CAPÍTULO 19 — El que no debía volver #4
—Mario… ¿qué está pasando?
El niño habló otra vez.
—Él dijo que vendríais.
MAS se tensó.
—¿Cuándo lo dijo?
El niño señaló la figura con ojos.
—Cuando volvió.
Ana tragó saliva.
—¿Qué dijo?
El niño respondió sin dudar:
—“Él vendrá.”
Ana se tensó.
—¿Y qué más?
El niño bajó la mirada.
—“Y esta vez… se quedará.”
MAS sintió un escalofrío.
Ana lo miró.
—Mario… tenemos que salir de aquí.
El niño negó.
—No podéis.
Ana frunció el ceño.
—¿Por qué?
El niño señaló la puerta 17.
—Porque él está detrás.
MAS apoyó la mano en la madera. Esta vez la puerta vibró. No como antes. No como un reconocimiento. Sino como una respuesta.
Ana retrocedió.
—Mario… no abras.
El niño habló.
—Si no abrís… él abre.
MAS apretó los dientes.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Sí.
Ana levantó la linterna.
—Mario… decide.
La puerta vibró otra vez.
Más fuerte.
Más cerca.
Como si una mano al otro lado estuviera empujando.
La puerta 17 vibraba como si respirara. No era un temblor constante, sino un pulso irregular, casi orgánico, que recorría la madera desde dentro hacia fuera.
Ana levantó la linterna, pero la luz parecía más débil, como si el sótano absorbiera parte del brillo.
MAS no apartaba la vista de la puerta. El niño tampoco.
El aire cambió.
No se movió. No se agitó. Cambió.
Como si algo invisible hubiera entrado en la sala.
Ana lo sintió primero: un frío que no venía de la humedad, sino de una presencia. MAS lo sintió después: un reconocimiento. El niño lo sintió siempre: porque él ya sabía.
La puerta dejó de vibrar.
El silencio se volvió más pesado.
Ana tragó saliva.
—Mario…
MAS levantó la mano. No para tocar la puerta. Para detenerla a ella.
El niño habló.
—Ya está aquí.
Ana giró la linterna hacia el pasillo. Nada. Solo sombras. Pero el aire seguía distinto. Más denso. Más… observado.
MAS dio un paso hacia atrás.
—No abras —dijo Ana.
El niño negó.
—No hace falta.
La puerta emitió un sonido. No un golpe. No un crujido. Un sonido suave, casi delicado, como el roce de una uña contra la madera.
Ana retrocedió.
—Mario…
MAS no se movió.
El sonido se repitió. Esta vez más claro. Más lento. Más… intencionado.
Una uña. Otra. Otra.
Como si alguien estuviera recorriendo la superficie desde dentro, marcando un ritmo que solo él conocía.
El niño levantó la vista.
—Él quiere que escuchéis.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Qué está haciendo?
El niño respondió sin dudar:
—Recordar.
MAS apretó los dientes.
—¿Recordar qué?
El niño señaló a MAS.
—A ti.
Ana miró a MAS.
—Mario… ¿qué recuerda de ti?
El niño bajó la mirada.
—Lo que hiciste.
MAS sintió un golpe en el pecho.
—No hice nada.
El niño negó.
—Sí hiciste.
Ana se acercó al niño.
—¿Qué hizo?
El niño levantó la vista.
—Salir.
Ana frunció el ceño.
—¿Salir de dónde?
El niño señaló la puerta.
—De aquí.
MAS sintió que el aire se volvía más pesado.
—Yo no estuve aquí.
El niño negó.
—Sí estuviste.
Ana miró a MAS.
—Mario… ¿qué recuerdas?
MAS respiró hondo.
—Nada.
El niño habló otra vez.
—Él sí.
La puerta emitió otro sonido. Esta vez más fuerte. Más cerca. Como si una mano al otro lado hubiera apoyado la palma exactamente donde estaba la de MAS antes.
Ana levantó la linterna.
—Mario… vámonos.
El niño negó.
—No podéis.
Ana frunció el ceño.
—¿Por qué?
El niño señaló el techo.
—Porque él ya ha entrado.
MAS se tensó.
—¿Dónde?
El niño respondió sin dudar:
—En la casa.
Ana tragó saliva.
—¿Está solo?
El niño negó.
—No.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Quién más?
El niño levantó tres dedos.
—Tres grupos.
MAS apretó los dientes.
—Los rojos, los azules y los blancos.
El niño asintió.
—Sí.
Ana se acercó al niño.
—¿Qué hacen?
El niño bajó la mirada.
—Esperar.
MAS frunció el ceño.
—¿Esperar qué?
El niño levantó la vista.
—Tu nombre.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Mi nombre?
El niño negó.
—El suyo.
Ana miró a MAS.
—Mario… ¿qué está pasando?
El niño habló otra vez.
—Él dijo que vendríais.
MAS se tensó.
—¿Cuándo lo dijo?
El niño señaló la figura con ojos.
—Cuando volvió.
Ana tragó saliva.
—¿Qué dijo?
El niño respondió sin dudar:
—“Él vendrá.”
Ana se tensó.
—¿Y qué más?
El niño bajó la mirada.
—“Y esta vez… se quedará.”
La puerta vibró.
No como antes. No como un reconocimiento. Sino como una respuesta.
Ana retrocedió.
—Mario… no abras.
El niño habló.
—Si no abrís… él abre.
MAS apretó los dientes.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Sí.
Ana levantó la linterna.
—Mario… decide.
La puerta vibró otra vez.
Más fuerte.
Más cerca.
Como si una mano al otro lado estuviera empujando.
MAS apoyó la mano en la madera.
Ana contuvo la respiración.
El niño cerró los ojos.
La puerta dejó de vibrar.
El silencio se volvió absoluto.
MAS retiró la mano.
La puerta se abrió sola.
Un centímetro. Dos. Tres.
Ana levantó la linterna.
La luz entró en la sala.
No había nadie.
Solo un colchón. Un cubo metálico. Una cuerda vieja. Un dibujo en la pared.
Un dibujo nuevo.
Hecho con tinta fresca.
Una figura sin ojos. Una llave. Una puerta.
Y detrás de la puerta… una sombra.
Una sombra con ojos.
Ojos negros. Ojos que miraban hacia fuera. Ojos que miraban directamente a MAS.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—Mario…
MAS no respondió.
El niño abrió los ojos.
—Ya os ha visto.
Ana tragó saliva.
—¿Qué significa eso?
El niño levantó la vista.
—Que ahora… ya no podéis elegir.
MAS dio un paso atrás.
La puerta se abrió un poco más.
El dibujo parecía moverse.
No por la tinta. No por la pared. Por la sombra.
La sombra avanzó un milímetro.
Solo uno.
Pero suficiente.
Ana retrocedió.
—Mario… vámonos.
El niño negó.
—No podéis.
Ana frunció el ceño.
—¿Por qué?
El niño respondió con una voz hueca:
—Porque él ya ha elegido.
MAS sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿A quién?
El niño levantó la mano.
Señaló a MAS.
—A ti.
La puerta se abrió un centímetro más.
El dibujo tembló.
La sombra avanzó otro milímetro.
Y los ojos negros, dibujados con tinta fresca, parecieron parpadear.