CAPÍTULO 17 — Bajo la ciudad
Ana corrió sin saber hacia dónde. Las figuras avanzaban por la avenida como una marea silenciosa, sin prisa, sin ruido, sin vida. No parecían perseguirla. Parecían descender .
Hacia algún lugar. Hacia abajo.
La ciudad vibraba con cada paso de ellos, como si el suelo estuviera hecho de algo vivo que reaccionaba a su presencia. Las farolas se apagaban a medida que avanzaban, una tras otra, como si la oscuridad fuera el único lenguaje que entendían.
Ana llegó a la plaza. El aire estaba más frío allí. Más denso. Más antiguo.
Las figuras se detuvieron. Todas. Al mismo tiempo.
Ana sintió un pinchazo en el pecho. No era miedo. Era anticipación. La certeza de que algo estaba a punto de ocurrir.
El suelo tembló. No como un terremoto. Como un latido.
Un latido que no pertenecía a la ciudad. Un latido que no pertenecía a ningún ser humano.
Las figuras levantaron la cabeza. Sus rostros seguían vacíos, pero había algo detrás de ellos. Algo que se movía. Algo que respiraba.
Ana retrocedió dos pasos.
—Mario… —susurró.
No había nadie. Solo la plaza. Las figuras. El temblor.
Y entonces el suelo se abrió.
No como una grieta. No como un derrumbe. Como una boca .
Una boca enorme, silenciosa, que se abrió en mitad de la plaza sin romper nada, sin levantar polvo, sin hacer ruido. Solo se abrió.
Las figuras dieron un paso hacia el borde. Uno. Luego otro. Luego otro.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—No… no bajéis…
Pero ellos no la escuchaban. No la miraban. No la reconocían.
Solo descendían.
Uno tras otro. Como si la boca los estuviera llamando. Como si la ciudad los estuviera reclamando.
Ana se acercó al borde. El interior era oscuro. No había luz. No había fondo. No había nada.
Solo un sonido.
Un sonido que no era respiración. No era arrastre. No era eco.
Era movimiento .
Algo se movía ahí abajo. Algo grande. Algo que no debería existir.
Las figuras seguían bajando. Desaparecían en la oscuridad sin emitir un solo sonido, sin cambiar el ritmo, sin dudar.
Ana sintió que las piernas le fallaban.
—Mario… ¿qué has hecho?
Una voz emergió detrás de ella.
—Lo que tenía que hacer.
Ana se giró.
Mario estaba allí. Solo. Sin los niños. Sin las sombras.
Pero no estaba igual.
Su rostro tenía una calma que no pertenecía a ningún adulto. Sus ojos tenían una profundidad que no pertenecía a ningún ser humano. Su respiración era demasiado lenta. Demasiado controlada. Demasiado… otra .
Ana dio un paso hacia él.
—Mario… ¿qué es eso?
Mario miró la boca abierta en la plaza.
—Lo que duerme bajo la ciudad.
Ana tragó saliva.
—¿Por qué lo has despertado?
Mario no respondió de inmediato. Parecía escuchar algo que Ana no podía oír.
—No lo he despertado —dijo por fin—. Solo he quitado el silencio.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Mario se acercó al borde. Miró hacia abajo. La oscuridad parecía moverse, como si respirara.
—La ciudad nunca estuvo vacía —dijo—. Solo estaba esperando.
Ana tembló.
—¿Esperando qué?
Mario giró la cabeza. Sus ojos no estaban vacíos. No estaban llenos. Estaban… decididos .
—Esperando que alguien volviera a abrir el camino.
Ana retrocedió.
—Mario… no bajes.
Mario dio un paso hacia el borde.
—No estoy bajando. Estoy regresando.
Ana sintió que el mundo se inclinaba.
—Mario… por favor…
Mario habló con una voz que no era la suya.
—No puedo quedarme. No después de lo que vi. No después de lo que soy.
El suelo vibró. La boca se ensanchó. La oscuridad subió un poco, como si quisiera tocarlo.
Mario dio el último paso.
