CAPÍTULO 21 — Lo que baja cuando sube la torre
La torre había cerrado todas sus salidas.
No era un mecanismo. No era una puerta. Era la propia estructura, como si hubiera decidido que nadie debía abandonar aquel lugar hasta que algo se completara.
Ana retrocedió un paso, con la linterna temblando en su mano.
Mario seguía en la escalera, con los ojos negros clavados en ella.
Los blancos avanzaban en silencio, formando un semicírculo perfecto alrededor de Aurelio.
Aurelio no se movía. No necesitaba hacerlo. Su presencia ocupaba la sala como una sombra que hubiera aprendido a respirar.
Ana levantó la linterna hacia Mario.
—Mario… mírame.
Mario parpadeó. Una vez. Ese único gesto fue suficiente para que la torre pareciera inclinarse hacia él, como si reconociera algo que había estado esperando.
Aurelio habló.
—Él ya te ha visto.
Ana apretó los dientes.
—No es él.
Aurelio inclinó la cabeza.
—Es más él que antes.
Los blancos dieron un paso adelante. Exacto. Medido. Silencioso. Ana retrocedió. La torre parecía empujarla hacia el centro de la sala, como si quisiera que se acercara a la silla donde el cuaderno seguía abierto.
Aurelio señaló la página.
—Ya está escrito.
Ana levantó la linterna hacia el cuaderno.
La página mostraba un dibujo nuevo.
Una figura sin ojos. Una llave. Una puerta.
Y detrás de la figura… una sombra.
La sombra tenía ojos negros.
Y debajo, un nombre escrito con tinta fresca.
MARIO
Ana sintió un golpe en el pecho.
—No vas a tocarlo.
Aurelio respondió con calma.
—Ya lo hice.
Mario dio un paso más. No como un humano. Como un niño entrenado. Exacto. Medido. Silencioso.
Ana retrocedió.
—Mario, no te acerques.
Mario se detuvo.
Aurelio habló.
—Él obedece.
Los blancos levantaron la cabeza. Los ojos blancos se abrieron más. La torre vibró.
Aurelio habló.
—Ellos ya han decidido.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué han decidido?
Aurelio dio un paso hacia ella.
La torre se inclinó. Los dibujos temblaron. El aire se cerró.
—Que él sirve.
Ana sintió un escalofrío.
—No.
Aurelio respondió:
—Sí.
Mario dio otro paso.
Ana levantó la linterna.
—Mario, mírame. Mírame.
Mario parpadeó otra vez.
Aurelio habló.
—Ya no recuerda lo que tú recuerdas.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué recuerdas tú?
Aurelio señaló la pared.
Un dibujo cayó.
Ana lo iluminó.
Era ella. De niña. Con una llave en la mano. Con una puerta detrás. Con una sombra sobre ella.
La sombra tenía ojos negros.
Aurelio habló.
—Tú también estuviste aquí.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—No.
Aurelio negó.
—Sí.
Los blancos avanzaron.
Mario dio otro paso.
Ana retrocedió.
—No voy a servirte.
Aurelio respondió:
—No decides tú.
La torre vibró.
El niño bajó la escalera.
Pero ya no era el niño.
Sus ojos negros brillaban. Su boca estaba abierta. Como si estuviera diciendo algo sin sonido.
Aurelio habló.
—Ya no está solo.
Ana tragó saliva.
—¿Quién está con él?
Aurelio respondió:
—Los que no sirven.
La torre se oscureció.
Los blancos avanzaron.
Mario dio un paso más.
El niño bajó otro escalón.
Y detrás de él, algo más bajó.
Algo que no tenía forma. Algo que no tenía ojos. Algo que no tenía nombre.
Pero que sí tenía intención.
Aurelio habló por última vez.
—Ahora baja lo que nunca debió subir.
La luz de la linterna tembló.
El aire se cerró.
Y Ana entendió que la torre no estaba esperando a Mario.
