CAPÍTULO 21 — Lo que baja cuando sube la torre #3
La torre vibró.
Los dibujos temblaron.
La figura extendió la mano hacia su rostro.
Ana apartó la cabeza.
La figura se detuvo.
Aurelio habló.
—Él recuerda.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué recuerda?
La figura respondió:
—La puerta.
Ana tragó saliva.
—¿Qué puerta?
La figura habló.
—La que abriste.
Ana retrocedió.
—No abrí ninguna.
Aurelio negó.
—Sí abriste.
La torre vibró más fuerte.
Los blancos avanzaron.
Mario dio otro paso.
El niño bajó otro escalón.
La figura habló.
—Él estaba contigo.
Ana sintió que el aire se comprimía.
—¿Quién?
La figura respondió:
—Mario.
Ana tragó saliva.
—Mario no estuvo aquí de niño.
Aurelio habló.
—Sí estuvo.
La figura extendió la mano hacia su pecho.
Ana sintió el frío atravesar la ropa.
La torre vibró.
Los blancos levantaron la cabeza.
Mario dio otro paso.
El niño bajó otro escalón.
La figura habló.
—Ana.
Ana levantó la linterna apagada como si pudiera defenderse.
La figura tocó la linterna.
La oscuridad se abrió un instante.
Solo un instante.
Lo suficiente para que Ana viera algo que no debería existir.
Un dibujo en la pared. Más reciente. Más fresco. Hecho con tinta negra.
Tres niños. Una puerta. Una llave. Una sombra sobre ellos.
Los niños eran ella, Mario… y el niño que ahora bajaba la escalera.
Aurelio habló.
—Siempre fueron tres.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—No.
La figura habló.
—Sí.
La torre vibró.
Los blancos avanzaron.
Mario levantó la mano.
El niño bajó el último escalón.
La figura se acercó.
Aurelio habló.
—Ahora baja lo que nunca debió subir.
Ana retrocedió.
La oscuridad se cerró.
Y la torre mostró lo que había ocultado durante años.
Un cuarto dibujo cayó.
Ana lo vio.
Era ella. De niña. Con la llave en la mano. Abriendo la puerta.
Y detrás de la puerta… Mario. El niño. Y la figura.
Todos mirándola.
Aurelio habló.
—Tú abriste la puerta.
Ana sintió un golpe en el pecho.
La figura extendió la mano.
Mario dio un paso.
Los blancos cerraron el círculo.
El niño habló por primera vez con voz humana.
—Te estábamos esperando.
La torre respiró.
Y Ana entendió que no estaban devolviéndola.
La estaban reclamando.
La torre seguía respirando. Cada inhalación era un tirón hacia dentro; cada exhalación, un empujón hacia fuera.
Ana sintió que el aire se comprimía alrededor de su pecho, como si la estructura quisiera moldearla.
La figura estaba delante de ella, con la boca abierta en ese hueco negro que no debería existir.
Mario, a un paso. Los blancos, cerrando el círculo.
El niño, en el último escalón. Aurelio, detrás, inmóvil, dueño de todo.
La oscuridad se movió.
No como sombra. Como intención.
Ana intentó apartarse, pero la torre la sujetó por la cintura, por el brazo, por el cuello. No eran manos. No eran dedos. Eran movimientos. Movimientos que sabían exactamente dónde tocar.
La figura habló.
—Ana.
Su nombre salió sin sonido, sin voz, sin garganta. Solo movimiento. Solo intención.
Ana apretó los dientes.
—No voy a volver.
Aurelio respondió desde la oscuridad.
—Ya volviste.
La figura extendió la mano hacia su rostro. Mario dio otro paso. Los blancos levantaron la cabeza. El niño bajó el último escalón.
La torre vibró.
Un dibujo cayó de la pared.
Ana lo vio.
Era ella. De niña. Con la llave en la mano. Abriendo la puerta.
Y detrás de la puerta… Mario. El niño. La figura.
Todos mirándola.
Aurelio habló.
—Tú abriste la puerta.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—No.
La figura respondió.
—Sí.
La torre vibró más fuerte. Los dibujos temblaron. El aire se cerró.
Mario levantó la mano.
No para tocarla. Para señalarla.
Aurelio habló.
—Él ya te eligió.
Ana retrocedió.
—No.
La figura avanzó.
—Sí.
La torre respiró.
La oscuridad se abrió un instante.
Solo un instante.
Lo suficiente para que Ana viera algo que no debería existir.
Un dibujo nuevo. Fresco. Hecho con tinta negra.
Ella. Mario. El niño. La figura.
Y Aurelio detrás.
Todos con los ojos negros.
Todos mirando hacia fuera.
Todos mirando hacia ella.
Aurelio habló.
—Ahora baja lo que nunca debió subir.
La figura se inclinó hacia Ana.
Su boca se abrió más.
El hueco negro se expandió.
Ana sintió el frío en la piel.
Mario dio un paso más.
Los blancos cerraron el círculo.
El niño habló con voz humana.
—Ya es tu turno.
La torre vibró.
La oscuridad se cerró.
La figura tocó su frente.
Un contacto frío. Largo. Profundo.
Ana sintió algo entrar.
No un recuerdo. No una imagen. Algo más antiguo. Algo que no era suyo. Algo que la torre había guardado durante años.
Aurelio habló por última vez.
—Ahora recuerda.
La oscuridad explotó.
Los dibujos se desprendieron de las paredes. Los blancos se inclinaron hacia ella. Mario abrió la boca. El niño retrocedió. La figura se pegó a su piel.
Y Ana vio.
Vio la puerta. Vio la llave. Vio sus manos de niña. Vio a Mario detrás de ella. Vio al niño esperando. Vio la figura saliendo por primera vez. Vio a Aurelio sonriendo.
Vio que ella había sido la primera en abrir.
La torre respiró.
Y Ana gritó.
No por miedo. Por reconocimiento.
Porque lo que bajaba no era la figura.
Era ella.