CAPÍTULO 19 — El que no debía volver #2
—El que no debía volver.
El golpe volvió a escucharse, esta vez más claro.
No era un ruido perdido en la estructura, ni un crujido de madera vieja.
Era un golpe seco, medido, como si alguien estuviera marcando un ritmo.
Ana levantó la linterna y apuntó hacia el fondo del sótano.
La luz tembló ligeramente, pero no por su mano: el aire había cambiado.
MAS avanzó sin esperar a que ella hablara. Sus pasos eran lentos, pero firmes, como si cada metro que recorría lo acercara a algo que llevaba toda la vida evitando. Ana lo siguió, observando cómo su respiración se volvía más contenida, más tensa, más… reconocida.
El fondo del sótano tenía otra puerta. No metálica. No numerada. De madera. Vieja. Con marcas de uñas en la superficie. Ana se detuvo frente a ella. MAS también.
El golpe volvió a sonar. Esta vez desde dentro.
Ana tragó saliva.
—No abras —dijo.
MAS apoyó la mano en la madera.
—Ya está abierta.
La puerta no tenía cerradura. Solo una hendidura vertical, como si alguien la hubiera empujado demasiadas veces. MAS deslizó los dedos por la superficie. La madera estaba caliente.
Ana retrocedió un paso.
—Mario… eso no es normal.
MAS empujó la puerta.
El interior era una sala pequeña. Sin ventanas. Sin muebles. Solo un colchón en el suelo y un cubo metálico en la esquina. Pero lo que llamó la atención de Ana no fue el colchón. Fue la pared.
Estaba cubierta de dibujos.
Cientos.
Todos iguales.
Figuras sin ojos.
Puertas cerradas.
Llaves.
Sombras.
Pero había algo distinto. En el centro de la pared, un dibujo más grande. Más preciso. Más reciente.
Una figura con ojos.
Ana se quedó inmóvil.
—Mario… —susurró—. ¿Ves eso?
MAS no respondió. Se acercó al dibujo. Lo tocó. La tinta estaba fresca.
Ana sintió un escalofrío.
—Alguien ha estado aquí hace minutos.
MAS bajó la mano.
—No alguien.
Ana lo miró.
—¿Quién?
MAS señaló la figura con ojos.
—Él.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Aurelio?
MAS respiró hondo.
—Sí.
El golpe volvió a sonar. Esta vez detrás de ellos. Ana giró la linterna. Nada. Solo oscuridad. Pero el golpe se repitió. Más cerca. Más claro.
MAS levantó la linterna. Apuntó hacia el pasillo.
—No estamos solos.
Ana se tensó.
—¿Niños?
MAS negó.
—No solo niños.
El golpe se convirtió en pasos. Lentos. Medidos. Como si alguien estuviera recorriendo el pasillo con una precisión que no pertenecía a un niño.
Ana levantó la linterna. La luz iluminó una figura pequeña. Un niño. Descalzo. Con la ropa sucia. Con la mirada perdida.
Pero no era el niño del descampado.
Este era distinto.
Más mayor.
Más consciente.
Más… entrenado.
Ana se acercó despacio.
—Hola… —dijo.
El niño no respondió. Solo levantó la mano. Señaló la pared cubierta de dibujos.
Ana miró a MAS.
—¿Qué significa?
El niño habló. Su voz era hueca, pero firme.
—Él vuelve.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Quién?
El niño bajó la mano.
—Aurelio.
MAS se acercó.
—¿Dónde está?
El niño levantó la vista. Sus ojos estaban vacíos, pero no perdidos. Vacíos de forma deliberada. Vacíos porque alguien los había enseñado a no mirar.
—Aquí —dijo.
Ana tragó saliva.
—¿En esta casa?
El niño negó.
—En todas.
MAS sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
El niño levantó la mano otra vez. Señaló el dibujo de la figura con ojos.
—Él ve.
Ana se acercó al dibujo. La tinta estaba fresca. La figura tenía ojos. Ojos negros. Ojos que parecían mirar más allá del papel.
—Mario… —susurró—. Esto no lo ha dibujado un niño.
MAS respiró hondo.
—No.
Ana se giró hacia el niño.
—¿Quién lo dibujó?
El niño respondió sin dudar:
—Él.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Vino.
Ana retrocedió un paso.
—¿Cuándo?
El niño levantó dos dedos.
—Dos noches.
MAS apretó los dientes.
—¿Qué hizo?
El niño bajó la mirada.
—Elegir.
Ana sintió un escalofrío.
—¿A quién?
El niño señaló el colchón.
—A mí.
Ana se acercó al colchón. Estaba húmedo. Como si alguien hubiera estado sentado allí durante horas. MAS tocó la tela. Estaba caliente.
—Ana… —susurró—. Esto no es reciente. Es ahora.
El niño levantó la vista.
—Él vuelve cuando quiere.
Ana tragó saliva.
—¿Por qué?
El niño respondió con una voz que parecía venir de muy lejos:
—Porque no ha terminado.
MAS se acercó al niño.
—¿Qué no ha terminado?
El niño levantó la mano. Señaló la puerta 17.
—La selección.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Cuántos quedan?
El niño bajó la mirada.
—Diecisiete.
MAS apretó los dientes.
—¿Dónde están?
El niño señaló el techo.
—Arriba.
Ana frunció el ceño.
—¿En la casa?
El niño negó.
—En la otra.
MAS sintió un escalofrío.
—¿Qué otra?
El niño levantó la mano. Señaló la pared. Había un dibujo pequeño. Una casa. Grande. Con una torre. Con una puerta cerrada.
Ana se acercó.
—Mario… esto es…
MAS completó la frase.
—La finca principal de San Aurelio.
El niño habló otra vez.
—Él está allí.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Y los otros.
MAS respiró hondo.
—¿Qué otros?
El niño levantó la mano. Señaló la figura sin ojos.
—Los que sirven.
Ana tragó saliva.
—¿Y los que no sirven?
El niño bajó la mirada.
—Se quedan.
MAS se acercó al niño.
—¿Tú sirves?
El niño tardó unos segundos en responder.
—No.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Entonces por qué estás aquí?
El niño levantó la vista.
—Porque él quiere que vengáis.
MAS se tensó.
—¿Por qué?
El niño respondió con una voz hueca:
—Porque tú ya estuviste allí.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—Mario… —susurró—. ¿Qué significa eso?
El niño levantó la mano. Señaló la figura con ojos.
—Él te recuerda.
MAS retrocedió un paso.
Ana lo miró.
—Mario… ¿qué está diciendo?
MAS respiró hondo.
—Que Aurelio sabe quién soy.
El niño habló otra vez.
—Y sabe que vais a ir.
Ana tragó saliva.
—¿A dónde?
El niño señaló el dibujo de la finca.
—A casa.
El niño seguía señalando el dibujo de la finca, como si aquel trazo infantil fuera un mapa que solo él sabía leer.
MAS se acercó despacio, observando cada línea, cada sombra, cada detalle.
La torre estaba dibujada con una precisión inquietante.
No era un dibujo improvisado. Era una representación. Una advertencia.
Ana miró al niño.
—¿Qué hay en esa casa?
El niño no apartó la vista del papel.
—Los que sirven.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Y los que no sirven?
El niño bajó la mirada.
—No salen.
MAS se tensó.
—¿Cuántos están allí?
El niño levantó tres dedos.
—Tres grupos.
Ana frunció el ceño.
—¿Qué grupos?
El niño señaló las líneas pintadas en el suelo del sótano. Rojas. Azules. Blancas.
—Ellos.
Ana se acercó a las líneas. Las tocó. La pintura estaba seca, pero no antigua. Alguien las había repasado recientemente.
—Mario… esto no es un lugar abandonado. Es un lugar activo.
MAS respiró hondo.
—Lo sé.
El niño habló otra vez.
—Él viene por las noches.
Ana tragó saliva.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Cuando no hay ruido.
MAS se acercó al niño.
—¿Qué hace cuando viene?
El niño levantó la mano. Señaló la puerta 17.
—Mira.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué mira?
El niño respondió sin dudar:
—Quién sirve.
MAS apretó los dientes.
—¿Y cómo decide?
El niño bajó la mirada.
—Escucha.
Ana frunció el ceño.
—¿Escucha qué?
El niño levantó la vista. Sus ojos vacíos parecían llenarse de algo que no era emoción, sino memoria.
—El silencio.
Ana sintió un escalofrío.
—¿El silencio?
El niño asintió.
—Los que callan… sirven. Los que lloran… no.
MAS cerró los ojos un instante. Aquello no era nuevo para él. No del todo. Había algo en esas palabras que resonaba en un lugar que llevaba años intentando olvidar.
Ana lo vio.
—Mario… ¿qué recuerdas?
MAS abrió los ojos.
—No lo sé.
El niño habló otra vez.
—Él sí.
Ana se tensó.
—¿Aurelio recuerda a Mario?
El niño asintió.
—Siempre.
MAS sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Por qué?
El niño señaló el dibujo de la figura con ojos.
—Porque tú también los tenías.
Ana frunció el ceño.
—¿Qué ojos?
El niño respondió con una voz hueca:
—Los que ven.
Ana retrocedió un paso.
—Mario… ¿qué significa eso?
MAS respiró hondo.
—Que yo no era como los demás.
El niño levantó la mano. Señaló la puerta de madera.
—Él te buscó.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Cuándo?
El niño levantó dos dedos.
—Dos veces.
MAS se acercó al niño.
—¿Por qué?
El niño bajó la mirada.
—Porque no te quedaste.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Mario… tú estuviste aquí?
MAS no respondió. No porque no quisiera, sino porque la respuesta estaba empezando a formarse sola, sin que él pudiera detenerla.
El niño habló otra vez.
—Él te dejó salir.
Ana tragó saliva.
—¿Por qué?
El niño levantó la vista.
—Para verte volver.
MAS sintió que el corazón se le detenía.
Ana se acercó al niño.
—¿Aurelio quiere que Mario vuelva?
El niño asintió.
—Sí.
MAS apretó los dientes.
—¿Para qué?
El niño señaló la figura con ojos.
—Para elegir.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Elegir qué?
El niño respondió sin dudar:
—Quién sirve ahora.
MAS retrocedió un paso.
—¿Ahora?
El niño asintió.
—Hoy.
Ana se tensó.
—¿Hoy qué?
El niño levantó la mano. Señaló el techo.
—Él viene.
Ana tragó saliva.
—¿A esta casa?
El niño negó.
—A la otra.
MAS respiró hondo.
—La finca principal.
El niño asintió.
—Sí.
Ana miró a MAS.
—Tenemos que ir.
El niño habló otra vez.
—No solos.
Ana frunció el ceño.
—¿Quién más?
El niño señaló la puerta 7.
—Ellos.
MAS se acercó a la puerta. La tocó. El metal estaba frío. Demasiado frío. Pero detrás… había algo. Un sonido. Un movimiento. Una respiración.
Ana levantó la linterna.
—Mario… hay alguien dentro.
El niño negó.
—No alguien.
Ana tragó saliva.
—¿Quién?
El niño respondió con una voz hueca:
—Los que no sirven.
MAS apretó los dientes.
—¿Están vivos?
El niño bajó la mirada.
—A veces.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
El niño señaló la puerta 17.
—Él decide.
MAS respiró hondo.
—¿Qué pasa si abrimos?
El niño levantó la vista.
—Él sabe.
Ana se tensó.
—¿Aurelio?
El niño asintió.
—Sí.
Ana miró a MAS.
—No podemos abrir.
El niño negó.
—Tenéis que abrir.
MAS frunció el ceño.
—¿Por qué?
El niño señaló el dibujo de la finca.
—Porque ellos os esperan.
Ana tragó saliva.