CAPÍTULO 20 — La casa donde no hay salida
El aire cambió otra vez.
No se movió. No se agitó. Cambió.
Como si la casa hubiera inhalado.
Ana sintió un frío que no venía del sótano, sino de algo más profundo. MAS dio un paso atrás. El niño habló.
—Ya ha entrado.
Ana levantó la linterna hacia el pasillo. Nada. Solo sombras. Pero el silencio era distinto. No era ausencia de sonido. Era presencia de algo que no quería ser escuchado.
MAS miró al niño.
—¿Dónde está?
El niño señaló el techo.
—Arriba.
Ana tragó saliva.
—¿En la planta de arriba?
El niño negó.
—Más arriba.
MAS frunció el ceño.
—¿La buhardilla?
El niño bajó la mirada.
—La torre.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿La torre de la finca?
El niño asintió.
—Sí.
Ana miró a MAS.
—Mario… tenemos que salir de aquí y llegar a esa torre.
El niño negó.
—No podéis salir.
MAS apretó los dientes.
—¿Por qué?
El niño levantó la vista.
—Porque él ya ha cerrado la casa.
Ana se tensó.
—¿Qué casa?
El niño señaló el dibujo de la finca.
—La suya.
Ana tragó saliva.
—¿La finca principal?
El niño asintió.
—Sí.
MAS respiró hondo.
—¿Qué ha cerrado?
El niño respondió sin dudar:
—Las salidas.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Todas?
El niño bajó la mirada.
—Todas menos una.
Ana se acercó al niño.
—¿Cuál?
El niño señaló la puerta 17.
—Esta.
MAS sintió un golpe en el pecho.
—¿La sala 17 es una salida?
El niño negó.
—Es una entrada.
Ana frunció el ceño.
—¿Entrada a qué?
El niño levantó la vista.
—A dónde están los otros.
Ana tragó saliva.
—¿Los grupos?
El niño asintió.
—Sí.
MAS se acercó a la puerta.
—¿Qué pasa si entramos?
El niño respondió sin dudar:
—Él os ve.
Ana levantó la linterna.
—Ya nos ha visto.
El niño negó.
—No del todo.
MAS frunció el ceño.
—¿Qué falta?
El niño señaló a MAS.
—Que entres tú.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Por qué él?
El niño bajó la mirada.
—Porque él te eligió primero.
MAS sintió un pinchazo en el pecho.
—No recuerdo nada.
El niño respondió con una voz hueca:
—Él sí.
Ana miró a MAS.
—Mario… ¿qué significa eso?
MAS respiró hondo.
—Que Aurelio sabe quién soy. Y sabe que estoy aquí.
El niño habló otra vez.
—Y sabe que vas a entrar.
Ana tragó saliva.
—¿Qué pasa si no entra?
El niño levantó la vista.
—Él baja.
Ana se tensó.
—¿A este sótano?
El niño asintió.
—Sí.
MAS apretó los dientes.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
El niño levantó un dedo.
—Poco.
Ana miró la puerta.
—Mario… no podemos abrir sin saber qué hay dentro.
El niño negó.
—Sabéis lo que hay.
Ana negó.
—No lo sabemos.
El niño señaló las líneas blancas.
—Los que ven.
MAS sintió un escalofrío.
—¿Los blancos están dentro?
El niño asintió.
—Sí.
Ana tragó saliva.
—¿Están vivos?
El niño bajó la mirada.
—Sí.
MAS apoyó la mano en la madera. Esta vez la puerta no vibró. No respondió. Como si esperara algo más.
Ana levantó la linterna.
—Mario… si abrimos, entramos en su terreno.
El niño habló.
—Si no abrís… él entra en el vuestro.
MAS retiró la mano.
—¿Qué quiere?
El niño señaló la figura con ojos.
—Verte.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Por qué?
El niño respondió sin dudar:
—Porque no terminaste.
MAS frunció el ceño.
—¿Qué no terminé?
El niño levantó la vista.
—Tu evaluación.
Ana se tensó.
—¿Qué significa eso?
El niño señaló la puerta.
—Que tienes que entrar.
MAS respiró hondo.
—¿Qué pasa si entro?
