CAPÍTULO 19 — El que no debía volver
La lluvia caía sobre la finca como si quisiera borrar cada huella, cada recuerdo, cada sombra que había quedado atrapada entre las paredes.
MAS avanzó despacio, con la linterna temblando ligeramente en su mano.
No era miedo. Era algo peor: reconocimiento.
Como si el aire que respiraba fuera el mismo que había respirado de niño, en algún lugar que su memoria se empeñaba en ocultar.
Ana caminaba detrás de él, observando cada detalle con esa mezcla de precisión y angustia que solo ella podía sostener sin quebrarse.
—Mario… —susurró—. ¿Estás seguro de que es aquí?
MAS no respondió. No porque dudara, sino porque hablar significaba aceptar algo que llevaba toda la vida evitando.
La finca estaba rodeada de árboles altos, demasiado altos, como si hubieran crecido rápido para ocultar algo. El portón principal estaba abierto. No forzado. No roto. Solo… abierto. Como si alguien hubiera entrado antes que ellos. O como si alguien los estuviera esperando.
Ana levantó la linterna.
—No me gusta esto.
MAS tampoco. Pero avanzó.
El suelo estaba húmedo, cubierto de hojas. Había marcas de pisadas, pero no recientes. No humanas. Pequeñas. Desordenadas. Como si varios niños hubieran corrido por allí sin saber hacia dónde.
MAS sintió un pinchazo en el pecho.
Los niños no corren cuando están entrenados. Corren cuando están huyendo.
La puerta de la casa principal estaba entreabierta. MAS la empujó con cuidado. El interior olía a humedad, a madera vieja, a silencio. Un silencio que no era natural. Un silencio que había sido impuesto.
Ana entró detrás de él.
—Mario… —susurró—. Mira esto.
En la pared del recibidor había un dibujo infantil. Torpe. Hecho con lápices de colores. Una figura sin ojos. Una puerta cerrada. Una llave.
La misma llave.
La misma figura.
El mismo miedo.
MAS se acercó. Tocó el papel. Estaba húmedo. Como si alguien lo hubiera pegado allí hacía poco.
—No es antiguo —dijo.
Ana tragó saliva.
—¿Crees que los niños estuvieron aquí?
MAS negó.
—No. Creo que siguen aquí.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Dónde?
MAS levantó la linterna. Señaló el pasillo.
—Abajo.
La casa tenía un sótano. Lo sabían por los planos. Pero en los planos no aparecía ninguna puerta que condujera a él. San Aurelio nunca dejaba puertas visibles. Las ocultaba. Las disfrazaba. Las convertía en parte del decorado.
MAS avanzó por el pasillo. Las paredes estaban cubiertas de marcas. Líneas rojas. Líneas azules. Líneas blancas. Las mismas que habían visto en la casa de tránsito.
Ana tocó una de ellas.
—Mario… estas líneas…
—Separaban grupos —dijo él—. Grupos de evaluación.
Ana lo miró.
—¿Evaluación de qué?
MAS tardó unos segundos en responder.
—De obediencia.
Ana sintió un golpe en el pecho.
Al final del pasillo había una puerta. Pequeña. Metálica. Sin pomo. Sin cerradura visible.
MAS se detuvo frente a ella.
—Es aquí.
Ana levantó la llave 17B.
—¿Crees que sirve?
MAS negó.
—No. Esta puerta no se abre con llaves. Se abre con presencia.
Ana frunció el ceño.
—¿Presencia de quién?
MAS respiró hondo.
—De un niño que estuvo aquí.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—Mario… ¿tú…?
MAS no respondió. Solo levantó la mano. Tocó la puerta.
Un clic.
Un segundo clic.
La puerta se abrió sola.
Ana retrocedió.
—Mario… no la he tocado.
MAS observó el mecanismo.
—No responde a la llave. Responde a la memoria.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Memoria de quién?
MAS bajó la mirada.
—Mía.
