CAPÍTULO 19 — El que no debía volver #3
—¿Quiénes?
El niño respondió sin dudar:
—Los que recuerdan tu nombre.
MAS sintió un golpe en el pecho.
—¿Mi nombre?
El niño asintió.
—Mario.
Ana se giró hacia MAS.
—¿Cómo saben tu nombre?
El niño habló otra vez.
—Él lo dijo.
Ana tragó saliva.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Sí.
MAS se acercó al niño.
—¿Cuándo lo dijo?
El niño levantó la mano. Señaló el dibujo de la figura con ojos.
—Cuando volvió.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Qué dijo?
El niño respondió con una voz hueca:
—“Él vendrá.”
Ana se tensó.
—¿Y qué más?
El niño bajó la mirada.
—“Y esta vez… se quedará.”
MAS sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Ana lo miró.
—Mario… tenemos que irnos de aquí.
El niño negó.
—No. Tenéis que entrar.
Ana frunció el ceño.
—¿Entrar dónde?
El niño señaló la puerta 17.
—Aquí.
MAS respiró hondo.
—¿Por qué?
El niño levantó la vista.
—Porque él ya está dentro.
El niño seguía señalando la puerta 17 como si aquella madera vieja fuera un animal dormido que podía despertar en cualquier momento.
Ana levantó la linterna. La luz tembló al tocar la superficie.
MAS se acercó despacio, con una tensión en los hombros que Ana no le había visto nunca. No era miedo. Era reconocimiento.
El niño habló.
—Él está dentro.
Ana tragó saliva.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Sí.
MAS apoyó la mano en la puerta. El tacto era extraño. No frío. No caliente. Como si la madera tuviera pulso.
Ana retrocedió un paso.
—Mario… no abras.
MAS no respondió. La puerta vibró ligeramente bajo su mano. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para que Ana sintiera un escalofrío.
El niño levantó la vista.
—Él sabe que estáis aquí.
Ana miró a MAS.
—Tenemos que salir de este sótano.
El niño negó.
—Si salís… él os sigue.
MAS apretó los dientes.
—¿Qué quiere?
El niño señaló el dibujo de la figura con ojos.
—Verte.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Por qué a Mario?
El niño bajó la mirada.
—Porque no terminó contigo.
MAS se tensó.
—¿Qué no terminó?
El niño levantó la mano. Señaló las líneas pintadas en el suelo.
—Tu evaluación.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Mario… tú estuviste en un grupo?
El niño asintió.
—En el blanco.
MAS cerró los ojos un instante. Las líneas blancas. Las que separaban a los niños que no lloraban. Los que no gritaban. Los que obedecían sin preguntar.
Ana lo vio.
—Mario… ¿recuerdas algo?
MAS abrió los ojos.
—No. Pero mi cuerpo sí.
El niño habló otra vez.
—Él también.
Ana se acercó al niño.
—¿Qué quiere Aurelio de Mario?
El niño respondió sin dudar:
—Que vuelva al grupo.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
El niño levantó la vista.
—Porque tú servías.
MAS retrocedió un paso.
—No.
El niño negó.
—Sí.
Ana miró a MAS.
—¿Qué significa servir?
El niño señaló la puerta 17.
—Entrar.
Ana tragó saliva.
—¿Entrar dónde?
El niño respondió con una voz hueca:
—En la sala.
MAS respiró hondo.
—¿Qué hay dentro?
El niño bajó la mirada.
—Los que esperan.
Ana frunció el ceño.
—¿Esperan qué?
El niño levantó la vista.
—Tu nombre.
MAS sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Mi nombre?
El niño asintió.
—Sí.
Ana se acercó a la puerta.
—¿Quiénes son los que esperan?
El niño señaló las líneas rojas.
—Los que sirven.
Ana tragó saliva.
—¿Y los azules?
El niño bajó la mirada.
—Los que obedecen.
MAS frunció el ceño.
—¿Y los blancos?
El niño levantó la vista.
—Los que ven.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué ven?
El niño respondió sin dudar:
—A él.