El niño bajó la mirada.
—Ellos salen.
Ana tragó saliva.
—¿Quiénes?
El niño respondió sin dudar:
—Los que fueron niños.
MAS sintió un escalofrío.
—¿Adultos reeducados?
El niño asintió.
—Sí.
Ana retrocedió un paso.
—¿Y si salen… qué hacen?
El niño levantó la vista.
—Lo que él diga.
MAS apretó los dientes.
—¿Y qué dice él?
El niño señaló la figura con ojos.
—Que vuelvas.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—Mario… tenemos que decidir.
El niño habló.
—Decidid rápido.
La puerta vibró.
No como antes. No como un reconocimiento. Sino como una llamada.
Ana levantó la linterna.
—Mario…
MAS apoyó la mano en la madera.
La puerta respondió.
Un pulso. Otro. Otro.
El niño cerró los ojos.
—Ya ha empezado.
Ana tragó saliva.
—¿Qué ha empezado?
El niño levantó la vista.
—La vuelta.
MAS sintió un escalofrío.
—¿De quién?
El niño respondió sin dudar:
—De ti.
La puerta se abrió un centímetro.
Ana retrocedió.
—Mario… no entres.
El niño negó.
—Ya estás dentro.
MAS miró la puerta.
La sombra del dibujo parecía moverse.
Los ojos negros parecían parpadear.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—Mario…
MAS dio un paso hacia la puerta.
El niño habló.
—Cuando entres… él baja.
Ana tragó saliva.
—¿A este sótano?
El niño asintió.
—Sí.
MAS apoyó la mano en la madera.
La puerta se abrió otro centímetro.
Ana levantó la linterna.
—Mario… no lo hagas.
El niño habló.
—No puedes evitarlo.
MAS respiró hondo.
La puerta se abrió sola.
Un centímetro más.
Y otro.
Hasta que la oscuridad del interior quedó expuesta.
Ana levantó la linterna.
La luz entró.
Y algo dentro se movió.
No una figura. No una sombra. No un cuerpo.
Un sonido.
Un susurro.
Un susurro que no venía de una voz. Venía de una memoria.
Una memoria que conocía el nombre de MAS.
Ana retrocedió.
El niño habló.
—Ya te ha llamado.
MAS dio un paso dentro.
La puerta se cerró detrás de él.
Sin tocarla. Sin empujarla. Sin ruido.
Solo cerró.
Ana corrió hacia la puerta.
—¡Mario!
El niño la detuvo.
—No puedes abrir.
Ana se giró hacia él.
—¿Por qué?
El niño levantó la vista.
—Porque ahora… él está con él.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Quién?
El niño respondió con una voz hueca:
—Aurelio.
La luz de la linterna tembló.
El sótano pareció inclinarse.
Y desde dentro de la sala 17, detrás de la puerta cerrada, llegó un sonido.
Un susurro.
Un susurro que no era humano.
Un susurro que decía un nombre.
El nombre de MAS.
La puerta de la escalera estaba oculta detrás de la estantería como si la casa hubiera querido esconderla de cualquiera que no supiera que existía.
Ana apartó la madera vieja con un esfuerzo que no debería haber sido tan difícil.
El niño observaba cada movimiento sin intervenir, como si todo lo que estaba ocurriendo ya hubiera ocurrido antes.
El pomo estaba caliente. No era calor de metal. Era calor de presencia.
Ana lo tocó.
El niño habló.
—Si la abres, ellos oyen.
Ana tragó saliva.
—¿Quiénes?
El niño levantó la vista.
—Los que esperan arriba.
Ana miró la puerta 17. No vibraba. No se movía. Pero la madera parecía más oscura, como si hubiera absorbido algo de MAS al cerrarse.
—¿Mario está vivo? —preguntó Ana.
El niño asintió.
—Sí.
Ana respiró hondo.
—¿Está consciente?
El niño bajó la mirada.
—A veces.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué le está haciendo?
El niño señaló la puerta 17.
—Lo que hace siempre.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué hace siempre?
El niño respondió sin dudar:
—Recordar.
Ana frunció el ceño.
—¿Recordar qué?
El niño levantó la vista.
