Sobrevive o muere CAPÍTULO 13 — La ciudad dormida
33%

CAPÍTULO 13 — La ciudad dormida

La noche había caído sobre San Fernando con una quietud extraña, como si la ciudad hubiera decidido detenerse un instante para escuchar algo que aún no había ocurrido.

Las farolas iluminaban las calles con una luz amarillenta, cansada, que parecía más un suspiro que una lámpara.

El viento no soplaba. Los árboles no se movían. El aire estaba inmóvil.

Ana salió del edificio con el corazón golpeándole el pecho. No sabía si estaba huyendo o persiguiendo. Solo sabía que tenía que encontrar a Mario antes de que la ciudad lo encontrara a él.

El orfanato quedó atrás, oscuro, silencioso, como una boca cerrada. Pero Ana sabía que no estaba vacío. Sabía que algo había salido de allí. Algo que no debía haber salido.

Las calles estaban desiertas. Demasiado desiertas. Como si la ciudad supiera que algo estaba caminando por ella.

Ana avanzó con pasos rápidos, mirando a ambos lados, buscando cualquier señal. No había coches. No había voces. No había movimiento.

Solo un sonido.

Un sonido leve. Un roce. Un susurro.

Ana se detuvo. El sonido venía de la esquina. De una calle estrecha. De una sombra.

—Mario… —susurró.

La sombra se movió.

No era Mario.

Era un niño.

Uno de los niños.

Estaba de pie en mitad de la calle, con los brazos caídos y los ojos vacíos. No parecía perdido. No parecía asustado. Parecía… esperando.

Ana dio un paso hacia él.

—¿Dónde está Mario?

El niño no respondió. Solo levantó la cabeza. Sus ojos se llenaron de algo que no era vida. Era otra cosa. Una presencia. Una intención.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Dónde está? —repitió.

El niño levantó la mano. Señaló hacia el final de la calle.

Ana siguió la dirección de su dedo.

Y entonces lo vio.

Mario caminaba por la avenida principal. Solo. Pero no solo.

Los niños lo seguían. No en fila. No en formación. Lo seguían como sombras que habían aprendido a moverse en la oscuridad.

La ciudad estaba dormida. Pero ellos no.

Ana corrió hacia él.

—¡Mario!

Mario se detuvo. Solo un segundo. Solo un gesto. Solo un parpadeo.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

Mario giró la cabeza. Sus ojos estaban distintos. No vacíos. No llenos. Distintos.

—No deberías estar aquí —dijo.

Ana se acercó más.

—Mario… no puedes caminar por la ciudad con ellos. No puedes llevarlos contigo.

Mario negó con la cabeza.

—No los llevo. Me siguen.

Ana apretó los dientes.

—¿A dónde vas?

Mario miró la avenida. La ciudad. Las luces. Las sombras.

—A donde yo vaya.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Mario… por favor… No hagas esto.

Mario respiró hondo.

—No estoy haciendo nada. Solo estoy avanzando.

Los niños se acercaron más. Uno tomó su mano. Otro se colocó a su lado. Otro apoyó la cabeza en su brazo.

Ana retrocedió.

—Mario… La ciudad no está preparada para esto.

Mario la miró.

—La ciudad está dormida. No va a despertar.

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

—¿Qué significa eso?

Mario habló con una calma que heló el aire.

—Que no somos los que quedan. Somos los que sobreviven.

Los niños levantaron la cabeza al mismo tiempo. Sus ojos vacíos parecían llenarse de una vida que no era humana.

Ana dio un paso hacia atrás.

—Mario… ¿qué les has hecho?

Mario negó con la cabeza.

—Nada. Solo les he dado lo que yo nunca tuve.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Qué?

Mario respondió sin dudar.

—Un origen.

La ciudad permanecía inmóvil. Las luces no parpadeaban. El viento no soplaba. El aire no se movía.

Mario dio un paso hacia adelante. Los niños lo siguieron. Sus pasos eran suaves, pero cada uno de ellos parecía resonar en la avenida como un latido.

Ana sintió que el mundo se inclinaba.

—Mario… ¿A dónde vas?

Mario respondió sin girarse.

—A donde pertenezco.

Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. La ciudad dormida los observaba.

Ana dio un paso hacia atrás, incapaz de respirar.

Mario habló por última vez antes de desaparecer en la oscuridad de la avenida.

—No somos los que quedan. Somos los que sobreviven.

Y Ana, incapaz de moverse, entendió que Mario no había traído a los niños a la ciudad.

Mario había traído la oscuridad.

Ana intentó seguirlos, pero la ciudad parecía haberse vuelto líquida bajo sus pies. Cada calle era más estrecha, cada farola más débil, cada sombra más larga. La noche no estaba oscura: estaba esperando .

Mario avanzaba por la avenida con los niños detrás. No caminaban: deslizaban . Sus pasos eran tan suaves que parecían no tocar el suelo, pero cada uno de ellos alteraba el aire, como si la ciudad reconociera su presencia y se encogiera.

Ana aceleró, pero la distancia no disminuía. Era como perseguir un recuerdo.

Mario se detuvo en la plaza. Los niños se colocaron alrededor de él, formando una figura que no era geométrica ni humana. Era… intencional .

Ana sintió un pinchazo en el pecho. No era miedo. Era anticipación. La certeza de que algo estaba a punto de ocurrir y que ella no tenía derecho a impedirlo.

—Mario… —susurró—. No sigas.

Mario no se giró. No la miró. No respondió.

Los niños levantaron la cabeza. Sus ojos vacíos se iluminaron con un brillo tenue, como si algo estuviera encendiéndose dentro de ellos.

La plaza vibró. Las farolas se apagaron. Las ventanas temblaron. El suelo se arqueó.

Ana dio un paso hacia atrás.

Un sonido emergió de la avenida. No era un paso. No era una respiración. No era un susurro.

Era un arrastre . Como si algo estuviera siendo arrastrado desde muy lejos, desde un lugar que no pertenecía a la ciudad, desde un lugar que no debería existir.

Mario habló con una voz que no era la suya.

—No vienen por mí.

Ana sintió que el aire se congelaba.

—¿Entonces por quién?

Mario bajó la mano. Los niños hicieron lo mismo. El gesto fue perfecto. Preciso. Inquietante.

—Por todos.

El arrastre se acercó. No rápido. No lento. Con una cadencia que parecía seguir el ritmo del corazón de la ciudad.

Ana sintió que el mundo se inclinaba.

—Mario… por favor…

Mario dio un paso hacia adelante. Los niños lo siguieron. Las sombras también.

—No puedo quedarme —dijo—. No después de lo que vi.

Ana tembló.

—¿Qué viste?

Mario se detuvo. Solo un segundo. Solo un gesto. Solo un parpadeo.

—Lo que la ciudad es cuando nadie la mira.

El arrastre se multiplicó. La noche vibró. La plaza se oscureció por completo.

Ana sintió que el corazón se le rompía.

—Mario… —susurró—. No te vayas.

Mario habló sin girarse.

—No me voy. Estoy entrando.

Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. Las sombras se cerraron.

Ana dio un paso hacia atrás, incapaz de respirar.

El arrastre llegó. No detrás de Mario. No detrás de los niños.

Detrás de ella.

Ana levantó la cabeza.

La noche no la miró.

La noche la eligió .

Y entendió que Mario no había traído nada desde el orfanato.

Lo que caminaba ahora por la ciudad siempre había estado aquí .

Solo necesitaba que alguien lo despertara.