MAS apoyó la mano en la puerta. La madera vibró otra vez. Esta vez más fuerte. Como si algo al otro lado hubiera respondido a su presencia.
Ana levantó la linterna.
—Mario… hay movimiento dentro.
El niño negó.
—No movimiento.
Ana frunció el ceño.
—¿Entonces qué?
El niño respondió con una voz hueca:
—Preparación.
MAS apretó los dientes.
—¿Preparación para qué?
El niño señaló el dibujo de la finca.
—Para cuando vayáis.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿A la finca principal?
El niño asintió.
—Sí.
MAS se acercó al niño.
—¿Qué hay allí?
El niño levantó la mano. Señaló la figura con ojos.
—Él.
Ana tragó saliva.
—¿Aurelio vive allí?
El niño negó.
—No vive.
Ana frunció el ceño.
—¿Entonces qué hace?
El niño respondió sin dudar:
—Elegir.
MAS respiró hondo.
—¿A quién?
El niño bajó la mirada.
—A los nuevos.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Nuevos niños?
El niño asintió.
—Sí.
Ana se tensó.
—¿Cuántos?
El niño levantó tres dedos.
—Tres grupos.
MAS apretó los dientes.
—¿Qué les hace?
El niño señaló la puerta 17.
—Lo mismo.
Ana tragó saliva.
—¿Reeducación?
El niño asintió.
—Sí.
MAS se acercó a la puerta.
—¿Qué pasa si abrimos?
El niño levantó la vista.
—Él os ve.
Ana negó.
—No podemos abrir.
El niño habló otra vez.
—Tenéis que abrir.
MAS frunció el ceño.
—¿Por qué?
El niño señaló el dibujo de la finca.
—Porque si no… ellos no salen.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Quiénes?
El niño respondió sin dudar:
—Los que aún pueden servir.
MAS respiró hondo.
—¿Están vivos?
El niño bajó la mirada.
—Sí.
Ana se acercó al niño.
—¿Cuántos?
El niño levantó dos dedos.
—Dos.
MAS apretó los dientes.
—¿Dos niños?
El niño negó.
—No niños.
Ana frunció el ceño.
—¿Entonces quiénes?
El niño levantó la vista.
—Los que fueron niños.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Adultos?
El niño asintió.
—Sí.
MAS sintió un golpe en el pecho.
—¿Adultos reeducados?
El niño respondió sin dudar:
—Sí.
Ana retrocedió un paso.
—¿Están aquí dentro?
El niño señaló la puerta 17.
—Esperan.
MAS apoyó la mano en la madera. La puerta vibró otra vez. Esta vez más fuerte. Como si algo al otro lado hubiera respondido a su presencia.
Ana levantó la linterna.
—Mario… no abras.
El niño habló.
—Si no abrís… él vendrá aquí.
MAS apretó los dientes.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Sí.
Ana miró a MAS.
—No podemos dejar que venga.
El niño levantó la mano.
—Entonces abrid.
MAS respiró hondo.
—¿Qué pasa cuando abramos?
El niño bajó la mirada.
—Ellos salen.
Ana tragó saliva.
—¿Y después?
El niño levantó la vista.
—Él viene.
MAS se tensó.
—¿A por quién?
El niño respondió sin dudar:
—A por ti.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—Mario… tenemos que decidir.
El niño señaló la puerta.
—Decidid rápido.
La madera vibró otra vez.
Más fuerte.
Más cerca.
Como si algo al otro lado hubiera apoyado la mano exactamente donde estaba la de MAS.
La vibración de la puerta se intensificó, como si algo al otro lado hubiera apoyado la palma contra la madera y estuviera respondiendo al contacto de MAS.
Ana levantó la linterna, pero la luz parecía más débil, como si el sótano absorbiera parte del brillo.
El niño no se movía. No parpadeaba. Solo observaba la puerta con una mezcla de resignación y certeza que no pertenecía a un niño.
MAS retiró la mano. La madera dejó de vibrar al instante, como si hubiera perdido interés.
Ana respiró hondo.
—Mario… no podemos abrir sin saber qué hay dentro.
El niño habló.