La puerta se abrió por completo. El sótano estaba oscuro. Frío. Silencioso. Pero no vacío.
Había colchones en el suelo. Juguetes rotos. Dibujos pegados en las paredes. Un cubo metálico. Una cuerda vieja. Una lámpara sin bombilla.
Ana avanzó despacio.
—Mario… esto es igual que la sala 17.
MAS asintió.
—Sí.
Ana se acercó a un dibujo. Era infantil. Torpe. Pero claro.
Una figura sin ojos. Una puerta cerrada. Una sombra detrás de la figura.
—Mario… —susurró—. ¿Quién es la sombra?
MAS tardó unos segundos en responder.
—Aurelio.
Ana tragó saliva.
—¿Crees que estuvo aquí?
MAS negó.
—No. Creo que sigue aquí.
Un ruido.
Muy leve.
Muy suave.
Ana levantó la linterna. MAS se tensó.
El ruido se repitió. Un golpe. Luego otro. Luego silencio.
Ana se acercó a la pared. Apoyó la oreja.
Nada.
MAS hizo lo mismo.
Nada.
Ana retrocedió.
—Mario… ¿qué era eso?
MAS respondió sin dudar:
—Un golpe controlado.
—¿Controlado por quién?
MAS levantó la linterna. Señaló el fondo del sótano.
—Por alguien que sabe que estamos aquí.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Crees que hay alguien dentro?
MAS negó.
—No. Hay varios.
Ana tragó saliva.
—¿Niños?
MAS respiró hondo.
—No solo niños.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién más?
MAS respondió con una voz que parecía venir de muy lejos:
—El que no debía volver.
El sótano parecía más grande de lo que debería.
No por su tamaño real, sino por la forma en que el silencio se expandía dentro de él, como si cada rincón guardara un secreto que no quería ser descubierto.
Ana avanzó despacio, con la linterna temblando ligeramente en su mano.
MAS caminaba detrás de ella, pero su respiración era distinta.
Más corta. Más contenida. Más… reconocida.
—Mario… —susurró Ana—. ¿Estás seguro de que quieres seguir?
MAS no respondió. No porque dudara, sino porque hablar significaba aceptar algo que llevaba toda la vida evitando.
El sótano tenía varias puertas. Pequeñas. Metálicas. Numeradas. Algunas con candados oxidados. Otras sin nada. Pero todas transmitían la misma sensación: habían sido abiertas muchas veces. Y cerradas muchas más.
Ana se acercó a la primera puerta. Tenía un número pintado a mano.
3
—Mario… —susurró—. ¿Qué es esta sala?
MAS tardó unos segundos en responder.
—Evaluación inicial.
Ana tragó saliva.
—¿De qué?
—De obediencia.
Ana sintió un escalofrío.
La puerta estaba entreabierta. Ana la empujó con cuidado. El interior era pequeño. Un colchón en el suelo. Una cuerda vieja. Un cubo metálico. Un dibujo infantil pegado en la pared.
Una figura sin ojos.
Una llave.
Una sombra.
Ana tocó el papel. Estaba húmedo.
—Mario… esto no es antiguo.
MAS asintió.
—No. Alguien ha estado aquí hace poco.
Ana se giró hacia él.
—¿Quién?
MAS levantó la linterna. Señaló el fondo del sótano.
—El que no debía volver.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Aurelio?
MAS respiró hondo.
—Sí.
Ana retrocedió un paso.
—¿Estás diciendo que Aurelio ha estado aquí… hoy?
MAS negó.
—No. Estoy diciendo que nunca se fue.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—Mario… ¿cómo lo sabes?
MAS levantó la linterna. Señaló una marca en la pared. Un símbolo pequeño. Casi invisible.
Un círculo con una línea vertical.
Ana frunció el ceño.
—Ese símbolo… —Sí —respondió MAS—. Selección.
Ana tragó saliva.
—¿Selección de qué?
