Sobrevive o muere CAPÍTULO 20 — La casa donde no hay salida #3
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CAPÍTULO 20 — La casa donde no hay salida #3

La voz habló desde detrás de ella.

—Ahora te toca a ti.

La luz tembló.

El aire se cerró.

Y la torre, por primera vez, respiró.

La torre respiró. No era un sonido. No era un movimiento. Era una sensación que se expandió por las paredes como un pulso lento, profundo, antiguo. Ana sintió que el aire se volvía más denso, como si cada molécula estuviera siendo observada.

La linterna tembló en su mano.

El cuaderno sobre la silla volvió a abrirse.

No por viento. No por movimiento. Por intención.

Ana dio un paso atrás.

La página mostraba un dibujo nuevo.

Una figura sin ojos. Una puerta. Una llave.

Y detrás de la figura… una silueta humana.

Alta. Delgada. Inclinada hacia delante.

Pero esta vez, la silueta tenía boca.

Una boca dibujada con tinta negra.

Una boca abierta.

Como si estuviera diciendo algo.

Ana levantó la linterna.

La voz volvió a sonar.

—Él recuerda.

Ana giró la luz hacia la pared. Nada. Solo dibujos. Pero el aire seguía distinto. Más frío. Más presente.

—¿Qué recuerda? —dijo Ana, sin querer decirlo.

La voz respondió desde un punto que no tenía dirección.

—Lo que hiciste.

Ana apretó los dientes.

—No hice nada.

La voz se acercó.

—Sí hiciste.

Ana retrocedió.

—¿Qué hice?

La voz respondió con calma.

—Salir.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿De dónde?

La voz habló como si estuviera justo detrás de ella.

—De aquí.

Ana giró la linterna. Nada. Solo sombras.

La voz volvió a sonar.

—Él no salió.

Ana tragó saliva.

—¿Quién?

La respuesta llegó sin pausa.

—Mario.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué le has hecho?

La voz respondió con un tono que no era humano.

—Recordar.

Ana levantó la linterna hacia la trampilla.

El niño seguía allí.

Pero ya no era el mismo.

Sus ojos no estaban vacíos.

Eran negros.

Negros como los del dibujo.

Negros como los de la sombra.

Negros como los de Aurelio.

Ana retrocedió.

—¿Qué le has hecho al niño?

La voz respondió.

—Nada. Él ya era así.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

La voz habló desde la pared.

—Que él recuerda más que tú.

Ana levantó la linterna hacia los dibujos.

Uno de ellos se movió.

No la hoja. No la tinta. La figura.

La figura sin ojos giró la cabeza.

Ana retrocedió un paso.

La voz habló.

—No deberías mirar.

Ana apretó los dientes.

—¿Por qué?

La respuesta llegó como un susurro.

—Porque ellos te ven.

Ana levantó la linterna hacia la puerta A3, la que el niño había dicho que contenía a los blancos.

El metal vibró.

Una vibración lenta. Profunda. Como un corazón que despierta.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Están vivos?

La voz respondió.

—Más que tú.

Ana retrocedió.

—¿Qué quieren?

La voz habló desde el techo.

—Ver si sirves.

Ana levantó la linterna hacia la escalera que subía al último nivel de la torre.

La luz iluminó un pasillo estrecho.

En el suelo había marcas.

Pequeñas. Repetidas. Exactas.

Como pasos de niños.

Pero no niños.

Pasos demasiado ordenados. Demasiado medidos. Demasiado silenciosos.

Ana avanzó.

El aire se volvió más frío.

Más denso.

Más… observado.

La voz habló otra vez.

—No digas nada.

Ana apretó los dientes.

—¿Por qué?

La respuesta llegó desde el pasillo.

—Porque él escucha.

Ana siguió avanzando.

El pasillo terminaba en una puerta.

Una puerta de madera. Antigua. Perfectamente colocada.

Sin pomo. Sin cerradura. Sin marcas.

Solo una palabra escrita a mano.

SALA

Ana levantó la linterna.

La voz habló desde detrás de la puerta.

—Entra.

Ana tragó saliva.

—¿Qué hay dentro?

La respuesta llegó sin pausa.

—Lo que queda de ellos.

Ana apoyó la mano en la madera.

Estaba fría.

Fría de ausencia.

Fría de espera.

La puerta se abrió sola.

Un centímetro. Dos. Tres.

Ana levantó la linterna.

La luz entró en la sala.

Y vio algo que no debería existir.

Tres figuras.

De pie. Inmóviles. Mirando hacia la puerta.

No niños. No adultos.

Algo entre ambos.

Cuerpos delgados. Ropas antiguas. Piel pálida.

Y ojos.

Ojos blancos.

Completamente blancos.

Sin pupila. Sin iris. Sin vida.

Pero mirando.

Mirando directamente a Ana.

La voz habló desde detrás de ella.

—Ellos ven.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

Las figuras dieron un paso hacia ella.

Exacto. Medido. Silencioso.

Ana retrocedió.

La voz habló.

—Ahora deciden.

Las figuras dieron otro paso.

Ana levantó la linterna.

La luz tembló.

Las figuras se detuvieron.

