Sobreviviente 2
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Me quedé unos instantes en estado de shock, pero no duró mucho. Me sequé las lágrimas y respiré hondo. Lo había prometido; no iba a morir. Eso honraría a mi madre, una madre a la que di tan pocas alegrías y que merecía, al menos, que cumpliera mi promesa, esa que ella me obligó a hacer.

Me puse de pie de un salto. Los saqueos comenzarían pronto. No tenía tiempo que perder.

Bajé al estacionamiento y me subí al descapotable. Llevaba las tarjetas de crédito y dinero en efectivo para comprar comida. El dinero, tanto el virtual como el físico, en el futuro, no serviría de nada. Tampoco mi bello auto descapotable rojo.

Por suerte para mí, la gente tardó en reaccionar en esa parte más acomodada de la ciudad. Cuando llegué al supermercado, solo algunas personas habían tenido la misma idea que yo. En el barrio alto aún no lograban asimilar la gravedad de las recientes noticias.

Compré agua embotellada por montones, productos no perecibles y de fácil cocción que durarían años, linternas, velas, cuchillos de todo tipo, kits de emergencia con vendas, alcohol para curar heridas, aspirinas, toallas higiénicas. Lo necesario.

En el país en el que yo vivía, las armas no estaban al alcance de la mano.

Sin embargo, una mujer con la clase de novios que yo tenía, como políticos, altos mandos de la mafia, incluso un miembro de una secta y otros personajes de dudosa reputación, no podía dejar de poseer un arma.

La última compra de mi vida la hice con una pistola en el bolso de diseñador.

Compré todo lo que pude, pero no me parecieron provisiones suficientes. A pesar de mi instinto, mi cerebro aún se negaba a la realidad; todavía pensaba que la situación sería provisoria, que solo había que esperar para volver a la normalidad.

¿Cómo iba a saber que aquel helado de chocolate y manjar que me compré de regreso al penthouse iba a ser el último gusto verdadero que me daría en mucho tiempo? El último sabor de mi antigua vida.

Mientras manejaba de regreso por la carretera y terminaba mi último helado, me enfrenté por primera vez a mi enemigo.

Era una mancha en el horizonte del camino, una sombra que se movía hacia mí y que se convirtió poco a poco en una silueta humana.

Sus movimientos eran rígidos, torpes. Los pasos, aunque lentos y erráticos, parecían espasmos que le sacudían el cuerpo completo, pero seguían una línea recta que no se detenía. El chillido desgarrado era el mismo que escuché a través del teléfono, en la llamada con mi madre.

El instinto me erizó la piel y me elevó el ritmo cardíaco. Mis reflejos me obligaban a dar la vuelta, a hacerle el quite, pero aceleré. No consideré las consecuencias ni la muerte. Solo pisé el acelerador, sin miedo, sin pensar. Aceleré.

La figura no se detuvo, tampoco parecía tener miedo. Venía directo hacia mí. No frené, no podía. Apreté el acelerador hasta el fondo y cerré los ojos.

El golpe fue intenso, hizo que los músculos se me apretaran y que me quebrara las uñas al agarrar con toda la fuerza que poseía el volante. Se escuchó igual que el choque de frente con otro auto. El convertible se desestabilizó. Abrí los ojos para tratar de mantenerme en el camino.

Sigue siendo extraño. He visto tantos infectados durante mi vida y la mayoría pasó sin pena ni gloria.

Pero al zombi de la carretera lo recuerdo con todos los detalles.

A veces lo veo en sueños, con su ojo izquierdo que colgaba como una campana de la cuenca ocular, con una mordedura en el hombro aún sangrante y la ropa del intenso color rojo de una cadena de pizzerías, ajada y ensangrentada. El primer zombi de mi vida.

Me bajé del auto. Saqué el arma del bolso, un arma que jamás había ocupado. La adrenalina fluía como un torrente de fuerza por mis venas, mientras el cerebro se alineaba con el cuerpo con una única tarea: sacar ese obstáculo del camino.

En esos momentos, no sabía qué eran los zombis ni cómo deshacerme de ellos. Ni siquiera los grandes dueños del mundo sabían cómo hacerlo. Supongo que lo que sucedió fue pura suerte, pero una parte de mí le gusta pensar que hay un poder superior que ayuda a los que quieren ayudarse.

Tomé el arma con una calma de la que nunca me creí capaz, apunté a mi enemigo que se acercaba como un poseso y batía su dentadura, sin acusar dolor por el choque.

Reflexioné solo una milésima de segundo antes de disparar.

La fuerza del arma me tiró hacia atrás y, como estaba apuntando al corazón, el curso de la bala se desvió y le dio justo en la cabeza.

