14
Las celdas estaban debajo de la catedral.
No había luz en los pasillos que me guiara, pero me dejé llevar a tientas.
Mis manos eran mis ojos. Solo corrí en la más absoluta oscuridad, corrí porque no tenía opción, sin miedo, solo con un objetivo en la cabeza.
Yo sabía que nuestra celda era la última en lo más profundo del pasillo principal. Nadie la cuidaba.
Me acerqué corriendo a la puerta. Grité su nombre para que me oyera y él contestó con una voz débil. Seguía vivo y eso hizo que mi corazón, que bombeaba desbocado, recuperara el ritmo normal. Sin embargo, no sabía cómo abrirla.
Lo único que tenía era el cuchillo para mantequilla.
La mano herida me punzaba, pero aún tenía otra sana.
Con la vista acostumbrada a la oscuridad, introduje la herramienta en la cerradura.
La forcé, desesperada. La moví de muchas maneras hasta que oí un suave clic.
Era una cerradura antigua, oxidada, de una puerta que tenía cientos de años.
En nuestro encierro, jamás consideramos ese factor.
Abrí. Iván estaba de pie frente a la puerta. Me miró y sus ojos claros se abrieron como platos ante mi terrible aspecto.
—Tamara —musitó. Había tanto significado en esa unión de letras que formaba mi nombre. Tanto dolor, tantas dudas, tanta tristeza, pero también significó esperanza y agradecimiento. Iván cuidaba de todos, pero nadie solía cuidarlo a él, excepto su hijo y yo. Se me hizo un nudo en la garganta.
—Nos vamos —dije simplemente. No expliqué nada, ya habría tiempo para eso. Tuve que hacer un esfuerzo por evitar que las lágrimas me saltaran de los ojos.
Noté la presencia detrás de mí después de percatarme de la mirada ensombrecida de Iván.
—No tan rápido —exclamó. Una frase cliché de un amante del cine a alguien que también solía apreciarlo. Una antigua pasión que había olvidado por completo, pero que alguna vez había sido parte de mi vida.
Pedro nos apuntaba con un arma y se acercaba a nosotros. Su aspecto no era mejor que el mío. Había sufrido algunas quemaduras superficiales en el rostro y parecía que tenía el brazo herido.
Iván lo entendió unos segundos antes que yo: lo habían mordido. No le quedaba mucho tiempo. Pronto se convertiría en un zombi, solo estaba usando sus últimos minutos como humano para vengarse por aquello que le habíamos robado.
Apuntó el arma a Iván.
—Pondré esta única bala donde más daño hará —parafraseó por última vez sus diálogos favoritos del cine.
El tiempo se le acababa. Iba a olvidar todo lo que amaba, lo que odiaba, lo que era, todo lo que había conseguido para convertirse en un infectado, para dedicar su miserable existencia a saciar un hambre infinita.
Dejaría de ser humano, aunque, si soy justa, a esas alturas de su vida, solo le quedaba una pizca de humanidad.
No era mucho lo que le iba a robar el virus.
No permitiría que me hiciera daño de nuevo, no permitiría que me quitara lo que yo amaba. Nunca más.
Me abalancé sobre él sin medir consecuencias. Pero Iván, que era el héroe de su propia vida, no dejó que yo recibiera la bala por él. El impacto, ese horrible ruido de la pistola, ensordeció el mundo a mi alrededor. Recuerdo haber gritado como una loca. Iván cayó al suelo, sangraba profusamente.
Ese fue el último acto consciente de Pedro Del Lago. Su mirada murió y su rostro se desencajó. Fue rápido, brutal. Se había convertido en un zombi. Y con esos ya no tenía mayor problema.
Se lanzó sobre mí. Su fuerza había crecido.
Pero no lo dejé morderme y no le permití acercarse a Iván que estaba perdiendo mucha sangre.
Reuní todas mis fuerzas, no sé de dónde sacaba más.
Enterré el cuchillo sin filo en la cabeza de Pedro justo en el lugar indicado.
La adrenalina hizo milagros. El cuchillo sin filo penetró la carne y el globo ocular casi a la perfección.
Lo di vuelta, maté el cerebro y apagué a Pedro Del Lago para siempre.
No tenía tiempo para regodearme en mi victoria. Me agaché para atender a Iván. La bala le había perforado el brazo y estaba sangrando. No era una herida mortal, pero la pérdida de sangre sí se podía transformar en un problema.
Me acerqué al cadáver de Pedro y le desgarré un pedazo de ropa.
Me arrodillé al lado de Iván para hacerle un torniquete y detener la hemorragia, e ignoré el dolor lacerante de mis dedos fracturados.
La tela se manchó de rojo, pero logré detener el sangrado por el momento.
Iván apretó muy fuerte la pequeña llave de su hijo Alex.
Cerró los ojos. Era el último vestigio del cofre de una historia que se negaba a dejar ir.
Yo no tenía hijos, era probable que no los tuviera en ese mundo tan peligroso, pero no envidié su dolor.
—Déjame ayudarte, Iván —susurré. Traté de que no notara el temblor en la voz.
Él no se quejó mientras yo ajustaba el torniquete y se tragó el dolor insoportable, aunque no más insoportable que el duelo que experimentaba a diario por la pérdida de su hijo; tendría que aprender a vivir con eso por el resto de sus días.
Sus ojos, esos ojos verdes que me habían devuelto la humanidad en medio de la podredumbre, se encontraron con los míos.
Cuando terminé de vendarlo, su mano se relajó. Iván estiró el brazo y pasó el cordón de cuero por mi cabeza. La llave antigua descansó sobre la piel, liviana en lo físico, pero pesada en lo emocional. Y ahí se iba a quedar para siempre.
