Sobrevive o muere CAPÍTULO 11 — La caída
29%

CAPÍTULO 11 — La caída

La puerta se cerró con un sonido que no pertenecía al metal.

Fue un sonido orgánico, como si el edificio hubiera decidido sellar el espacio entre Mario y el resto del mundo.

Ana se quedó inmóvil, con la mano extendida hacia la puerta, incapaz de comprender si había sido él quien la cerró…

o si la oscuridad había decidido hacerlo por él.

Aurelio permanecía en la penumbra, con la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera escuchando algo que Ana no podía oír. No había satisfacción en su rostro. Tampoco preocupación. Solo una serenidad inquietante, la serenidad de quien sabe que el final ya está escrito.

—No deberías intentar abrirla —dijo Aurelio sin mirarla—. Él ya no está al otro lado.

Ana apretó los dientes.

—Mario sigue siendo Mario.

Aurelio sonrió apenas.

—Mario es un nombre. Lo que hay dentro… es otra cosa.

Ana dio un paso hacia él.

—¿Qué has hecho?

Aurelio la miró con una calma que heló el aire.

—Nada que él no quisiera hacer.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Él no quería quedarse.

—Claro que sí —respondió Aurelio—. Solo necesitaba recordar por qué.

Ana se acercó más, con la rabia temblando en su voz.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

Aurelio no respondió. No porque no quisiera, sino porque no era necesario. La respuesta llegó sola.

Un sonido.

Un sonido que no era humano. Ni infantil. Ni mecánico.

Era un sonido de respiración. Una respiración profunda. Una respiración sincronizada. Una respiración que parecía provenir de muchas gargantas a la vez.

Ana retrocedió un paso.

—¿Qué es eso?

Aurelio habló con voz suave.

—Los que sobreviven.

La respiración aumentó. No en volumen. En presencia. Era como si el aire se llenara de cuerpos que Ana no podía ver, pero que estaban allí, detrás de la puerta, respirando al mismo ritmo que Mario.

Aurelio dio un paso hacia la puerta.

—Él ya no está solo.

Ana sintió que el corazón se le detenía.

—Mario no es uno de ellos.

Aurelio la miró.

—Mario es el primero de ellos.

La respiración se volvió más intensa. Más profunda. Más coordinada.

Ana sintió que el suelo vibraba bajo sus pies.

—¿Qué significa eso?

Aurelio respondió sin dudar.

—Que Mario no ha vuelto con los niños. Los niños han vuelto con él.

Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—No… No puede ser…

Aurelio se acercó a la puerta. Apoyó la mano sobre el metal. El metal vibró. La respiración se sincronizó con su gesto.

—Él los ha aceptado —dijo Aurelio—. Y ellos lo han aceptado a él.

Ana dio un paso hacia atrás.

—¿Qué les ha hecho?

Aurelio negó con la cabeza.

—Nada. Solo les ha dado lo que tú nunca podrías darles.

Ana apretó los dientes.

—¿Qué?

Aurelio respondió con una calma que no era humana.

—Un origen.

La respiración detrás de la puerta se detuvo. No lentamente. No gradualmente. De golpe.

Ana sintió que el silencio la golpeaba como un puñetazo.

Aurelio sonrió.

—Ya están listos.

Ana tragó saliva.

—¿Listos para qué?

Aurelio respondió sin dudar.

—Para salir.

Ana sintió que el aire se congelaba.

—Mario no va a permitirlo.

Aurelio la miró con una expresión que mezclaba compasión y crueldad.

—Mario es quien los está guiando.

Ana retrocedió dos pasos.

—No… No puede ser…

Aurelio apoyó ambas manos sobre la puerta.

—Él ha elegido quedarse. Y cuando uno se queda… los demás siguen.

Ana sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Qué estás diciendo?

Aurelio habló con voz suave.

—Que Mario ya no es un niño que sobrevivió. Es un adulto que recuerda. Y los que recuerdan… mandan.

Ana sintió un escalofrío.

—Mario no va a hacerles daño.

Aurelio sonrió.

—No. Mario no hace daño. Mario enseña.

La puerta vibró. Una vibración profunda. Una vibración que parecía provenir de muchas manos golpeando desde dentro.

Ana retrocedió más.

—¿Qué está pasando?

Aurelio respondió sin dudar.

—Están aprendiendo a salir.

La vibración aumentó. El metal se arqueó. La respiración volvió, más fuerte, más intensa, más sincronizada.

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

—Mario… —susurró—. ¿Qué estás haciendo?

Aurelio dio un paso atrás.

—Lo que siempre estuvo destinado a hacer.

La puerta se abrió.

No lentamente. No con un chirrido. No con un golpe.

Se abrió como si el edificio hubiera decidido dejarles paso.

Ana contuvo la respiración.

Mario estaba allí.

Pero no era el Mario que había entrado.

Sus ojos no estaban vacíos. No estaban llenos. Estaban… distintos.

Detrás de él, los niños.

No alineados. No controlados. No obedientes.

Caminaban.

Caminaban como si hubieran aprendido a hacerlo en ese mismo instante.

Mario dio un paso hacia Ana.

Ella retrocedió.

No por miedo a los niños. Por miedo a él.

Mario habló con una voz que no era la suya.

—No puedo salvarlos. Pero puedo llevarlos conmigo.

Ana sintió que el corazón se le rompía.

—¿A dónde?

Mario respondió sin dudar.

—A donde yo vaya.

Los niños se acercaron. Aurelio sonrió. Ana tembló.

Mario levantó la mano.

—No los detengas —dijo—. No puedes.

Ana sintió que el aire se congelaba.

Mario dio un paso más.

—Ahora… somos los que sobreviven.

Y Ana, por primera vez, entendió que Mario no había vuelto de la oscuridad.

La oscuridad había salido con él.