Sobreviviente 3
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Los días pasaban lentos y solitarios.

Los alaridos de los infectados se mezclaban en el ambiente con los gritos de aquellos que eran devorados.

Entre amaneceres y anocheceres en vela, tenía la vista pegada en la puerta del departamento, con una pistola en la mano.

También escuchaba los gritos, los llantos y las peleas de los pisos inferiores.

Mis vecinos caían uno a uno y se unían a la búsqueda de humanos frescos.

Por días, noches, semanas, me la pasé mirando la puerta, a la espera del momento en que tendría que luchar por mi vida y mi hogar.

Pero nunca pasó. Los gritos y llantos mermaron.

Y yo me aventuré a salir. Primero me tomé el piso completo, luego, uno a uno, fui reclamando los otros pisos del edificio.

Llegaba exhausta de la «limpieza» diaria del edificio al departamento y todos los días miraba si la televisión proveía nuevas noticias. Pero un día cualquiera, ya no hubo televisión.

Usaba una hora al día para encender la laptop o el smartphone y recibir alguna noticia del exterior. Las redes sociales aún funcionaban y había electricidad. Sin embargo, Internet también cayó.

En uno de los departamentos, me encontré una radio de onda corta, así que, después de perder Internet, me dedicaba a escuchar radioaficionados que transmitían noticias. Hasta que ya no hubo electricidad y el mundo, ese mundo tecnológico, avanzado y fácil, se sumió en penumbras.

Por ese entonces, todavía me parecía a la mujer que solía ser.

Me vestía cómoda, pero, aun así, lucía como una turista más que una sobreviviente.

Eso también acabaría. Tuve que salir más allá de los confines del edificio a buscar comida y los insumos que ya se me habían agotado.

Solo habían pasado un par de meses, pero parecía que el mundo anterior a La Infección había sido un sueño mal recordado.

Sin embargo, tampoco sabía cómo había cambiado el mundo del exterior.

Había dejado de recibir noticias y no sabía si era el último ser humano sobre la faz del planeta, al igual que el personaje de la novela Soy leyenda: Robert Neville.

Nunca había tenido tiempo ni ganas de leer antes de La Infección, pero dado que me pasaba noches en vela, las usaba para leer la mayor cantidad de libros posibles.

Los sacaba de los departamentos de mis vecinos y Soy leyenda me marcó de manera profunda.

Yo era como Robert Neville; me identificaba con él.

Pero, para mi pesar, no era la última humana en el mundo. Eso habría sido mucho más sencillo.

Lo que me encontré en el exterior me revolvió el estómago: la ciudad destruida, columnas de humo de incendios por todos lados, oscuridad y miedo.

No solo había restos humanos de los infectados, partes mutiladas, miembros cercenados por aquí y allá, sino que me encontré con muertos que no parecían infectados, niños que se desangraban en los callejones, heces humanas esparcidas por todos lados.

Y tuve miedo de los vivos, incluso más que de los zombis.

Los infectados eran estúpidos, podía burlarlos y eliminarlos, pero aquel apocalipsis había sacado el instinto animal de los supervivientes y nos había convertido en bestias inteligentes.

Si quería explorar no tenía más remedio que ser precavida.

Caminé con cautela, sin hacer ruido y sin llamar la atención a través de pasajes hediondos, manchados de sangre, orina y excremento.

Pero era una mujer sola que no parecía valerse por sí misma en una ciudad destrozada, una mujer delgada de cabello rubio con pantalones cargo y una chaqueta de cuero.

¿Quién podría haberme respetado vestida así?

Mi cuerpo no se condecía con mi espíritu, todavía era una chica rubia que recién se había bajado de los tacones.

Así también me juzgó un grupo de hombres vestidos de negro que blandían garrotes y palas que comenzaron a seguirme.

Respiré una profunda bocanada de aire y los latidos de mi corazón se intensificaron, porque lo que iba a pasar no sería bonito y tendría que resistirlo.

No recuerdo muy bien lo que sucedió, cómo me derribaron ni lo que pasó en el intertanto, pero en un abrir y cerrar de ojos los tenía sobre mí. Me desgarraron la ropa y me insultaron a gritos. Al parecer había herido a uno de ellos. Debo ser sincera, aún no soy capaz de recordar cómo es que lo herí.

—No tiene que ser así —susurré—. Puedes hacérmelo sin necesidad de violencia.

No recuerdo las palabras exactas, pero sí el brillo en los ojos de esos hombres, incluso en los de aquel al que había herido.

El que era el líder, a quien todos llamaban Perro, me tomó del cabello y me puso de pie.

—Vendrás con nosotros —dijo. Su voz era áspera como la de los infectados y me erizó cada vello del cuerpo.

—Yo te conozco —afirmó el que había herido. Ellos lo llamaban Juanjo—. Claro que sí. Yo te he visto en la televisión. ¿No eres la modelito esa? ¿Tamara López?

Ahora me miraban como un botín, una maleta llena de dinero. No he podido olvidar, a pesar del esfuerzo, sus ojos oscuros, lascivos. Me provocaron arcadas.

—Perro, antes de llevar a esta puta a nuestro escondite, creo que merezco que me dejes vengarme por lo que le hizo a mi brazo.

Traté con todas mis fuerzas de no reflejar el miedo que sentía. No le había hecho mucho daño, una de mis balas le había rozado el brazo y sangraba, muy poco comparado con la venganza que se me venía encima.

El Perro lo pensó y asintió.

—Podemos haber perdido muchas cosas, pero no la justicia —susurró, demasiado cerca de mi oído.

—No le hagas nada que sea permanente o te mataré, Juanjo ¿me oyes? —advirtió el Perro.

—Lo que digas —respondió con desgana al que llamaban Juanjo.

