Sobrevive o muere CAPÍTULO 12 — La marcha
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CAPÍTULO 12 — La marcha

El edificio parecía más silencioso que nunca, pero no era un silencio vacío. Era un silencio expectante, como si las paredes estuvieran conteniendo la respiración. Ana permanecía inmóvil frente a la puerta abierta, incapaz de comprender cómo Mario podía estar allí… y no estar allí al mismo tiempo.

Los niños avanzaban detrás de él. No en fila. No en formación. Avanzaban como sombras que habían aprendido a moverse en la oscuridad. Sus pasos eran suaves, casi imperceptibles, pero cada uno de ellos parecía alterar el aire, como si el edificio reaccionara a su presencia.

Mario caminaba delante. No lideraba. No guiaba. No mandaba. Simplemente avanzaba, y los niños avanzaban con él.

Ana dio un paso hacia atrás. No por miedo a los niños. Por miedo a Mario.

Había algo en su rostro que no pertenecía a ningún adulto. Una calma que no era humana. Una ausencia que no era dolor. Una certeza que no era esperanza.

Aurelio observaba desde la penumbra, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera disfrutando de un espectáculo que había esperado durante años.

—La marcha ha empezado —dijo.

Ana apretó los dientes.

—¿A dónde van?

Aurelio sonrió.

—A donde él decida.

Ana sintió un escalofrío.

—Mario no va a llevarlos a ninguna parte. Mario no es como tú.

Aurelio negó con la cabeza.

—Mario no es como yo. Mario es lo que viene después.

Los niños avanzaron por el pasillo. Mario no se giró. No miró atrás. No buscó a Ana. No buscó a Aurelio.

Solo avanzó.

Ana corrió tras ellos.

—¡Mario! ¡Mario, mírame!

Mario se detuvo. Solo un segundo. Solo un gesto. Solo un parpadeo.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

Mario giró la cabeza. Sus ojos no estaban vacíos. No estaban llenos. Estaban… distintos.

—No vengas —dijo.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Mario… no tienes que hacer esto.

Mario negó con la cabeza.

—No estoy haciendo nada. Solo estoy yendo a donde siempre debí ir.

Aurelio habló desde atrás.

—Él ya lo ha entendido. Por fin.

Ana se giró hacia él.

—¿Qué ha entendido?

Aurelio respondió sin dudar.

—Que no puede salvarlos. Pero puede llevarlos consigo.

Ana apretó los dientes.

—¿A dónde?

Aurelio sonrió.

—A donde él vaya.

Mario avanzó de nuevo. Los niños lo siguieron. Sus pasos eran suaves, pero cada uno de ellos parecía resonar en el edificio como un latido.

Ana corrió hacia él.

—¡Mario, por favor! ¡No te vayas!

Mario se detuvo otra vez. Solo un segundo. Solo un gesto. Solo un parpadeo.

—No puedo quedarme —dijo—. No después de lo que vi. No después de lo que soy.

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

—Mario… tú no eres uno de ellos.

Mario la miró. Sus ojos estaban llenos de una frialdad que no era crueldad. Era aceptación.

—Sí lo soy.

Los niños se acercaron más. Uno tomó su mano. Otro se colocó a su lado. Otro apoyó la cabeza en su brazo.

Mario no los apartó.

Aurelio dio un paso hacia adelante.

—La marcha no es un castigo —dijo—. Es un regreso.

Ana retrocedió.

—¿Regreso a qué?

Mario respondió sin dudar.

—A donde pertenezco.

Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. El pasillo se estrechó. La luz se apagó. El edificio pareció inclinarse.

Ana sintió que el mundo se desmoronaba.

—Mario… —susurró—. No te vayas.

Mario habló sin girarse.

—No puedo quedarme. Pero puedo llevarlos conmigo.

Ana tembló.

—¿A dónde?

Mario respondió con una calma que heló el aire.

—A donde yo vaya.

Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. Aurelio desapareció en la sombra. El edificio se oscureció.

Ana dio un paso hacia atrás, incapaz de respirar.

Mario habló por última vez antes de desaparecer en la oscuridad del pasillo.

—No somos los que quedan. Somos los que sobreviven.

Y Ana, incapaz de moverse, entendió que Mario no había sido absorbido por los niños.