Ana gritó.
—¡Mario!
Pero ya era tarde.
Mario descendió. No cayó. No saltó. No se deslizó.
La oscuridad lo tomó .
La boca se cerró.
No lentamente. No con violencia. Con precisión.
Como si hubiera recuperado lo que era suyo.
Ana cayó de rodillas en mitad de la plaza, incapaz de respirar.
La ciudad vibró una última vez.
Y se quedó en silencio.
Un silencio que no era vacío.
Un silencio que esperaba .
Ana seguía arrodillada en la plaza, incapaz de procesar lo que acababa de ver. La boca del suelo había desaparecido como si nunca hubiera existido, pero el frío seguía allí, pegado a su piel, a su respiración, a su memoria.
La ciudad estaba en silencio. Un silencio que no pertenecía a la madrugada. Un silencio que parecía escuchar .
Ana se levantó con dificultad. Miró alrededor. No había figuras. No había niños. No había sombras.
Solo ella.
Y el temblor.
Un temblor leve, casi imperceptible, que recorría el suelo como un latido. Un latido que no era humano. Un latido que no era de Mario. Un latido que venía de abajo .
Ana dio un paso hacia el centro de la plaza. El temblor aumentó. No en fuerza. En intención.
Como si algo estuviera respondiendo a su presencia.
—Mario… —susurró.
No hubo respuesta.
El temblor volvió. Más profundo. Más antiguo.
Ana retrocedió.
Y entonces lo oyó.
Un sonido. Un sonido que no era respiración. No era arrastre. No era eco.
Era golpe .
Un golpe seco. Un golpe que venía desde el subsuelo. Un golpe que parecía llamar.
Ana tragó saliva.
El golpe se repitió. Una vez. Dos. Tres.
Cada golpe más fuerte que el anterior. Cada golpe más cerca.
Ana dio un paso hacia atrás.
El suelo se arqueó. Las farolas parpadearon. Las ventanas temblaron.
El golpe volvió. Esta vez acompañado de un segundo sonido.
Un sonido que heló la sangre de Ana.
Era una voz.
Una voz profunda. Hueca. Lejana. Una voz que no pertenecía a ningún ser humano.
—Aún falta uno.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién… quién falta?
La voz respondió desde el subsuelo.
—El que mira.
Ana retrocedió dos pasos.
—No… no entiendo…
El golpe volvió. Más fuerte. Más cerca.
—El que queda arriba —dijo la voz—. El que no descendió. El que debe completar lo que empezó.
Ana sintió un pinchazo en el pecho.
—Yo… yo no…
La voz la interrumpió.
—No eres tú.
Ana se quedó inmóvil.
—¿Entonces quién?
El suelo se abrió.
No como una boca. No como una grieta. Como un ojo .
Un ojo enorme, oscuro, que se abrió en mitad de la plaza sin romper nada, sin levantar polvo, sin hacer ruido. Solo se abrió.
Ana cayó de rodillas.
El ojo la observó. No con pupila. No con iris. Con presencia .
La voz habló por última vez.
—El que falta… ya viene.
Ana levantó la cabeza.
Y lo vio.
Al final de la calle. Caminando hacia la plaza. Solo. Sin niños. Sin sombras.
Era Mario.
Pero no era Mario.
Su cuerpo avanzaba con una rigidez que no pertenecía a ningún ser humano. Su rostro tenía una calma que no pertenecía a ningún adulto. Sus ojos tenían una profundidad que no pertenecía a nadie que hubiera vivido en la superficie.
Ana sintió que el mundo se desmoronaba.
Mario se detuvo frente al ojo.
El ojo se cerró.
La plaza quedó en silencio.
Mario habló.
—Ya estoy aquí.
Ana no pudo respirar.
Mario levantó la cabeza.
—Ahora falta… tú .
La plaza vibró.
Las farolas se apagaron.
El suelo tembló.
Y Ana entendió que Mario no había sido tomado por la oscuridad.
Mario había sido preparado por ella.
Y ahora venía a por lo que faltaba.