CAPÍTULO 16 — La primera señal
La ciudad amaneció sin amanecer. El cielo tenía un tono grisáceo, como si hubiera olvidado cómo iluminar. Las farolas seguían encendidas, aunque no deberían. Los pájaros no cantaban. Las calles estaban vacías.
Ana caminaba rápido, con la sensación de que cada esquina escondía algo que no debía ver. El eco de la noche anterior seguía vibrando en su pecho, como si la ciudad respirara dentro de ella.
El inspector Roldán había desaparecido. Su coche seguía en la avenida, con la puerta abierta, la radio encendida y la pistola en el suelo. Pero él no estaba.
Ana se acercó al vehículo. El asiento del conductor estaba hundido, como si alguien hubiera estado sentado allí durante horas. El aire dentro del coche estaba más frío que fuera. Mucho más frío.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Roldán… —susurró.
No hubo respuesta.
La radio emitió un chasquido. Luego otro. Luego un tercero.
Ana se inclinó hacia el aparato.
Una voz emergió entre la estática. Una voz que no debería estar allí.
—No… no… no… no…
Ana retrocedió.
La voz se repitió. Pero esta vez no era un murmullo. Era un grito ahogado.
—¡No vengas!
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Roldán?
La radio se apagó de golpe.
El silencio fue peor.
Ana dio un paso atrás. Luego otro. Luego otro.
La avenida parecía más larga que antes. Las farolas más altas. Las sombras más densas.
Y entonces lo vio.
Una figura al final de la calle. Inmóvil. Erguida. Observándola.
No era Mario. No era un niño. No era una sombra.
Era alguien más.
La figura dio un paso hacia adelante. Solo uno. Pero ese paso cambió la calle entera.
El aire se volvió más pesado. Las farolas parpadearon. Las ventanas temblaron.
Ana tragó saliva.
—¿Quién eres?
La figura no respondió. Solo avanzó otro paso.
Ana retrocedió.
La figura avanzó otro.
Y entonces lo entendió.
No estaba caminando hacia ella. Estaba siguiendo un rastro .
El rastro de Mario. El rastro de los niños. El rastro de la noche anterior.
La figura se detuvo a unos metros de ella.
Ana pudo ver su rostro por primera vez.
No tenía expresión. No tenía emoción. No tenía vida.
Pero tenía algo peor.
Tenía intención .
La figura levantó la mano. No para saludar. No para amenazar. Para señalar.
Señaló la avenida. Señaló la plaza. Señaló el camino que Mario había tomado.
Ana sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Qué quieres?
La figura bajó la mano. Y habló.
Su voz era hueca. Profunda. Antigua.
—No están solos.
Ana sintió que el aire se congelaba.
—¿Quién no está solo?
La figura dio un paso más. Solo uno. Pero ese paso fue suficiente para que Ana retrocediera dos.
—Los que vienen —dijo la figura—. No vienen detrás. Vienen delante.
Ana sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Qué significa eso?
La figura levantó la cabeza.
—Mario no los guía. Mario los anuncia.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Anuncia qué?
La figura dio el último paso. Quedó a un metro de ella. Demasiado cerca. Demasiado presente.
—El despertar.
Ana retrocedió, temblando.
—¿Despertar de qué?
La figura inclinó la cabeza.
—De lo que duerme bajo la ciudad.
Ana sintió que las piernas le fallaban.
La figura habló por última vez.
—No busques a Mario. Él ya no busca nada. Él abre .
Ana tragó saliva.
—¿Qué abre?
La figura sonrió. Una sonrisa mínima. Una sonrisa que no pertenecía a ningún ser humano.
—La primera señal.
Y desapareció.
No caminó. No corrió. No se desvaneció.
Simplemente no estuvo .
Ana cayó de rodillas en mitad de la avenida, incapaz de respirar.
La ciudad vibró.
Las farolas se apagaron.
Las ventanas temblaron.
El suelo se arqueó.
Y Ana entendió que Mario no había despertado nada.
Mario había sido la llave .
Y lo que estaba empezando a abrirse no tenía nombre.
Ana seguía arrodillada en mitad de la avenida, con las manos temblando y la garganta cerrada. La figura había desaparecido sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado allí. Pero el frío seguía. El frío no se iba.
Un coche apareció al final de la calle. No era el de Roldán. Era otro.
Se acercó despacio, sin luces, sin sirena. Ana se levantó con dificultad, intentando ver quién conducía.
El coche se detuvo frente a ella. La ventanilla bajó.
Ana sintió que el corazón se le detuvo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la voz.
Era Roldán .
Pero no era el Roldán que ella conocía.
Su rostro estaba pálido, como si hubiera visto algo que no debía ver. Sus ojos estaban abiertos de más, como si llevara horas sin parpadear. Su respiración era irregular.
Ana dio un paso hacia él.
—Roldán… ¿dónde has estado?
El inspector no respondió. Solo la observó, como si intentara recordar quién era.
—Roldán… dime algo.
Roldán levantó la mano. La apoyó en el volante. Sus dedos temblaban.
—No debería estar aquí —dijo.
Ana sintió un pinchazo en el pecho.
—¿Qué te ha pasado?
Roldán tragó saliva. Su voz salió rota.
—No fui yo quien volvió.
Ana retrocedió.
—¿Qué estás diciendo?
Roldán levantó la vista. Sus ojos ya no eran los mismos. Había algo detrás de ellos. Algo que no pertenecía a ningún ser humano.
—Me encontraron —dijo—. Y ahora… estoy lleno de ellos.
Ana sintió que el aire se congelaba.
—¿Quiénes?
Roldán abrió la puerta del coche. Su cuerpo se inclinó hacia adelante. Sus manos temblaban.
—Los que Mario anunció.
Ana dio un paso atrás.
—Roldán… no te acerques.
El inspector bajó del coche. Sus movimientos eran lentos, como si estuviera aprendiendo a caminar de nuevo.
—No puedo detenerlo —dijo—. No puedo detener nada.
Ana tembló.
—¿Detener qué?
Roldán levantó la cabeza. Su voz cambió. Se volvió más profunda. Más hueca. Más antigua.
—La señal ya se abrió.
Ana sintió que las piernas le fallaban.
—¿Qué señal?
Roldán dio un paso hacia ella. Solo uno. Pero ese paso cambió la calle entera.
—La ciudad no está dormida —dijo—. Está despertando .
Ana retrocedió dos pasos.
—Roldán… por favor…
El inspector sonrió. Una sonrisa mínima. Una sonrisa que no pertenecía a ningún ser humano.
—No busques a Mario —dijo—. Mario ya no es el problema.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Entonces quién?
Roldán levantó la mano. Señaló detrás de ella.
Ana se giró.
La avenida estaba vacía.
Completamente vacía.
Hasta que no lo estuvo.
Una figura apareció al final de la calle. Luego otra. Luego otra. Luego otra.
Decenas. Cientos. Silenciosas. Inmóviles. Observándola.
No eran niños. No eran sombras. No eran personas.
Eran algo más .
Roldán habló por última vez.
—Mario abrió la primera señal. Ellos… son la segunda.
Ana sintió que el mundo se desmoronaba.
Las figuras dieron un paso al unísono.
Un solo paso.
Y la ciudad entera pareció inclinarse.
Ana no pudo gritar. No pudo correr. No pudo respirar.
Solo pudo entender una cosa:
Mario no había despertado nada.
Mario había permitido que algo despertara .
Y ahora venía hacia ella.