MAS respondió con una voz que parecía venir de muy lejos:
—De aptitudes.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Aptitudes para qué?
MAS la miró.
—Para obedecer.
Ana se acercó a otra puerta. Tenía un número pintado a mano.
7
La puerta estaba cerrada. Pero no con candado. Con algo peor: silencio.
Ana tocó el metal. Estaba frío. Demasiado frío.
—Mario… —susurró—. ¿Qué hay aquí dentro?
MAS respiró hondo.
—Resistencia.
Ana frunció el ceño.
—¿Resistencia a qué?
MAS tardó unos segundos en responder.
—A ser moldeados.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Y qué pasa con los que resisten?
MAS bajó la mirada.
—Depende.
—¿De qué?
—De Aurelio.
Ana tragó saliva.
—¿Y qué decide él?
MAS respondió sin dudar:
—Quién sirve.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Y quién no?
MAS levantó la linterna. Señaló la puerta 17.
—Los que no sirven… se quedan.
Ana se acercó a la puerta 17. La misma que habían visto en la casa de tránsito. La misma que el niño había señalado. La misma que la llave había reconocido.
La puerta estaba cerrada. Pero no con candado. Con algo peor: memoria.
Ana levantó la llave 17B.
—¿Crees que sirve?
MAS negó.
—No. Esta puerta no se abre con llaves.
Ana frunció el ceño.
—¿Entonces cómo se abre?
MAS respiró hondo.
—Con presencia.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Presencia de quién?
MAS bajó la mirada.
—De un niño que estuvo aquí.
Ana tragó saliva.
—Mario… ¿tú…?
MAS no respondió. Solo levantó la mano. Tocó la puerta.
Un clic.
Un segundo clic.
La puerta se abrió sola.
Ana retrocedió.
—Mario… no la he tocado.
MAS observó el mecanismo.
—No responde a la llave. Responde a la memoria.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Memoria de quién?
MAS bajó la mirada.
—Mía.
La puerta se abrió por completo. El interior estaba oscuro. Frío. Silencioso. Pero no vacío.
Había un colchón en el suelo. Una cuerda vieja. Un cubo metálico. Una lámpara sin bombilla. Un cuaderno infantil.
Ana avanzó despacio. MAS se quedó en el umbral.
—Mario… —susurró—. ¿Por qué no entras?
MAS respiró hondo.
—Porque ya he estado en una sala como esta.
Ana se giró lentamente.
—¿Cuándo?
MAS tardó unos segundos en responder.
—Cuando era niño.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿En San Aurelio?
MAS negó.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
MAS levantó la linterna. Señaló un dibujo pegado en la pared.
Una figura sin ojos.
Una puerta cerrada.
Una sombra detrás de la figura.
—Porque no recuerdo nada —dijo—. Solo sensaciones. Silencios. Puertas cerradas. Y ese símbolo.
Ana tocó el dibujo.
—Mario… —susurró—. ¿Quién es la sombra?
MAS tardó unos segundos.
—Aurelio.
Ana tragó saliva.
—¿Crees que estuvo aquí?
MAS negó.
—No. Creo que sigue aquí.
Un ruido.
Muy leve.
Muy suave.
Ana levantó la linterna. MAS se tensó.
El ruido se repitió. Un golpe. Luego otro. Luego silencio.
Ana se acercó a la pared. Apoyó la oreja.
Nada.
MAS hizo lo mismo.
Nada.
Ana retrocedió.
—Mario… ¿qué era eso?
MAS respondió sin dudar:
—Un golpe controlado.
—¿Controlado por quién?
MAS levantó la linterna. Señaló el fondo del sótano.
—Por alguien que sabe que estamos aquí.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Crees que hay alguien dentro?
MAS negó.
—No. Hay varios.
Ana tragó saliva.
—¿Niños?
MAS respiró hondo.
—No solo niños.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién más?
MAS respondió con una voz que parecía venir de muy lejos: