la luna, se había convertido en una aterradora visión apocalíptica que las antiguas películas pre-Infección no lograron representar.
La vista me trajo a la realidad, a lo que había sucedido.
A entender lo que teníamos y habíamos perdido.
La estética apocalíptica de antes de La Infección que llenaba películas, series y gráficas era demasiado hermosa e idealizada, porque no lograba representar la muerte, la putrefacción que se podía oler a kilómetros.
Esa ciudad era un cadáver en descomposición, frío, inmóvil.
Ese era el nuevo mundo y por primera vez en esos años lo vi de verdad, con el corazón.
Respiré hondo para no llorar, ya que el visitante seguía llamándome desde abajo.
No venía solo, venía acompañado de dos personas más.
Les hice una seña desde arriba para que cerraran la boca y no siguieran atrayendo infectados a mi puerta.
Parecieron entender que ya los había visto y que no necesitaban seguir gritando.
«¿Qué querrían de mí?», me pregunté. En el fondo lo sabía, les recordaba que el mundo había acabado, que cualquiera que fuera la sociedad que quisieran crear, había gente como yo que les hacía ver que sería un fracaso.
Bajé las escalas con la misma cautela de siempre, los treinta pisos del edificio sin cansarme siquiera; ya estaba acostumbrada y lo hacía seguido.
A veces, al bajar, desde algunos de los departamentos de los pisos inferiores, salía algún infectado que había logrado burlar mi barrera, por eso nunca debía dejar de lado la precaución.
El hombre que esperaba en la entrada del edificio me dejó estupefacta. Nunca pensé volver a ver ese rostro familiar, pero ahí estaba frente a mí, como una ensoñación del pasado.
El tiempo lo había cambiado, como a todos nosotros, pero seguía exhibiendo aquello que me había atraído desde el comienzo.
Al verlo ahí de pie frente a mí, fue como volver en el tiempo, como un vistazo fugaz de todo lo que era el mundo antes de La Infección, de esa mujer que solía ser.
Era él. Parecía más fuerte y digno que cuando lo conocí.
Los ojos claros se habían rodeado de pequeñas arrugas, y tanto espalda como brazos habían crecido y se habían poblado de músculos.
El cabello castaño miel ahora aparecía poblado por canas aquí y allá, pero por lo demás, seguía siendo tan guapo como cuando lo había amado en el pasado.
Habíamos sido amantes. Él había sido un senador de la República cuya esposa e hijos no eran suficientes, así que me tenía a mí para conversar y follar.
Por supuesto que no le había salido gratis: el convertible rojo y el penthouse habían sido regalos suyos por mi silencio en la prensa y por no armarle escándalos con su esposa.
Yo había cometido el error de enamorarme de él y cuando se lo dije me cambió por otra modelo. Era un cerdo, por supuesto, y verlo frente a mí me trajo recuerdos que no quería.
Me sonrió, como solo él sabía hacerlo, con esa sonrisa que había conquistado los votos de la gente a pesar de su incompetencia.
Los que lo acompañaban eran sus guardaespaldas, un hombre y una mujer armados con rifles de alto calibre.
—Tamara. —Su voz profunda saboreó mi nombre con la misma delicia de antaño y se me apretaron las entrañas. Se abalanzó hacia mí para abrazarme, pero mi instinto me obligó a alejarme unos pasos y a sacar la pistola para apuntarlo. Al mismo tiempo, los guardaespaldas hicieron lo suyo.
—¡Chicos! ¡No es necesario! —Obligó a sus guardaespaldas a bajar sus armas y me miró—. Tammy, no es necesario que me apuntes con tu arma.
La bajé lentamente.
—¿Qué quieren? —pregunté con brusquedad. El tiempo en soledad había mermado mis habilidades con la gente.
—¡Por Dios, Tammy! He venido a conversar contigo. Tenemos unas palabritas que intercambiar.
—Habla, entonces —espeté sin delicadeza.
—No aquí. Es para largo, sería ideal que me dejaras entrar a tu edificio.
—Ni lo sueñes.
—Vengo de parte de la Colonia que tenemos allá, somos vecinos. No voy a hacerte daño.
—No te preocupes, no te tengo miedo.
—Veo que no y me parece bien. Aún hay espacio para la civilidad en el mundo.
¿Realmente iba a dejarlo entrar a mi hogar? Mi instinto me prevenía, pero la Tamara de hace años, esa mujer rubia y delgada, de uñas largas, que aprendió a manejar un convertible con tacones altos me rogaba que aceptara.
—Tus guardaespaldas se quedan afuera —ordené y sin esperar respuesta me di vuelta y entré al edificio.
Los guardaespaldas protestaron, pero el autoritario Pedro Del Lago los hizo callar. Corrió detrás de mí.
Subimos las escalas en silencio. Yo siempre sostenía mi arma y él la suya, así se lo había indicado.
Entró al penthouse, impresionado con lo que había hecho con él. De seguro, hasta no encontrarse conmigo, no había podido creer que Tamara López, esa mujer estúpida que le creía todos sus cuentos para llevársela a la cama, hubiese podido sobrevivir sola. Las apariencias engañaban.
El departamento parecía una zona de guerra.
Las ventanas estaban tapiadas y la cocina se había convertido en un laboratorio para hacer bombas caseras.
Solo quedaba un pequeño espacio que usaba como lo que solía ser y era el comedor.
Mi habitación, que en el pasado parecía el cuarto de una princesa, ahora tenía un colchón en el suelo y las paredes cubiertas de armas.
Aterrador, pero conveniente. El walking closet, donde antes moraba mi costosa ropa de diseñador, mis bolsos importados, mi colección de zapatos y mis joyas, ahora era mi bodega de armas de fuego.
Tenía apilados libros por todos lados; se habían convertido en mi única distracción.
Cuando me iba de exploración por la ciudad en busca de comida siempre llegaba con un libro nuevo.
Algunos estaban muy deteriorados, pero, aun así, me los traía a la casa y leía lo que podía.
—Realmente me tienes sorprendido, nunca pensé… —se frenó y cambió el discurso—. Te busqué cuando empezó todo, vine al edificio, pero no se podía entrar, estaba lleno de infectados y asumí…
—Asumiste que estaba muerta o que me habían infectado —completé su frase.
—No tenías el perfil de sobreviviente. Lo siento.
Se sentó en el único sillón que tenía en el departamento sin pedir permiso, igual que en el pasado.