—Sabéis lo que hay.
Ana negó.
—No lo sabemos.
El niño levantó la vista.
—Sí lo sabéis.
MAS se giró hacia él.
—Dilo.
El niño señaló las líneas blancas del suelo.
—Los que ven.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Los blancos?
El niño asintió.
—Sí.
MAS frunció el ceño.
—¿Qué hacen los blancos?
El niño respondió sin dudar:
—Mirar sin preguntar.
Ana tragó saliva.
—¿Y qué miran?
El niño señaló la puerta.
—A él.
MAS apretó los dientes.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Sí.
Ana se acercó al niño.
—¿Están vivos?
El niño bajó la mirada.
—Sí.
MAS sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Cuántos?
El niño levantó dos dedos.
—Dos.
Ana frunció el ceño.
—¿Dos adultos?
El niño negó.
—Dos que fueron niños.
MAS respiró hondo.
—¿Como tú?
El niño no respondió. Su silencio era más claro que cualquier palabra.
Ana se acercó a la puerta. La madera estaba fría otra vez. Inerte. Como si hubiera vuelto a dormirse.
—Mario… —susurró—. Si abrimos, ellos salen. Pero también él viene.
MAS miró al niño.
—¿Qué pasa si no abrimos?
El niño levantó la vista.
—Él viene igual.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Por qué?
El niño señaló a MAS.
—Porque te quiere ver.
MAS retrocedió un paso.
—¿Por qué a mí?
El niño respondió con una voz hueca:
—Porque no terminaste.
Ana frunció el ceño.
—¿Qué no terminó?
El niño señaló la línea blanca.
—Tu evaluación.
MAS sintió que el aire se volvía más pesado.
—Yo no recuerdo nada.
El niño negó.
—Él sí.
Ana miró a MAS.
—Mario… ¿qué significa eso?
MAS respiró hondo.
—Que Aurelio sabe quién soy. Y sabe que estoy aquí.
El niño habló otra vez.
—Y sabe que vais a ir.
Ana tragó saliva.
—¿A dónde?
El niño señaló el dibujo de la finca.
—A casa.
MAS apretó los dientes.
—¿Qué pasa si vamos?
El niño bajó la mirada.
—Él elige.
Ana frunció el ceño.
—¿Elige qué?
El niño levantó la vista.
—Quién sirve ahora.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Y quién no?
El niño señaló la puerta 17.
—Se queda.
MAS apoyó la mano en la madera. Esta vez no vibró. No respondió. Como si esperara algo más.
Ana levantó la linterna.
—Mario… hay que decidir.
El niño habló.
—Decidid rápido.
MAS retiró la mano.
—No abriremos.
El niño negó.
—Entonces él vendrá aquí.
Ana se tensó.
—¿Cuándo?
El niño levantó un dedo.
—Una hora.
MAS sintió un golpe en el pecho.
—¿Una hora?
El niño asintió.
—Sí.
Ana miró a MAS.
—Tenemos que salir de este sótano.
El niño negó.
—Si salís… él os sigue.
MAS frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
El niño señaló la puerta de madera.
—Él ya está aquí.
Ana tragó saliva.
—¿Dentro?
El niño negó.
—Aquí.
Ana levantó la linterna. La luz recorrió el sótano. Nada. Solo sombras. Pero el aire había cambiado. Era más denso. Más pesado. Más… observado.
MAS se tensó.
—¿Dónde?
El niño señaló el techo.
—Arriba.
Ana frunció el ceño.
—¿En la casa?
El niño asintió.
—Sí.
MAS respiró hondo.
—¿Está solo?
El niño negó.
—No.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Quién más?
El niño levantó tres dedos.
—Tres grupos.
MAS apretó los dientes.
—¿Los rojos, los azules y los blancos?
El niño asintió.
—Sí.
Ana se acercó al niño.
—¿Qué hacen?
El niño bajó la mirada.
—Esperar.
MAS frunció el ceño.
—¿Esperar qué?
El niño levantó la vista.
—Tu nombre.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Mi nombre?
El niño negó.
—El suyo.
Ana miró a MAS.