CAPÍTULO 21 — Lo que baja cuando sube la torre #2
La oscuridad se cerró.
Ana sintió algo rozar su brazo. Luego su espalda. Luego su tobillo.
No eran manos. No eran dedos. Eran movimientos. Movimientos que no pertenecían a cuerpos.
Aurelio habló.
—Él quiere recordarte.
Ana tragó saliva.
—No.
La figura se detuvo. Su boca se cerró. Su cabeza se inclinó hacia ella.
Aurelio habló.
—Ya lo hizo.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué recuerdas?
La respuesta llegó desde la figura.
—A ti.
Ana retrocedió.
—No me conoces.
La figura habló otra vez.
—Sí.
La torre vibró. Los dibujos en las paredes se movieron. No por viento. Por intención.
Uno cayó al suelo.
Ana lo tocó con la punta del pie.
Era ella. De niña. Con una llave en la mano. Con una puerta detrás. Con una sombra sobre ella.
La sombra tenía ojos negros.
Aurelio habló.
—Siempre estuviste aquí.
Ana apretó los dientes.
—No.
La figura avanzó.
—Sí.
Ana sintió que el aire se comprimía.
—¿Qué quieres?
La figura respondió:
—Que vuelvas.
Ana retrocedió.
—No voy a volver.
Aurelio habló.
—Ya volviste.
La figura extendió la mano.
Ana sintió el frío en la piel.
La torre vibró.
Los blancos levantaron la cabeza.
Mario dio otro paso.
El niño bajó otro escalón.
La figura habló.
—Ana.
La oscuridad se cerró más.
Ana sintió algo detrás de ella.
Un movimiento lento. Profundo. Como si la torre estuviera respirando justo en su nuca.
Aurelio habló.
—Ahora empieza.
Ana levantó la linterna. La figura tocó la luz apagada. La linterna cayó al suelo.
La oscuridad se abrió un instante.
Solo un instante.
Lo suficiente para que Ana viera algo que no debería existir.
Mario. De pie. Con los ojos negros. Pero llorando.
Una lágrima negra.
Una lágrima que no era humana.
La figura habló.
—Él recuerda.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué recuerda?
La respuesta llegó desde Mario.
—A ti.
La torre vibró.
Los blancos avanzaron.
La figura se acercó.
Aurelio habló.
—Ahora baja lo que nunca debió subir.
Ana retrocedió.
La oscuridad se cerró.
Y algo la agarró del brazo.
No una mano. No un dedo. Algo que no tenía forma.
La torre respiró.
Y Ana entendió que ya no estaba sola en la oscuridad.
La torre respiró otra vez. No era un sonido.
Era un movimiento interno, como si las paredes se contrajeran y se expandieran siguiendo el ritmo de algo que vivía dentro.
Ana sintió el tirón en su brazo: frío, largo, sin forma.
Intentó apartarse, pero la oscuridad tenía fuerza.
No era ausencia de luz. Era una mano invisible que sabía dónde tocar.
Mario estaba a un paso de ella. Los blancos, a dos. La figura, a ninguno.
Aurelio no se movía. No necesitaba hacerlo.
Ana intentó girarse, pero la oscuridad se cerró alrededor de su cuello, como si quisiera impedirle ver lo que estaba detrás. La torre vibró. Los dibujos en las paredes se movieron. No por viento. Por intención.
Aurelio habló.
—No luches.
Ana apretó los dientes.
—Voy a salir de aquí.
La figura respondió con su boca imposible.
—No.
Ana sintió el frío en la piel. El brazo. El hombro. La espalda.
La torre estaba tocándola.
Mario dio otro paso. Sus ojos negros no parpadeaban. Pero su respiración cambió. Un temblor. Un ruido mínimo. Un gesto humano.
Ana lo vio.
—Mario… estás ahí.
Aurelio habló.
—No está.
Ana ignoró la voz.
—Mario, mírame.
Mario parpadeó.
Una vez.
La figura se tensó.
Los blancos levantaron la cabeza.
Aurelio habló.
—No deberías hacer eso.
Ana dio un paso hacia Mario.
La oscuridad se cerró alrededor de su tobillo, tirando de ella hacia atrás. No una mano. No un dedo. Algo que no tenía forma.
Ana cayó de rodillas.
La figura se inclinó sobre ella.
Su boca se abrió. No había dientes. No había lengua. Solo un hueco negro que parecía absorber su respiración.
Aurelio habló.
—Él quiere recordarte.
Ana apretó los dientes.
—No.
La figura habló.
—Sí.
Ana sintió el frío en el pecho. Un contacto. Un dedo. Un movimiento.
La torre vibró.
Los blancos avanzaron.
Mario dio otro paso.
El niño bajó otro escalón.
La figura habló.
—Ana.
Ana levantó la cabeza.
—No me toques.
La figura se detuvo.
Aurelio habló.
—Él te conoce.
Ana tragó saliva.
—¿Quién es?
La figura respondió.
—El que no debía volver.
Ana retrocedió.
—No sé quién eres.
La figura inclinó la cabeza.
—Sí sabes.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—No.
La figura extendió la mano hacia su rostro.
Ana levantó el brazo para apartarla.
La figura se detuvo.
Aurelio habló.
—Él recuerda.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué recuerda?
La figura respondió:
—La puerta.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué puerta?
La figura habló.
—La que abriste.
Ana retrocedió.
—No abrí ninguna.
Aurelio negó.
—Sí abriste.
Los blancos avanzaron.
Mario dio otro paso.
La figura habló.
—Él estaba contigo.
Ana sintió que el aire se comprimía.
—¿Quién?
La figura respondió:
—Mario.
Ana tragó saliva.
—Mario no estuvo aquí de niño.
Aurelio habló.
—Sí estuvo.
Ana levantó la linterna apagada como si pudiera defenderse.
La figura tocó la linterna.
La oscuridad se abrió un instante.
Solo un instante.
Lo suficiente para que Ana viera algo que no debería existir.
Un dibujo en la pared. Reciente. Fresco. Hecho con tinta negra.
Dos niños. Una puerta. Una llave. Una sombra sobre ellos.
Los niños eran ella y Mario.
Aurelio habló.
—Siempre estuvisteis juntos.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—No.
La figura habló.
—Sí.
Los blancos levantaron la cabeza.
Mario dio otro paso.
El niño bajó otro escalón.
La torre vibró.
Aurelio habló.
—Ahora baja lo que nunca debió subir.
Ana retrocedió.
La figura avanzó.
Mario levantó la mano.
Los blancos cerraron el círculo.
La oscuridad se cerró.
Y Ana entendió que la torre no quería atraparla.
Quería devolverla.
A donde había estado antes.
La torre seguía respirando. No era un sonido. Era un movimiento interno, profundo, como si las paredes tuvieran pulmones. Ana sintió el tirón en su brazo, más fuerte, más decidido, como si aquello que no tenía forma hubiera encontrado exactamente dónde sujetarla.
La oscuridad no era completa. Era selectiva. Dejaba ver solo lo que quería que Ana viera.
Mario estaba a un paso. Los blancos, a dos. La figura, encima de ella.
Aurelio permanecía detrás, inmóvil, como si la torre lo sostuviera.
Ana intentó levantarse, pero la oscuridad se cerró alrededor de su cintura, impidiéndole moverse. La figura inclinó la cabeza hacia ella. Su boca se abrió. No había dientes. No había lengua. Solo un hueco negro que parecía absorber su respiración.
Aurelio habló.
—Él quiere recordarte.
Ana apretó los dientes.
—No.
La figura respondió.
—Sí.
La torre vibró. Los dibujos en las paredes se movieron. Uno cayó al suelo.
Ana lo iluminó con la linterna apagada, como si el gesto pudiera devolverle luz.
Era un dibujo reciente. Fresco. Hecho con tinta negra.
Dos niños. Una puerta. Una llave. Una sombra sobre ellos.
Los niños eran ella y Mario.
Aurelio habló.
—Siempre estuvisteis juntos.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—No.
La figura habló.
—Sí.
La torre vibró otra vez. Más fuerte. Más profundo.
Los blancos levantaron la cabeza. Los ojos blancos se abrieron más. Mario dio otro paso.
Ana retrocedió, pero la oscuridad la sujetó.
—Suéltame —dijo.
La figura respondió:
—No.
Aurelio habló.
—Él quiere devolverte.
Ana frunció el ceño.
—¿Devolverme a dónde?
La figura inclinó la cabeza.
—A dónde estabas.
Ana sintió un escalofrío.
—No estuve aquí.
Aurelio negó.
—Sí estuviste.