La voz habló desde dentro de la sala.

—No digas nada.

Ana tragó saliva.

Las figuras levantaron la cabeza.

Los ojos blancos se abrieron más.

Y Ana entendió algo que no debería haber entendido.

Ellos no estaban mirando a ella.

Estaban mirando detrás de ella.

Mirando a alguien que había subido sin hacer ruido.

Mirando a alguien que ya estaba en la torre.

Mirando a alguien que no debería estar vivo.

La voz habló.

—Ya ha subido.

Ana giró la linterna.

Y vio una sombra.

Alta. Delgada. Inclinada hacia delante.

Con ojos negros.

Ojos que no parpadeaban.

Ojos que ya la habían visto antes de que ella llegara.

Aurelio.

Aurelio estaba allí. No como un cuerpo. No como una figura completa. Como una sombra que había aprendido a ocupar espacio sin necesitar carne. Ana levantó la linterna, pero la luz no lo tocó. Era como si él absorbiera el brillo antes de que llegara a su silueta.

Los tres blancos seguían inmóviles, con los ojos completamente abiertos, sin pupila, sin iris, sin vida. Pero mirando. Mirando a Aurelio. Mirando a Ana. Mirando algo que no estaba en la sala, pero que ellos sí podían ver.

Aurelio habló.

—Subiste.

Ana apretó los dientes.

—¿Dónde está Mario?

Aurelio no respondió. No necesitaba hacerlo. La torre parecía inclinarse hacia él, como si la estructura reconociera a su dueño.

Ana dio un paso atrás.

Los blancos dieron un paso adelante.

Exacto. Medido. Silencioso.

Aurelio habló otra vez.

—No deberías haber venido sola.

Ana levantó la linterna hacia él.

—¿Qué le has hecho?

Aurelio inclinó la cabeza. No como un humano. Como algo que imita un gesto humano sin entenderlo del todo.

—Recordar.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿Recordar qué?

Aurelio dio un paso hacia ella. No se movió. No caminó. Solo apareció un poco más cerca, como si la distancia entre ellos hubiera decidido acortarse por sí sola.

—Quién era.

Ana retrocedió.

Los blancos avanzaron.

Aurelio habló.

—Él no salió.

Ana tragó saliva.

—¿De dónde?

Aurelio señaló la pared.

Un dibujo se desprendió.

Cayó al suelo.

Ana lo iluminó.

Era Mario.

No un niño. No un adulto. Algo entre ambos.

Una figura sin ojos. Una llave en la mano. Una puerta detrás.

Y una sombra sobre él.

La sombra tenía ojos.

Negros.

Aurelio habló.

—Él volvió antes que tú.

Ana sintió un escalofrío.

—Mario no volvió. Lo secuestraron.

Aurelio negó.

—No se secuestra a quien ya estuvo.

Ana apretó los dientes.

—Mario no recuerda nada.

Aurelio respondió con calma.

—Porque no debía recordar.

Ana levantó la linterna hacia los blancos.

—¿Qué son ellos?

Aurelio habló sin mirar a las figuras.

—Los que vieron demasiado.

Ana tragó saliva.

—¿Qué vieron?

Aurelio respondió:

—A mí.

Ana retrocedió.

Los blancos avanzaron.

Aurelio habló.

—Ellos deciden.

Ana apretó los dientes.

—¿Deciden qué?

Aurelio señaló la silla del centro.

—Si sirves.

Ana levantó la linterna hacia la silla.

El cuaderno estaba abierto otra vez.

La página mostraba un dibujo nuevo.

Una figura sin ojos. Una llave. Una puerta.

Y detrás de la puerta… una silueta.

La silueta tenía ojos.

Negros.

Y esa vez, la silueta tenía un nombre escrito debajo.

ANA

Ana sintió que el corazón se le detenía.

—No voy a servirte.

Aurelio habló.

—No decides tú.

Los blancos dieron otro paso.

Ana levantó la linterna hacia Aurelio.

—¿Qué quieres?

Aurelio respondió:

—Lo mismo que antes.

Ana frunció el ceño.

—¿Qué es lo mismo?

Aurelio habló como si estuviera recordando algo que no debería existir.

—Que vuelvas.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Yo nunca estuve aquí.

Aurelio negó.

—Sí estuviste.

Ana retrocedió.

—No.

Aurelio señaló la pared.

Otro dibujo cayó.

Ana lo iluminó.

Era ella.

De niña.

Con una llave en la mano.

Con una puerta detrás.

Con una sombra sobre ella.

La sombra tenía ojos.

Negros.

Aurelio habló.

—No recuerdas porque no debías recordar.

Ana sintió que el aire se volvía más pesado.

—¿Qué me hiciste?

Aurelio respondió:

—Lo mismo que a él.

Ana tragó saliva.

—¿A Mario?

Aurelio asintió.

—Sí.

Los blancos levantaron la cabeza.

Los ojos blancos se abrieron más.

Aurelio habló.

—Ellos ya han decidido.

Ana apretó los dientes.

—¿Qué han decidido?

Aurelio dio un paso hacia ella.

La torre se inclinó.

Los dibujos temblaron.

El aire se cerró.