El repartidor de pizza cayó al suelo fulminado, mientras me bajaba la adrenalina y tiritaba entera.

Pero no había tiempo para eso. Escuché chillidos en la lejanía, el ruido había llamado a otros infectados y me obligué a salir de la conmoción para continuar mi camino.

Manejé sin pensar en multas, ni en la policía, solo conduje por calles secundarias para no toparme con tacos ni batallas callejeras, pero como podrán imaginar, a esas alturas eso ya era imposible.

Manejé contra el tránsito y reconozco, aunque no me enorgullece, que atropellé a una que otra persona.

El descapotable era rápido, así que logré salirme con la mía.

Cuando llegué de regreso al edificio, observé a mis vecinos, todos hombres y mujeres pudientes como yo, que ya habían tenido la misma idea y estaban saliendo a comprar o saquear.

Sin embargo, yo ya estaba de vuelta y ya había matado a un infectado.

Les llevaba ventaja, regresaba cuando ellos recién salían y dejaban solos sus caros departamentos. La mayoría no volvería.

Recuerdo que entré al penthouse y observé todo con ojos ajenos.

Aún temblaba por lo sucedido en la calle, pero ya sabía lo que venía.

Pronto dejaríamos de tener electricidad, internet, acceso a agua potable, y ese lugar de lujo, que ahora no serviría de nada, iba a convertirse en mi fortaleza, el único lugar donde descansar en el caos y la destrucción.

Cargué la batería de los objetos electrónicos; pronto serían mi única ventana a la realidad. No tenía intenciones de volver a salir hasta que fuera totalmente necesario.

En esos momentos nadie sabía lo que estaba pasando, ni qué era esa infección, ni si era pasajero o si habría alguna cura.

Con el tiempo, aquellos que sobrevivimos nos dimos cuenta de que era irreversible, de que no había gente inmune y de que tendríamos que lidiar con esa situación para siempre.

Semejante información solo la adquirimos con el tiempo, por ensayo y error, pero en esos primeros días, nadie entendía nada, incluso los noticiarios, como solía ser, sabían mucho menos de lo que aparentaban.

Esa noche me di mi último gusto: lloré como una niña pequeña sobre el sillón modular, abrazada a las piernas. El gran televisor mostraba los saqueos, los asesinatos y las conferencias de prensa de políticos y militares cuyos ojos reflejaban la misma sensación de desamparo que la mía.

Esa fue la última vez que lloré de esa forma. El nuevo mundo que se avecinaba no tendría cabida para los débiles.

Al día siguiente, me desperté con los ojos hinchados por el llanto, pero totalmente liberada del miedo.

Mi mente parecía funcionar mejor que nunca y ya sabía lo que tenía que hacer.

Al son de los últimos programas de noticieros de la historia, rompí los muebles que no eran de absoluta necesidad.

Con la madera tapié puertas y ventanas, me aislé del mundo, del caos y de cualquiera que quisiera hacerme daño.

Necesitaba un tiempo en soledad para la transición. Entender, reaccionar y después actuar.

Caminé hacia el gran espejo del baño, ese donde había pasado miles de horas perfeccionando el maquillaje y estudiando los mejores ángulos para las cámaras.

Mi reflejo me devolvió una imagen patética con los ojos hinchados por el llanto y el cabello rubio, ese que me costaba fortunas mantener en salones de élite, que me caía en ondas perfectas sobre los hombros.

Era el último vestigio de una moneda de cambio que ya no tenía valor en este nuevo mundo.

Fui a la cocina y tomé uno de los cuchillos profesionales que acababa de comprar. No busqué unas tijeras finas, quería algo que me recordara que la delicadeza había muerto.

Al volver frente al espejo, agarré un mechón dorado. El acero del cuchillo se sentía frío contra los dedos. Con un movimiento brusco y el sonido seco del metal que cercenó el cabello, el primer mechón cayó al suelo de mármol. Corté sin orden, sin buscar simetría ni belleza.

Con cada puñado de pelo que caía, me despojaba de una parte de mí. Cuando terminé, mi cabeza se sentía ligera. El contorno del rostro se veía más duro y anguloso.

Me miré a los ojos. La «Tamara de los tacones» se había quedado en ese montón de pelo rubio esparcido por el suelo.

No llamé a ningún amigo, no me despedí del novio que tenía en ese entonces, no supe de nadie más.

A veces mi celular sonaba y me entraban mensajes de texto o WhatsApp de alguna amiga.

Preferí que creyeran que estaba muerta y, de alguna forma, no estaban tan alejados de la realidad.

La mujer que habían conocido ya no existía más; yo era una persona nueva, o al menos a eso quería llegar.

Los antiguos amigos y familiares eran parte de un mundo ajeno y lejano, no me podía dar el lujo de conservarlos.