Estaba esperando a ella.
Lo que bajaba por la escalera no tenía forma definida.
No era un cuerpo. No era una sombra. Era una presencia que deformaba el aire a su alrededor, como si la torre estuviera expulsando algo que llevaba demasiado tiempo encerrado.
Ana retrocedió, con la linterna temblando en su mano.
Mario seguía avanzando, exacto, medido, silencioso, como si cada paso estuviera marcado por un ritmo que él no controlaba.
Los blancos se abrieron a los lados, formando un pasillo perfecto. Sus ojos completamente blancos no parpadeaban. No respiraban. No reaccionaban. Solo miraban. Miraban a Ana. Miraban a Mario. Miraban a lo que bajaba.
Aurelio habló.
—Ya está aquí.
Ana levantó la linterna hacia la escalera.
El niño bajó otro escalón.
Pero ya no era el niño.
Su boca estaba abierta. Sus ojos negros brillaban. Su piel parecía más pálida. Más tensa. Más… usada.
Detrás de él, la presencia descendió un poco más.
Ana sintió que el aire se comprimía.
—¿Qué es eso? —dijo sin querer decirlo.
Aurelio respondió con calma.
—Lo que queda de los que no sirven.
Ana apretó los dientes.
—No voy a dejar que se acerquen.
Aurelio inclinó la cabeza.
—No decides tú.
Mario dio otro paso. El niño bajó otro escalón. La presencia se acercó.
La torre vibró.
No como un edificio. Como un cuerpo.
Ana levantó la linterna hacia Mario.
—Mario, mírame. Mírame.
Mario parpadeó.
Una vez.
Aurelio habló.
—Él te ve.
Ana retrocedió.
—Mario, no eres él. No eres tú.
Mario dio otro paso.
Aurelio habló.
—Él es lo que queda.
Los blancos levantaron la cabeza. Los ojos blancos se abrieron más. El aire se volvió más frío.
Ana levantó la linterna hacia la presencia.
La luz no la tocó.
Era como si la oscuridad la absorbiera antes de que llegara.
Aurelio habló.
—No deberías mirar.
Ana apretó los dientes.
—¿Por qué?
La respuesta llegó como un susurro.
—Porque él te ve.
Ana retrocedió.
La presencia bajó otro escalón.
Ahora tenía forma.
No humana. No animal. Algo entre ambos.
Una figura delgada. Alargada. Con brazos demasiado largos. Con dedos demasiado finos. Con una cabeza inclinada hacia delante.
Y sin ojos.
Pero mirando.
Mirando directamente a Ana.
Aurelio habló.
—Él recuerda.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué recuerda?
Aurelio respondió:
—A ti.
La figura bajó otro escalón.
El niño se apartó.
Mario avanzó.
Los blancos cerraron el círculo.
Ana levantó la linterna.
La luz tembló.
La figura se detuvo.
Aurelio habló.
—Ya ha decidido.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué ha decidido?
Aurelio señaló a Mario.
—Que él sirve.
Ana tragó saliva.
—¿Y yo?
Aurelio respondió con calma.
—Tú no.
Los blancos dieron un paso adelante.
La figura bajó el último escalón.
Ana retrocedió.
—No.
Aurelio habló.
—Sí.
La figura avanzó.
Ana levantó la linterna.
La luz tembló.
La figura se detuvo.
Aurelio habló.
—Él te recuerda.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Aurelio respondió:
—El que no debía volver.
La figura levantó la cabeza.
Y Ana vio algo que no debería existir.
Una boca.
Una boca que no estaba dibujada. Una boca que no estaba hecha. Una boca que se abrió sola.
Y dijo un nombre.
El suyo.
Ana.
La torre vibró.
Los blancos avanzaron.
Mario dio un paso más.
Aurelio habló.
—Ahora empieza lo que nunca debió empezar.
La figura extendió la mano.
Una mano larga. Delgada. Fría.
