CAPÍTULO 20 — La casa donde no hay salida #4
Aurelio habló con una voz que no era humana.
—Que sirves.
Ana retrocedió.
—No.
Aurelio respondió:
—Sí.
Los blancos avanzaron.
Ana levantó la linterna.
La luz tembló.
Aurelio habló.
—Ahora falta él.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Mario?
Aurelio asintió.
—Sí.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué vas a hacerle?
Aurelio respondió:
—Lo que no terminé.
Ana tragó saliva.
—¿Qué no terminaste?
Aurelio habló con calma.
—Su vuelta.
Ana retrocedió.
—No vas a tocarlo.
Aurelio negó.
—Ya lo hice.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Aurelio señaló la trampilla.
—Él ya subió.
Ana giró la linterna hacia la escalera.
Una sombra estaba allí.
Alta. Delgada. Inclinada hacia delante.
Con ojos negros.
Ojos que no eran de Aurelio.
Ojos que Ana conocía.
Ojos de Mario.
Aurelio avanzó un paso. No caminó. No desplazó su cuerpo. Solo apareció más cerca, como si la distancia entre él y Ana hubiera decidido desaparecer. Los blancos se abrieron a los lados, formando un pasillo silencioso, perfecto, como si hubieran ensayado ese movimiento durante años.
Ana levantó la linterna. La luz tembló. Aurelio no tenía sombra. No proyectaba nada. Era como si la torre lo absorbiera.
Mario estaba en la escalera. No era una sombra. No era un dibujo. Era él. Pero no era él.
Sus ojos negros no parpadeaban. Su respiración era demasiado lenta. Su postura, demasiado rígida. Como si alguien hubiera colocado su cuerpo allí y él solo obedeciera.
Ana dio un paso hacia él.
—Mario…
Mario no respondió.
Aurelio habló.
—Él recuerda.
Ana apretó los dientes.
—No es él.
Aurelio inclinó la cabeza.
—Es más él que antes.
Los blancos dieron un paso adelante. Exacto. Medido. Silencioso. Ana retrocedió. La torre parecía inclinarse hacia ella, como si quisiera empujarla hacia el centro de la sala.
Aurelio señaló a Mario.
—Él volvió primero.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—Mario no volvió. Lo trajeron.
Aurelio negó.
—No se trae a quien ya estuvo.
Ana levantó la linterna hacia Mario.
—¿Qué le has hecho?
Aurelio respondió:
—Lo que faltaba.
Ana tragó saliva.
—¿Qué faltaba?
Aurelio habló con calma.
—Su vuelta.
Mario dio un paso hacia Ana.
No como un humano. Como un niño entrenado. Exacto. Medido. Silencioso.
Ana retrocedió.
—Mario, mírame.
Mario levantó la cabeza.
Sus ojos negros se abrieron más.
Aurelio habló.
—Él te ve.
Ana sintió un escalofrío.
—Mario, no eres él. No eres tú.
Mario dio otro paso.
Aurelio habló.
—Él es lo que queda.
Ana levantó la linterna hacia Aurelio.
—¿Qué quieres?
Aurelio respondió:
—Lo mismo que antes.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué es lo mismo?
Aurelio señaló la silla del centro.
—Que vuelvas.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—Yo nunca estuve aquí.
Aurelio negó.
—Sí estuviste.
Ana retrocedió.
—No.
Aurelio señaló la pared.
Un dibujo cayó.
Ana lo iluminó.
Era ella.
De niña.
Con una llave en la mano. Con una puerta detrás. Con una sombra sobre ella.
La sombra tenía ojos.
Negros.
Aurelio habló.
—No recuerdas porque no debías recordar.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Qué me hiciste?
Aurelio respondió:
—Lo mismo que a él.
Mario dio otro paso.
Ana levantó la linterna.
—Mario, no te acerques.
Mario se detuvo.
Aurelio habló.
—Él obedece.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué vas a hacerle?
Aurelio respondió:
—Lo que no terminé.
Ana tragó saliva.
—¿Qué no terminaste?
Aurelio habló con calma.
—Su elección.
Ana retrocedió.
—No vas a tocarlo.
Aurelio negó.
—Ya lo hice.
Los blancos levantaron la cabeza.
Los ojos blancos se abrieron más.
Aurelio habló.
—Ellos ya han decidido.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué han decidido?
Aurelio dio un paso hacia ella.
La torre se inclinó.
Los dibujos temblaron.
El aire se cerró.
Aurelio habló con una voz que no era humana.
—Que sirves.
Ana retrocedió.
—No.
Aurelio respondió:
—Sí.
Los blancos avanzaron.
Ana levantó la linterna.
La luz tembló.
Aurelio habló.
—Ahora falta él.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Mario?
Aurelio asintió.
—Sí.
Mario dio un paso más.
Ana levantó la linterna hacia él.
—Mario, mírame. Mírame.
Mario parpadeó.
Una vez.
Aurelio habló.
—Ya te ha visto.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
Mario dio otro paso.
Aurelio señaló la puerta de la sala.
—Ahora baja.
Ana frunció el ceño.
—¿Qué baja?
Aurelio respondió:
—Él.
Ana levantó la linterna hacia la trampilla.
El niño estaba allí.
Pero ya no era el niño.
Sus ojos negros brillaban.
Su boca estaba abierta.
Como si estuviera diciendo algo sin sonido.
Aurelio habló.
—Ya no está solo.
Ana retrocedió.
—¿Quién está con él?
Aurelio respondió:
—Los que no sirven.
La torre vibró.
No como un edificio.
Como un cuerpo.
Ana levantó la linterna.
La luz tembló.
Aurelio habló.
—Ya vienen.
Ana tragó saliva.
—¿Quiénes?
Aurelio respondió con calma.
—Todos.
La torre se oscureció.
Los blancos avanzaron.
Mario dio un paso más.
El niño bajó la escalera.
Y detrás de él, algo más bajó.
Algo que no tenía forma. Algo que no tenía ojos. Algo que no tenía nombre.
Pero que sí tenía intención.
Aurelio habló por última vez.
—Ahora empieza.
La luz de la linterna se apagó.
Y la torre, por primera vez, cerró todas sus salidas.