Tuve que dejarlo golpearme sin oponer resistencia, tal como lo habría hecho la rubia débil que ellos creían que era. Hice un enorme esfuerzo de voluntad para no defenderme, para no partirle la cara de un golpe, pero ellos tenían armas y me habían quitado las mías. Estaba a su merced.

Mientras el estúpido de Juanjo me molía la cara a golpes, solo era capaz de pensar en que yo iba a vivir y él no, y que su venganza también era parte de mi plan. Cuando se desquitó todo lo que el Perro le permitió, me tomaron de los brazos y me llevaron a rastras al escondite que tenían.

—Eso te pasa por herirme, maldita —me repetía Juanjo, una y otra vez, mientras caminábamos. Aunque me insultaba, parecía que se estaba justificando.

«Yo viviré y tú no», pensaba e intentaba mostrarme lo más sumisa posible.

Un arma de grueso calibre me apuntaba la espalda, así que no podía defenderme, pero aún me quedaba una herramienta y la usaría una última vez.

El escondite era un pequeño almacén en un callejón mugriento. Y, para los estándares de esos días, era un paraíso: tenía alimentos, agua embotellada, armas de todo tipo. Yo era el trofeo que les faltaba para terminar su colección.

El Perro me tiró a una pequeña bodega y empezó a desabrocharse los pantalones delante de mí.

—Si vas a quedarte aquí y vas a comer de nuestras provisiones, vas a tener que empezar a pagar tu estancia en nuestra casa, puta.

—Llámame Tammy —le pedí y usé el tono más sensual del que era capaz, el mismo que usaba con mis antiguos amantes millonarios.

Un par de lágrimas cayeron por mi rostro; las pocas clases de actuación que se me había ocurrido tomar cuando imaginaba que me ofrecerían un papel en una película, no habían sido en vano.

El Perro posó sus ojos en mí. Tenía la misma actitud que mis amantes. Los hacía sentir que eran únicos y especiales y, en un mundo destruido, eso no se sentía a menudo.

Se acercó y comenzó a limpiar la sangre que emanaba de mis labios. Luego me limpió las lágrimas que había conseguido derramar. Vi lástima y lascivia mezcladas en ese rostro cubierto de barba.

—No llores. Estarás segura con nosotros.

—Me miró con una intensidad de la que no lo creía capaz—.

Conmigo —se corrigió—. No te voy a compartir con nadie.

No dejaré que nadie más te trate así, no tendrás que volver a soportar una golpiza como esa, ni volverás a tener hambre ni frío, y no tendrás que andar deambulando sola por las calles. Ya no debes pasar por eso.

Asentí con la cabeza y me mostré agradecida.

—Pero si te portas mal conmigo, yo me encargaré de que lo que te hizo el Juanjo te parezcan caricias.

Me hizo un cariño en el rostro que me revolvió el estómago y tuve que dejarlo.

—Mírate, eres una cosita hermosa... No seas tonta, acepta el trato y vas a ser solo mía. Te va a ir bien conmigo.

—Si es lo que hace falta para estar a salvo —respondí con un convencimiento que no sentía, pero que el Perro se tragó sin tapujos—. Te haré feliz y si no lo consigo, yo misma te pediré que seas rudo conmigo. Haré lo que me pidas. Solo no me eches a la calle con esas... cosas.

Me besó e introdujo su sucia lengua en mi boca. Su hedor era repugnante, pero lo resistí sin pestañear, incluso le devolví el beso.

—Serás solo mía —jadeó sobre mi cuello y tuve que permitírselo, mientras retenía las arcadas.

Me llevó hasta una esquina y terminó de bajarse los pantalones. Nunca había pensado que alguna vez las usaría, pero las clases de kickboxing me ayudaron más que una pistola.

Giré la cadera y le clavé un rodillazo seco en la boca del estómago.

El Perro se dobló y perdió el aire, y antes de que recuperara el equilibrio, le solté una patada circular directa a la base de la rodilla.

Su pierna cedió y lo hizo caer. Aproveché ese segundo para sacar el cuchillo que llevaba oculto en la bota y, antes de que pudiera gritar, le crucé el acero por la garganta.

Quedé bañada en sangre y fui lo último que vieron sus ojos antes de morir sin entender qué le había pasado. Es una imagen que no olvido: los ojos fijos con una duda pegada a ellos, preguntándose cómo había sido derrotado por la más miserable de las rubias, una antigua modelo.

No sentí lástima de él, no pude sentir tristeza por un hombre como ese, un hombre que quería usarme, que me quería como un trofeo mancillado.

Nunca supe su nombre real ni quién había sido en el antiguo mundo, pero creo que El Perro me cambió de alguna forma, me fortaleció.

Gracias a él mi mutación había concluido.

Y por eso, siempre le estaré agradecida.

Matar al resto de la banda fue un trámite. No tuve miedo de apretar el gatillo de sus propias armas y borrarlos del mapa, y me reservé lo mejor para Juanjo. Lo dejé para el final.

Me acerqué a él mientras lloraba como un bebé y se meaba en los pantalones.

Sus compañeros estaban muertos y él estaba desarmado; era su fin y yo quería venganza por lo que me había hecho.

Le sonreí con sensualidad. Debo haber tenido un aspecto terrorífico, con el cabello desordenado, el rostro golpeado y manchada de la sangre del enemigo.

Pidió clemencia. Su actitud me hizo reír a carcajadas.

Cuando enterré el cuchillo en su virilidad lanzó un chillido.

El dolor que experimentó no tenía igual.

Sus gritos atrajeron a algunos infectados.

Les lancé el cuerpo inconsciente de Juanjo como ofrenda y fue fácil escabullirme mientras los zombis se peleaban por despedazar al pobre hombre.