Ana retrocedió.
La torre se cerró.
Y todo lo que estaba arriba empezó a bajar.
La figura avanzó. No caminaba: deslizaba su cuerpo como si el suelo cediera bajo ella. Mario seguía detrás, exacto, medido, silencioso, con los ojos negros clavados en Ana. Los blancos cerraron el círculo, formando una barrera que no necesitaba tocarla para impedirle moverse.
La torre vibró. No como un edificio. Como un organismo.
Ana levantó la linterna hacia la figura.
La luz no la tocó.
Era como si la oscuridad la devorara antes de llegar.
Aurelio habló.
—No deberías mirarlo.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué es?
Aurelio respondió con calma.
—Lo que queda de los que no sirven.
La figura extendió la mano. Una mano larga. Delgada. Fría. Con dedos que parecían huesos sin piel.
Ana retrocedió.
Mario avanzó.
Los blancos levantaron la cabeza.
La figura habló.
No con voz. No con sonido. Con un movimiento de la boca que no debería existir.
—Ana.
La torre se cerró un poco más.
Aurelio habló.
—Él te recuerda.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Quién?
Aurelio señaló la figura.
—El que no debía volver.
La figura avanzó otro paso.
El niño bajó otro escalón.
Mario dio otro paso.
Los blancos se acercaron.
Ana levantó la linterna.
—No.
Aurelio respondió:
—Sí.
La figura se detuvo a un metro de ella.
Su boca se abrió más.
No había dientes. No había lengua. No había garganta.
Solo un hueco negro.
Un hueco que parecía absorber el aire.
Ana sintió que la torre respiraba a través de él.
Aurelio habló.
—Él quiere verte.
Ana apretó los dientes.
—No voy a servirte.
Aurelio inclinó la cabeza.
—No decides tú.
La figura extendió la mano hacia su rostro.
Ana retrocedió.
Mario avanzó.
Los blancos cerraron el círculo.
La torre vibró.
Aurelio habló.
—Ya no puedes bajar.
Ana levantó la linterna hacia la trampilla.
La escalera estaba cerrada.
No por una puerta. Por la torre.
Como si la estructura hubiera decidido que nadie debía salir.
La figura avanzó otro paso.
Ana sintió el frío en la piel.
Un frío que no venía del aire. Un frío que venía de él.
Aurelio habló.
—Él quiere recordar contigo.
Ana apretó los dientes.
—No.
La figura se detuvo.
Su boca se cerró.
Sus ojos inexistentes se inclinaron hacia ella.
Aurelio habló.
—Ahora empieza.
Ana levantó la linterna.
La figura levantó la mano.
Y tocó la luz.
La linterna se apagó.
La torre quedó a oscuras.
Los blancos avanzaron.
Mario dio un paso más.
El niño bajó otro escalón.
La figura habló.
—Ana.
La oscuridad se cerró.
Y algo tocó su cuello.
La oscuridad no era ausencia de luz. Era presencia. Una presencia que ocupaba espacio, que respiraba, que se movía sin sonido. Ana sintió el contacto frío en el cuello como un dedo que no tenía piel, como si la torre hubiera decidido tocarla a través de aquello que bajaba.
No podía ver. No podía oír. Solo podía sentir.
La figura estaba delante de ella. Mario, a un lado. Los blancos, cerrando el círculo. Aurelio, detrás.
La torre vibró.
Ana levantó la linterna, aunque sabía que estaba apagada. El gesto era inútil, pero humano. La figura se acercó más. Su boca se abrió. No había dientes. No había lengua. Solo un hueco negro que parecía absorber su respiración.
Aurelio habló desde algún punto de la oscuridad.
—No te muevas.
Ana apretó los dientes.
—No voy a servirte.
La respuesta llegó como un susurro que no venía de Aurelio.
—Ya sirves.
Ana retrocedió. La figura avanzó. Mario dio un paso más. Los blancos se acercaron.