—Esta llave siempre fue un símbolo. Significaba todo lo que era mi hijo, pero para Alex… para él significaba su hogar —explicó con los ojos claros empapados con recuerdos a los que yo no podía acceder—. Los hijos no deberían sacrificarse así por los padres —comentó con un hilo de voz.
Recordé a mamá y a papá, su abnegación y su entrega.
—Cuando te pidieron que sobrevivieras, tus padres hablaban en serio, es lo que ellos querían —continuó como si hubiera leído mi mente. Yo le había comentado lo que había sucedido con ellos. Tuve que esforzarme por no llorar.
Iván estiró el brazo sano y acarició el metal sobre mi cuello.
—Ya no tengo un hogar a donde volver, Tamara. Mi hogar eres tú.
Un nudo me oprimió la garganta y la armadura que me había construido durante años se trizó frente a él. Y él lo supo.
—Vámonos a casa, entonces —dije y le ayudé a ponerse de pie.
Él apoyó su peso en mi hombro, y mientras salíamos de la oscuridad hacia el caos del incendio, la llave golpeaba rítmicamente contra mi corazón y me recordaba que ahora caminaba por los dos.
Recogí un arma; un revólver con un par de balas. Tenía que ser suficiente para llegar al edificio.
Corrimos. Ninguno de los dos pensó en sus heridas, ni en el dolor, ni en la sangre que ambos estábamos perdiendo, solo corríamos. En casa podría curar a Iván y curarme a mí misma, pero antes teníamos que llegar.
Iván apenas podía sostenerse. Apoyaba su humanidad en mi hombro y su sangre me empapó el brazo, caliente y pegajosa. Cada paso era un esfuerzo que me arrancaba quejidos que no podía manejar y cada esquina, una amenaza. Pero Iván no se quejó, a pesar del dolor que debía sentir. Un héroe.
No habíamos avanzado ni dos calles cuando los vimos.
Tres figuras armadas salieron de entre los escombros; eran los guardaespaldas de Pedro y uno de los centinelas.
Aunque no habían podido controlar el fuego, habían conseguido hacer retroceder a los zombis.
No tenía tiempo para analizar el estado de sus mentes, sin embargo, noté que tenían los ojos encendidos de odio, pero también vi tensión y miedo.
Tenían un mundo que habían levantado de las cenizas y yo lo había regresado al fuego.
—¡Ahí están! —gritó la mujer y levantó el arma.
El revólver solo tenía dos balas. Dos malditas oportunidades.
Iván intentó enderezarse.
—Déjame… puedo pelear… —jadeó. No era momento para su complejo de héroe.
—¡Cállate! —espeté—. Si te llegas a caer, te juro por lo más sagrado que te dejo aquí.
Por supuesto que era mentira.
Disparé. El estruendo reventó la noche y el guardaespaldas cayó.
Confieso que sentí placer al verlo morir, pero el sonido fue una sentencia de muerte.
El agudo griterío no tardó en responder al disparo.
Y desde las llamas emergieron. Se arrastraban, tropezaban y caían.
Torpes pero letales. Infectados. Muchos de ellos.
—¡Retrocede! —ordenó el centinela a la mujer que aún no se conformaba con la muerte de su eterno compañero.
Pero ya era tarde. El segundo disparo no lo dirigí a ellos. Tal como dijo Pedro, puse la bala donde más daño hacía.
Esbocé una sonrisa fugaz.
—Ahora corremos —le indiqué a Iván. El antiguo vendedor de seguros inspiró una larga bocanada y asintió.
Los infectados se abalanzaron sobre ellos. Desde la distancia, me pareció una marea podrida.
La mujer gritó, pero no alcanzó a reaccionar.
El centinela disparó, pero el sonido solo lo empeoró.
La mujer me miró un segundo antes de desaparecer bajo la horda.
En el futuro me enteraría de que habían sido marido y mujer en el viejo mundo.
No sentí nada en ese momento cuando los vi morir y tampoco cuando me enteré de su historia.
Todos teníamos historias, pero ninguna importaba ya.
Fueron segundos antes de ver a dos sombras que surgieron desde un costado.
—¡Iván!
Uno de ellos se lanzó directo contra los infectados. Blandía un fierro y admiré por unos momentos su habilidad. El otro se acercó a nosotros.
—¡Muévanse! ¡Yo los cubro! —ordenó.
Iván pareció que iba a decir algo, pero la voz no le salió. Conocía al sujeto; era uno de sus partidarios. Lo entendí sin que me lo explicaran.
No eran idiotas. Sabían lo que estaban haciendo.
—No… —murmuró Iván.
—¡Ahora! —ordenó el hombre y me empujó.
No discutí. Mi misión era sacarnos de ese infierno.
Ajusté a Iván contra mí y avancé. Los gritos de nuestros salvadores se mezclaron con los graznidos desgarrados. Metal contra carne. Carne contra carne. Y, al final, nada que quisiera recordar.
Seguimos moviéndonos. Lentos, torpes, pero vivos.
El edificio apareció ante nosotros como un milagro.
Mi hogar. ¿Nuestro hogar?
—Ya casi —susurré, más para mí que para él.
Iván no respondió, pero seguía respirando y eso era suficiente. A pesar del ruido, oí un suspiro de alivio de su parte.
Nunca las calles se me hicieron tan largas, oscuras, peligrosas y tan infectadas como esa noche de locura, esa noche infernal, de fuego, sangre y muerte.
La Colonia, aunque ardía, seguía allí y los infectados no se irían nunca. Sin embargo, al final del túnel de demencia en el que nos encontrábamos, me esperaba un paraíso que nunca imaginé para mí en ese mundo devastado. Mi hogar, Iván y mi vida intacta.
¿Qué más podría pedir una sobreviviente?