Sobrevive o muere CAPÍTULO 20 — La casa donde no hay salida #2
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CAPÍTULO 20 — La casa donde no hay salida #2

—¿Quiénes?

El niño señaló el techo.

—Los blancos.

Ana levantó la linterna.

—¿Qué pasa si me ven?

El niño bajó la mirada.

—Deciden.

Ana apretó los dientes.

—¿Deciden qué?

El niño levantó la vista.

—Si sirves.

Ana miró la puerta 17.

—¿Mario me necesita arriba?

El niño asintió.

—Sí.

Ana respiró hondo.

—Voy a subir.

El niño habló.

—Cuando llegues arriba… no hables.

Ana frunció el ceño.

—¿Por qué?

El niño respondió:

—Porque él escucha.

Ana tragó saliva.

—¿Aurelio?

El niño asintió.

—Sí.

Ana tocó el pomo de la puerta de la escalera.

Estaba más caliente.

Como si alguien al otro lado hubiera apoyado la mano.

El niño habló.

—Ya sabe que vas a abrir.

Ana levantó la linterna.

—¿Qué pasa cuando abra?

El niño bajó la mirada.

—Empieza.

Ana frunció el ceño.

—¿Qué empieza?

El niño levantó la vista.

—La subida.

Ana abrió la puerta.

La oscuridad de la escalera la recibió como si hubiera estado esperando solo a ella.

La puerta de la escalera se abrió como si la oscuridad hubiera estado esperando solo a Ana.

No había luz dentro. No había sonido. Solo un hueco vertical que parecía tragarse el aire del sótano.

El niño no se movió. No parpadeó. Solo observó la abertura con la calma de quien ya ha visto lo que ocurre cuando alguien decide subir.

Ana levantó la linterna. El haz de luz entró en la escalera, pero no iluminó nada. Era como si la oscuridad absorbiera el brillo, como si la luz no tuviera permiso para existir allí.

El niño habló.

—No mires atrás.

Ana tragó saliva.

—Lo sé.

El niño negó.

—No lo sabes.

Ana apoyó el pie en el primer escalón. La madera crujió. No como madera vieja. Como algo que se despierta.

El aire cambió.

No se movió. No se agitó. Cambió.

Como si la casa hubiera exhalado.

Ana subió el segundo escalón. El crujido fue más largo. Más profundo. Más… consciente.

El niño habló otra vez.

—Ellos ya te oyen.

Ana levantó la linterna. La luz seguía sin avanzar. La oscuridad era más densa que cualquier sombra que hubiera visto antes. No era ausencia de luz. Era presencia de algo que no quería ser visto.

El tercer escalón vibró bajo su pie.

Ana se detuvo.

—¿Qué es eso?

El niño respondió:

—Los blancos.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Están arriba?

El niño asintió.

—Sí.

Ana respiró hondo.

—¿Qué hacen?

El niño levantó la vista.

—Mirar.

Ana frunció el ceño.

—¿Mirar qué?

El niño respondió sin dudar:

—Quién sube.

Ana apretó los dientes.

—¿Y si no les gusta lo que ven?

El niño bajó la mirada.

—Deciden.

Ana tragó saliva.

—¿Deciden qué?

El niño levantó la vista.

—Si sirves.

Ana siguió subiendo. El cuarto escalón no crujió. No vibró. No hizo ruido. Pero el aire se volvió más frío. Un frío que no venía de la humedad, sino de algo más profundo. Algo que esperaba.

El quinto escalón estaba húmedo. Ana lo notó al instante. No era agua. Era algo más espeso. Más pegajoso. Más… reciente.

El niño habló desde abajo.

—No te pares.

Ana levantó la linterna. La luz iluminó una marca en la pared. Una línea blanca. Pintada a mano. Torpe. Pero clara.

Una línea que no estaba allí antes.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué significa esto?

El niño respondió:

—Que ya saben que subes.

Ana siguió avanzando. El sexto escalón estaba frío. El séptimo, caliente. El octavo, completamente silencioso. No crujió. No vibró. No respondió.

