CAPÍTULO 14 — La noche de los pasos
La ciudad dormida parecía contener la respiración. No era una metáfora. Era una sensación física, palpable, como si el aire hubiera decidido detenerse para no interferir en lo que estaba a punto de ocurrir.
Mario avanzaba por la avenida con los niños detrás. Sus pasos eran suaves, pero cada uno de ellos resonaba en la noche como un latido. No un latido humano. Un latido colectivo. Un latido que pertenecía a algo que estaba despertando.
Ana los seguía a distancia, incapaz de acercarse más. No porque tuviera miedo de los niños. Tenía miedo de Mario.
Había algo en su forma de caminar que no pertenecía a ningún adulto. Una calma que no era humana. Una ausencia que no era dolor. Una certeza que no era esperanza.
La noche estaba inmóvil. Las farolas no parpadeaban. Las ventanas no se iluminaban. Los coches no pasaban. La ciudad parecía haber decidido desaparecer para no ver lo que estaba ocurriendo.
Mario se detuvo frente a la rotonda. Los niños se detuvieron con él. No en formación. No en círculo. En una disposición que Ana no pudo comprender. Una disposición que parecía tener sentido para ellos. Una disposición que parecía tener sentido para Mario.
El aire vibró. No con sonido. Con presencia.
Ana dio un paso hacia adelante.
—Mario… —susurró—. No sigas.
Mario no se giró. No la miró. No respondió.
Los niños levantaron la cabeza al mismo tiempo. Sus ojos vacíos parecían llenarse de una vida que no era humana.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—Mario… por favor…
Mario habló sin emoción.
—No deberías estar aquí.
Ana apretó los dientes.
—No puedes llevarlos contigo. No puedes caminar por la ciudad con ellos. No puedes…
Mario negó con la cabeza.
—No los llevo. Me siguen.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿A dónde vas?
Mario miró la rotonda. La ciudad. La noche. Las sombras.
—A donde yo vaya.
Los niños dieron un paso. Mario también.
Ana retrocedió.
—Mario… ¿qué les has hecho?
Mario negó con la cabeza.
—Nada. Solo les he dado lo que yo nunca tuve.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Mario respondió sin dudar.
—Un origen.
La palabra cayó sobre la noche como un golpe. Las farolas parpadearon. El aire vibró. La ciudad pareció inclinarse.
Ana dio un paso hacia atrás.
—Mario… La ciudad no está preparada para esto.
Mario la miró.
—La ciudad está dormida. No va a despertar.
Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.
—¿Qué significa eso?
Mario habló con una calma que heló el aire.
—Que no somos los que quedan. Somos los que sobreviven.
Los niños avanzaron otro paso. Mario también.
La noche se volvió más densa. Más pesada. Más antigua.
Ana sintió que el mundo se desmoronaba.
—Mario… por favor… No hagas esto.
Mario levantó la mano. Los niños respondieron levantando la suya. El gesto fue sincronizado. Perfecto. Inquietante.
—No puedo quedarme —dijo Mario—. Pero puedo llevarlos conmigo.
Ana tembló.
—¿A dónde?
Mario respondió sin dudar.
—A donde yo vaya.
Los niños dieron otro paso. Mario también.
La noche se cerró sobre ellos. Las luces se apagaron. El aire se volvió más denso.
Ana sintió que el corazón se le rompía.
—Mario… —susurró—. No te vayas.
Mario habló sin girarse.
—No puedo quedarme. No después de lo que vi. No después de lo que soy.
Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. La ciudad dormida los observaba.
Ana dio un paso hacia atrás, incapaz de respirar.
Y entonces ocurrió.
Un sonido. Un sonido que no era humano. Ni infantil. Ni mecánico.
Era un sonido de pasos. Muchos pasos. Pasos que no pertenecían a los niños. Pasos que no pertenecían a Mario. Pasos que no pertenecían a nadie que Ana pudiera ver.
La noche vibró. La avenida tembló. La ciudad se estremeció.
Ana sintió que el aire se congelaba.
Mario se detuvo. Los niños también.
Los pasos se acercaron. Se acercaron más. Más. Más.
Hasta que estuvieron justo detrás de la rotonda.
Ana levantó la cabeza.
La noche se abrió.
Y algo salió.
Algo que no tenía forma. Algo que no tenía nombre. Algo que no tenía rostro.
Pero tenía pasos.
Pasos que resonaban como un ejército que nunca existió. Pasos que parecían venir de un lugar que no estaba en el mapa. Pasos que seguían el ritmo de Mario.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
Mario habló por última vez antes de que la noche se tragara la avenida.
—No somos los que quedan. Somos los que vienen.
Los pasos que emergieron de la oscuridad no tenían dueño. Eran un rumor antiguo, un murmullo que parecía arrastrarse por el asfalto como si la noche estuviera expulsando algo que llevaba demasiado tiempo retenido.
Ana sintió que el aire se volvía más espeso. No era miedo. Era otra cosa. Una presión que le aplastaba el pecho desde dentro, como si la ciudad hubiera decidido cerrarse sobre ella.
Mario permanecía inmóvil en mitad de la rotonda. Los niños detrás. Las sombras alrededor. Los pasos acercándose.
La avenida vibró. Las farolas se apagaron una a una, como si alguien las fuera apagando con los dedos. Las ventanas temblaron. El suelo se arqueó.
Ana dio un paso hacia él.
—Mario… —susurró—. No sigas.
Mario no se giró. No la miró. No respondió.
Los pasos se acercaron más. Más. Más.
Hasta que estuvieron justo detrás de él.
La noche se abrió.
No como una puerta. No como una grieta. Como un pliegue. Un pliegue que reveló algo que no debería existir.
No tenía forma. No tenía rostro. No tenía cuerpo.
Pero tenía intención.
Una intención que helaba la sangre. Una intención que parecía reconocer a Mario. Una intención que parecía haber estado esperando este momento.
Los niños levantaron la cabeza al mismo tiempo. Sus ojos vacíos se iluminaron con un brillo tenue, como si algo estuviera encendiéndose dentro de ellos.
Mario habló con una voz que no era la suya.
—No vienen por mí.
Ana retrocedió.
—¿Entonces por quién?
Mario bajó la mano. Los niños hicieron lo mismo. El gesto fue perfecto. Preciso. Inquietante.
—Vienen por todos.
El aire se quebró. No con un sonido. Con una sensación. Una grieta invisible que recorrió la avenida como un latigazo.
Ana sintió que el mundo se inclinaba.
—Mario… por favor…
Mario dio un paso hacia adelante. Los niños lo siguieron. Las sombras también.
—No puedo quedarme —dijo—. No después de lo que vi.
Ana tembló.
—¿Qué viste?
Mario se detuvo. Solo un segundo. Solo un gesto. Solo un parpadeo.
—Lo que la ciudad oculta cuando duerme.
Los pasos se multiplicaron. La noche vibró. La avenida se oscureció por completo.
Ana sintió que el corazón se le rompía.
—Mario… —susurró—. No te vayas.
Mario habló sin girarse.
—No me voy. Estoy llegando.
Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. Las sombras se cerraron.
Ana dio un paso hacia atrás, incapaz de respirar.
Los pasos se acercaron más. Más. Más.
Hasta que estuvieron justo detrás de ella.
Ana levantó la cabeza.
La noche no la miró.
La noche la reconoció .
Y entendió que Mario no había traído nada desde el orfanato.
Lo que caminaba ahora por la ciudad siempre había estado aquí .
Solo necesitaba que alguien lo despertara.