Mario los había absorbido a ellos.

El pasillo se estrechaba a medida que avanzaban, como si el edificio quisiera impedir que Ana siguiera a Mario. La luz parpadeaba con un ritmo irregular, como un corazón enfermo. Cada vez que la luz se apagaba, los niños parecían multiplicarse. Cada vez que volvía, parecían más cerca.

Mario caminaba sin prisa. Sin tensión. Sin miedo. Como si cada paso fuera una decisión tomada hace años.

Ana intentó alcanzarlo, pero el aire se volvió más denso. No era una sensación. Era una resistencia. Una fuerza invisible que la empujaba hacia atrás, como si el edificio la rechazara.

—Mario… —susurró, con la voz quebrada—. No te vayas.

Mario no se giró. No la escuchó. O sí la escuchó, pero ya no podía responderle.

Los niños avanzaban detrás de él. Sus ojos vacíos parecían llenarse de una vida que no era humana. Una vida que no pertenecía a ningún niño. Una vida que pertenecía a Mario.

Aurelio caminaba unos metros detrás de Ana, sin prisa, sin tensión, sin miedo. Su presencia era una sombra que no necesitaba luz para existir.

—No puedes detenerlo —dijo.

Ana apretó los dientes.

—Mario sigue siendo Mario.

Aurelio sonrió.

—Mario es un nombre. Lo que hay delante… es otra cosa.

Ana quiso correr, pero el pasillo se estrechó aún más. Las paredes se acercaron. El techo descendió. El suelo vibró.

Los niños aceleraron el paso. Mario también.

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

—Mario… por favor…

Mario se detuvo. Solo un segundo. Solo un gesto. Solo un parpadeo.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

Mario giró la cabeza. Sus ojos estaban distintos. No vacíos. No llenos. Distintos.

—No vengas —dijo.

Ana dio un paso hacia él.

—Mario… no tienes que hacer esto.

Mario negó con la cabeza.

—No estoy haciendo nada. Solo estoy yendo a donde siempre debí ir.

Los niños se acercaron más. Uno tomó su mano. Otro se colocó a su lado. Otro apoyó la cabeza en su brazo.

Mario no los apartó.

Aurelio habló desde atrás.

—La marcha no es un castigo. Es un regreso.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Regreso a qué?

Mario respondió sin dudar.

—A donde pertenezco.

Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. El pasillo se oscureció. La luz desapareció. El edificio pareció inclinarse.

Ana sintió que el mundo se desmoronaba.

—Mario… —susurró—. No te vayas.

Mario habló sin girarse.

—No puedo quedarme. Pero puedo llevarlos conmigo.

Ana tembló.

—¿A dónde?

Mario respondió con una calma que heló el aire.

—A donde yo vaya.

Los niños avanzaron. Mario avanzó con ellos. Aurelio desapareció en la sombra. El edificio se oscureció.

Ana dio un paso hacia atrás, incapaz de respirar.

El pasillo se cerró. No como una puerta. No como una grieta. Como una boca.

La oscuridad tragó a Mario y a los niños.

Ana corrió. Golpeó la pared. Gritó su nombre. Pero la oscuridad no devolvió nada.

Solo un sonido.

Un sonido que no era humano. Ni infantil. Ni mecánico.

Era un sonido de respiración. Una respiración profunda. Una respiración sincronizada. Una respiración que parecía provenir de muchas gargantas a la vez.

Ana apoyó la frente contra la pared. Su cuerpo temblaba. Su voz se rompía. Su mente se hundía.

—Mario… —susurró—. Vuelve.

La respiración aumentó. No en volumen. En presencia.

Ana sintió que el aire se volvía más denso. Más pesado. Más antiguo.

La respiración se acercó. Se acercó más. Más. Más.

Hasta que estuvo justo detrás de la pared.

Ana levantó la cabeza.

La pared vibró.

La respiración se sincronizó con su propio latido.

Y entonces lo entendió.

Mario no había sido absorbido por los niños.

Mario los había absorbido a ellos.

Y ahora avanzaban juntos.

Hacia algún lugar que no tenía nombre.

Hacia algún lugar del que nadie vuelve.

Hacia algún lugar donde solo sobreviven los que ya han caído.