Ana levantó la linterna.

La oscuridad se abrió un poco.

Solo un poco.

Lo suficiente para mostrar un pasillo estrecho. Largo. Sin ventanas. Con paredes cubiertas de marcas. Líneas blancas. Líneas rojas. Líneas azules.

Las mismas que había visto en la casa de tránsito.

Ana sintió un escalofrío.

—Mario estuvo aquí.

El niño habló desde abajo.

—Sí.

Ana avanzó por el pasillo. La linterna temblaba en su mano. No por miedo. Por algo peor: reconocimiento. Como si el aire que respiraba fuera el mismo que había respirado MAS de niño.

El pasillo tenía puertas a ambos lados. Pequeñas. Metálicas. Numeradas. Algunas abiertas. Otras cerradas. Todas silenciosas.

Ana se acercó a la primera puerta.

A1

La empujó.

El interior estaba vacío.

Solo un colchón. Un cubo metálico. Un dibujo infantil.

Una figura sin ojos.

Ana tragó saliva.

—Los rojos.

El niño habló desde abajo.

—Sí.

Ana avanzó hacia la siguiente puerta.

A2

La empujó.

El interior estaba igual.

Colchón. Cubo. Dibujo.

Pero esta vez, la figura tenía una llave en la mano.

Ana sintió un escalofrío.

—Los azules.

El niño respondió:

—Sí.

Ana siguió avanzando.

La tercera puerta estaba cerrada.

A3

Ana tocó el metal.

Estaba caliente.

El niño habló.

—No abras.

Ana frunció el ceño.

—¿Por qué?

El niño levantó la vista.

—Porque ellos están dentro.

Ana tragó saliva.

—¿Los blancos?

El niño asintió.

—Sí.

Ana retiró la mano.

El metal vibró.

No como una puerta. Como un cuerpo.

Ana retrocedió.

—¿Qué hacen?

El niño respondió:

—Esperar.

Ana levantó la linterna.

—¿Esperar qué?

El niño bajó la mirada.

—Tu llegada.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿Por qué yo?

El niño respondió:

—Porque él lo dijo.

Ana frunció el ceño.

—¿Qué dijo?

El niño levantó la vista.

—“Ella subirá.”

Ana respiró hondo.

—¿Qué pasa si entro?

El niño respondió:

—Ellos deciden.

Ana apretó los dientes.

—¿Deciden qué?

El niño señaló la puerta.

—Si sirves.

Ana levantó la linterna hacia el final del pasillo.

Había una escalera.

Una escalera estrecha. Vertical. Que subía hacia la torre.

El niño habló.

—Arriba está la sala.

Ana tragó saliva.

—¿La sala donde él mira?

El niño asintió.

—Sí.

Ana avanzó hacia la escalera.

El aire se volvió más frío.

Más denso.

Más… observado.

El niño habló por última vez.

—Cuando llegues arriba… no digas nada.

Ana frunció el ceño.

—¿Por qué?

El niño respondió con una voz hueca:

—Porque él escucha.

Ana apoyó la mano en el primer peldaño de la escalera hacia la torre.

El metal estaba caliente.

Como si alguien hubiera subido justo antes que ella.

La escalera hacia la torre era estrecha, vertical, hecha de un metal que parecía oxidado y vivo al mismo tiempo.

Ana apoyó la mano en el primer peldaño. Estaba caliente, como si alguien hubiera subido justo antes que ella.

El niño permanecía abajo, inmóvil, observando la abertura con la serenidad inquietante de quien ya ha visto demasiadas veces lo que ocurre cuando alguien decide subir.

Ana levantó la linterna. La luz apenas avanzó. La oscuridad era más densa que en el sótano, como si la torre tuviera su propio aire, su propia forma de respirar.

El primer peldaño vibró bajo su pie.

El segundo, no.

El tercero, sí.

Como si la escalera estuviera decidiendo si aceptarla.

Ana siguió subiendo. El metal crujía, pero no como metal viejo. Era un crujido más profundo, más orgánico, como si la estructura tuviera memoria.