—Quién era.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Mario estuvo aquí de niño?
El niño no respondió. Su silencio era más claro que cualquier palabra.
Ana miró la puerta de la escalera.
—Voy a subir.
El niño negó.
—No sola.
Ana frunció el ceño.
—¿Quién más?
El niño señaló la oscuridad del sótano.
—Ellos.
Ana levantó la linterna. La luz recorrió el espacio. Nada. Solo sombras. Pero el aire cambió. No se movió. No se agitó. Cambió.
Como si algo hubiera despertado.
Ana retrocedió.
—¿Qué es eso?
El niño respondió:
—Los que no sirven.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Están vivos?
El niño bajó la mirada.
—No como vosotros.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué hacen?
El niño levantó la vista.
—Seguir.
Ana frunció el ceño.
—¿Seguir qué?
El niño señaló la puerta 17.
—Lo que él dice.
Ana miró la puerta de la escalera.
—¿Ellos suben?
El niño negó.
—No pueden.
Ana tragó saliva.
—¿Por qué?
El niño respondió:
—Porque no ven.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Los blancos ven?
El niño asintió.
—Sí.
Ana levantó la linterna hacia la puerta de la escalera.
—¿Están arriba?
El niño señaló el techo.
—En la torre.
Ana respiró hondo.
—¿Qué hacen allí?
El niño respondió sin dudar:
—Mirar.
Ana frunció el ceño.
—¿Mirar qué?
El niño levantó la vista.
—Quién sube.
Ana tragó saliva.
—¿Y si subo yo?
El niño bajó la mirada.
—Ellos deciden.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Deciden qué?
El niño respondió:
—Si sirves.
Ana apretó los dientes.
—No voy a servir a nadie.
El niño negó.
—No decides tú.
Ana miró la puerta 17.
—¿Mario puede salir?
El niño bajó la mirada.
—No ahora.
Ana tragó saliva.
—¿Cuándo?
El niño levantó la vista.
—Cuando tú subas.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Por qué depende de mí?
El niño respondió:
—Porque él lo quiere así.
Ana levantó la linterna hacia la puerta de la escalera.
—¿Qué hay arriba?
El niño señaló el techo.
—La sala donde él mira.
Ana frunció el ceño.
—¿Mira qué?
El niño respondió sin dudar:
—Quién entra.
Ana respiró hondo.
—¿Y si entro?
El niño bajó la mirada.
—Él baja.
Ana frunció el ceño.
—¿A por quién?
El niño señaló la puerta 17.
—A por él.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Mario?
El niño asintió.
—Sí.
Ana levantó la linterna hacia la puerta de la escalera.
—Voy a subir.
El niño negó.
—No sola.
Ana frunció el ceño.
—¿Quién más?
El niño señaló la oscuridad.
—Ellos.
Ana retrocedió.
—No voy a subir con ellos.
El niño levantó la vista.
—No puedes elegir.
Ana apretó los dientes.
—¿Por qué?
El niño respondió:
—Porque él ya ha elegido.
Ana sintió un escalofrío.
—¿A quién?
El niño señaló la puerta 17.
—A él.
Ana tragó saliva.
—¿Y a mí?
El niño levantó la vista.
—Aún no.
Ana miró la puerta de la escalera.
—Voy a subir.
El niño habló.
—Cuando abras… ellos se mueven.
Ana frunció el ceño.
—¿Quiénes?
El niño respondió:
—Los que no sirven.
Ana levantó la linterna. La luz recorrió el sótano. Las sombras parecían más densas. Más altas. Más… presentes.
Ana tragó saliva.
—¿Qué hacen cuando se mueven?
El niño bajó la mirada.
—Buscar.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Buscar qué?
El niño levantó la vista.
—Lo que él quiere.
Ana apretó los dientes.
—¿Qué quiere?
El niño señaló la puerta 17.
—Que subas.
Ana miró la puerta de la escalera.
—Voy a hacerlo.
El niño habló.
—Cuando subas… no mires atrás.
Ana frunció el ceño.
—¿Por qué?
El niño respondió con una voz hueca:
—Porque si miras… ellos te ven.
Ana tragó saliva.