Sobreviviente 1
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Sobreviviente

Sobreviviente

Por Erika Moreno Ibarra

© inepub.com

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Mientras el mundo moría, yo sobreviví.

La vida cambió. Fue drástico, súbito. Los que quedamos tuvimos que adaptarnos tan rápido como fue posible.

Antes de que aprendiera a disparar una escopeta sin que su fuerza me lanzara hacia atrás o de que tuviera que limpiar la sangre de un cuchillo con la ropa sin hacer arcadas, yo era diferente a como soy ahora. Muy diferente.

Solía ser una de esas mujeres que jamás dejó de hacerse la manicura, teñirse el cabello en salones de belleza, hacer dieta estricta ni asistir al gimnasio con regularidad.

Todo lo que ganaba lo gastaba en ropa, bolsos y zapatos. Había acostumbrado a mis pies a los tacones altos y solo llevaba bolsos de diseñador. Gastaba todo mi dinero y esfuerzo en mi aspecto físico. Era mi trabajo y mi vida.

Nunca me hizo daño lo que hablaban de mí los programas de farándula. Mi agente me dijo una vez que, en el rubro en el que me desempeñaba, no existía la mala publicidad.

Tenía citas con hombres de negocios y políticos que facturaban altísimas sumas de dinero y, por supuesto, me consentían. A cambio querían una mujer perfecta, femenina y bella. Yo podía proveerles eso.

No, no era una prostituta, al menos, no lo hacía solo por bienes materiales, aunque reconozco que saqué provecho.

Tenía mi carrera en el modelaje y manejaba mi propio dinero, y si aceptaba los lujos de hombres poderosos, era porque sabía jugar mis cartas.

Había amasado una cierta fama en el jet set nacional y solía visitar los programas de farándula para contar o desmentir mis romances, de acuerdo a lo que conviniera.

Tenía estabilidad financiera y me sostenía con mis propios pies.

Sin embargo, el penthouse en el que vivía no alcanzaba a costearlo con mi sueldo y mis novios me ayudaban a pagar mi elevado estilo de vida.

En el antiguo mundo en el que vivíamos, las mujeres éramos juzgadas con dureza por nuestro físico y la belleza era una moneda de cambio. Pero logré adaptarme. Tenía dinero, fama, una apretada agenda social y era, de cierta manera, respetada.

Sin embargo, ese mismo mundo estaba por cambiar de manera tan radical que no estábamos preparados para hacerlo con él.

No puedo decir que era una guerrera, ni una mujer fuerte ni empoderada, pero me adaptaba. Eso no significaba que no me hubiera desconcertado lo que sucedió.

Si cierro los ojos, aún recuerdo aquel momento.

Estaba sentada en un babydoll violeta frente al televisor.

Miraba un programa de noticias del espectáculo porque un amigo periodista me había soplado que hablarían de mí y de mi nuevo novio, un jugador de fútbol del que ya no recuerdo el nombre.

¿Juan Pablo? ¿Juan Francisco? ¿Juan Pedro? No importaba.

Un extra del noticiero apareció en la pantalla. Nunca olvidaré esas imágenes, a veces todavía sueño con ellas. He visto innumerables veces repetirse esa escena en los venideros años, pero ese primer despacho, ese primer acercamiento a lo que sería el mundo, se me quedó grabado para siempre.

Si hago el intento, puedo relatar lo que vi con detalles: un influencer, un joven de no más de quince años, corría por las calles del centro de la ciudad con un grupo de personas.

Se iba grabando. Es extraño que recuerde su nombre con más certeza que el de mi novio de entonces.

Javier corrió todo lo que pudo; a él se le unieron algunos más.

Hasta que la imagen mostró el smartphone que caía.

Gritos y chillidos se mezclaban con sonidos guturales.

El canal de televisión decidió censurar la imagen, pero después el video circuló sin censura en las redes sociales y tuve el estómago para verlo.

Eran un puñado de hombres y mujeres que se lanzaron en contra de Javier y los que lo acompañaban. Los devoraron como animales salvajes.

Eran los primeros zombis. No estaban aún con los rostros podridos ni les faltaban partes y todavía lucían como seres humanos.

Los que morían a raíz de las mordidas volvían a la vida y la condición se esparcía rápido.

Como era de esperar, cundió el pánico y ni la policía ni el ejército pudieron hacer nada.

¿Cómo podía entenderlo? No había visto muchas películas de zombis en mi vida. Esa actividad no se condecía con la persona que representaba por esos años, pero no era descabellado que esa palabra tan trillada apareciera en la mente de la mayoría al presenciar ese comportamiento.

Hablaron de La Infección, de contagio, de enfermedad, del fin del mundo y finalmente, la palabra zombi. No había otra manera de describirlo.

Recuerdo no haber pestañeado; no quería perderme ni un solo detalle. Aunque no comprendiera en absoluto la situación, sabía que el mundo jamás sería el mismo después de eso.

Si quería sobrevivir tendría que volver a adaptarme, tendría que cambiar.

El nudo que me oprimía la garganta se convirtió poco a poco en llanto.

Un llanto callado, al principio, y que se volvió un sollozo que no me dejaba respirar.

Estaba presenciando mi propia muerte, al menos, la de esa mujer que me había costado tantos años y esfuerzo crear.

Y no se malinterprete, no significaba que no tuviera miedo, pero necesitaba que aquel agudo instinto de supervivencia del que me jactaba poseer me ayudara a sobrevivir.

Una parte de mi vida, una parte más tranquila, aunque no más fácil, murió ese día. En aquellos primeros momentos era difícil imaginar la persona en la que me iba a convertir.

Una llamada entrante a mi celular me puso los pelos de punta. La pantalla se iluminó con el nombre de mi madre.

Cerré los ojos, respiré hondo y contesté. No quería que supiera que estaba llorando, así que fingí calma. Ella detectó de inmediato la congoja en mi voz.

—Preciosa, ¿estás viendo lo que sucede? —preguntó con la voz tan quebrada como la mía.

Respondí que sí, que estaba viendo todo. Ella me pidió que no se me ocurriera salir del departamento. Le respondí que no lo haría, más para dejarla tranquila que nada.

—Mamá, por favor, deben cerrar puertas y ventanas. No dejen que nadie entre a la casa. Dile a papá que ponga maderas en las entradas.

—No te preocupes, está en eso.

Podía imaginar el rostro de mi madre al otro lado del teléfono y a mi padre tapiando las ventanas.

Quería estar con ellos, tenía que ir por ellos. Pero mamá no me lo permitió. Comencé a llorar de nuevo.

—No llores, mi preciosa niña. Si hay alguien en este mundo que va a sobrevivir a esto, eres tú y eso nos hace muy felices. Te cuidarás, ¿verdad?

Me pedía que no llorara, pero ella también estaba llorando. Esa sería la última vez que hablaría con mi madre. Me lo negaba en ese momento, pero mi parte racional me lo advertía.

Le hice caso a mi lado pensante, así que no desprecié la oportunidad de decirles lo mucho que los amaba.

Mamá me hizo prometer que no iría a buscarlos y yo acepté, le juré que no iría por ellos. Ella dejó de llorar y afirmó que eso la hacía feliz.

Voces raspadas, desgarradas salieron a través de la bocina del teléfono y los gritos de mis padres fueron lo último que oí antes de que se cortara la conversación.

Los había perdido.