A mitad de la escalera, el aire cambió.

No se movió. No se agitó. Cambió.

Como si alguien hubiera abierto una puerta invisible en algún punto de la torre.

Ana se detuvo.

Un sonido llegó desde arriba.

No pasos. No respiración. Un roce.

Un roce lento, suave, como el arrastre de una mano sobre una superficie de madera.

Ana levantó la linterna.

La luz iluminó el final de la escalera: una trampilla.

La trampilla estaba entreabierta.

Solo un centímetro.

Pero suficiente para que Ana sintiera que alguien la estaba mirando desde el otro lado.

El niño habló desde abajo, su voz subiendo por la escalera como un hilo tenso.

—No digas nada.

Ana tragó saliva.

—Lo sé.

El niño negó.

—No lo sabes.

Ana apoyó la mano en la trampilla.

El metal estaba frío.

Frío de ausencia.

Frío de espera.

La empujó.

La trampilla se abrió.

La torre la recibió con un silencio que no era vacío. Era un silencio lleno. Un silencio que ocupaba espacio. Un silencio que tenía peso.

Ana levantó la linterna.

La sala era circular. Pequeña. Sin ventanas. Con paredes cubiertas de dibujos infantiles. Cientos. Miles. Todos iguales.

Figuras sin ojos. Puertas cerradas. Llaves. Sombras.

Pero en el centro de la sala había algo distinto.

Una silla.

Una silla de madera. Antigua. Perfectamente colocada.

Y sobre la silla, un cuaderno.

Ana se acercó despacio.

El cuaderno estaba abierto.

La página mostraba un dibujo.

Una figura sin ojos. Una puerta. Una llave.

Y detrás de la figura… una sombra.

Una sombra con ojos.

Ojos negros.

Ojos que parecían mirar directamente a Ana.

Ana sintió un escalofrío.

El aire cambió otra vez.

No se movió. No se agitó. Cambió.

Como si alguien hubiera entrado en la sala sin hacer ruido.

Ana levantó la linterna.

La luz recorrió la sala.

Nada.

Pero el silencio se volvió más pesado.

Más denso.

Más… presente.

Ana dio un paso atrás.

El cuaderno se cerró solo.

Sin viento. Sin movimiento. Sin manos.

Solo cerró.

Ana levantó la linterna hacia la pared.

Uno de los dibujos se había movido.

No estaba donde debería.

Estaba más abajo.

Como si alguien lo hubiera arrancado y vuelto a pegar.

Ana se acercó.

El dibujo era distinto.

Una figura sin ojos. Una llave. Una puerta.

Y detrás de la puerta… una silueta.

Una silueta humana.

Alta. Delgada. Inclinada hacia delante.

Como si estuviera escuchando.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Mario… —susurró sin darse cuenta.

Una voz respondió.

No desde la escalera. No desde la sala. Desde dentro de la torre.

Una voz baja. Hueca. Cercana.

—Él no te oye.

Ana se giró.

Nada.

Solo dibujos.

La voz volvió a sonar.

—Pero yo sí.

Ana levantó la linterna.

La luz tembló.

El aire se volvió más frío.

La voz habló otra vez.

—Subiste.

Ana retrocedió.

—¿Quién eres?

La voz respondió.

—El que mira.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Aurelio?

La voz no dudó.

—Sí.

Ana apretó los dientes.

—¿Dónde estás?

La voz respondió con calma.

—Aquí.

Ana giró la linterna hacia la pared.

Uno de los dibujos tenía ojos.

Ojos negros.

Ojos que parpadearon.

Ana retrocedió un paso.

La voz habló.

—No deberías haber subido sola.

Ana tragó saliva.

—Mario…

La voz la interrumpió.

—Él ya está donde debe estar.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué le has hecho?

La voz respondió con un tono que no era humano.

—Recordar.

Ana levantó la linterna hacia la trampilla.

El niño estaba allí.

Mirándola.

Pero no con sus ojos vacíos.

Con otros.

Con ojos negros.

Ana sintió que el corazón se le detenía.