Sobrevive o muere CAPÍTULO 7 — La selección
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CAPÍTULO 7 — La selección

El pasillo que conducía a la sala diecisiete parecía más largos que antes, como si el edificio hubiera decidido estirarlo para obligarlos a caminar más despacio.

Ana avanzaba detrás de MAS, observando cómo su sombra se deformaba sobre las paredes cubiertas de marcas infantiles.

No eran dibujos inocentes. Eran advertencias.

Eran recuerdos. Eran cicatrices que los niños habían dejado allí para que alguien, algún día, entendiera lo que les habían hecho.

El aire estaba más frío. Más denso. Más antiguo.

Ana sintió que el edificio los observaba. No era paranoia. Era intuición. La intuición de que aquel lugar no estaba abandonado. Estaba esperando.

MAS se detuvo frente a la puerta de la sala diecisiete. La puerta estaba cerrada. Pero no era una puerta normal. Era una puerta que parecía respirar.

Ana tragó saliva.

—Mario… —susurró—. No tenemos por qué entrar.

MAS apoyó la mano sobre el metal. El metal reaccionó. Un susurro. Un clic. Un segundo clic.

—Sí tenemos —dijo él—. Porque ya he estado aquí.

Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—Mario… no recuerdas nada.

MAS levantó la llave. La llave vibró. La puerta se abrió sola.

Ana retrocedió un paso. No por miedo. Por respeto. Por la sensación de que estaban entrando en un lugar que no había sido construido para adultos.

La sala era más grande que las anteriores. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles, pero no eran dibujos repetidos. Eran dibujos progresivos. Como si un niño hubiera intentado contar una historia a través de imágenes.

Figuras sin ojos. Puertas cerradas. Llaves. Sombras. Manos. Y al final… una figura con ojos.

Ana se acercó a uno de los dibujos. La figura con ojos estaba de pie detrás de un grupo de niños. No tenía rostro. Solo ojos. Ojos que parecían mirar directamente a ella.

—Mario… —susurró—. ¿Ves eso?

MAS se acercó. Su respiración se volvió irregular.

—Ese es Aurelio.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Cómo lo sabes?

MAS no respondió. Se acercó a la mesa del centro de la sala. Sobre ella había una caja pequeña, de madera oscura. La abrió.

Dentro había una lista. Una lista escrita a mano. Una lista con diecisiete nombres.

Ana la tomó. Los nombres estaban ordenados por fecha de ingreso. Por edad. Por aptitudes.

Al final de la lista, una frase escrita con tinta roja.

“Diecisiete entran. Uno sale.”

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

—Mario… —susurró—. ¿Quién salió?

MAS tomó la lista. Pasó los dedos por los nombres. Uno a uno. Como si estuviera tocando recuerdos.

Al final de la lista, había un nombre subrayado.

Mario Álvarez Serrano.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Mario… tú eres el que salió.

MAS cerró los ojos. No quería aceptarlo. Pero la sala lo aceptaba a él. La sala lo reconocía. La sala lo recordaba.

—Sí —murmuró—. Yo fui el que salió.

Ana se acercó más.

—¿Y los demás?

MAS abrió los ojos. Había algo en su mirada que no estaba allí antes. Algo que había estado dormido durante años. Algo que ahora despertaba con una fuerza que no podía controlar.

—Los demás… se quedaron.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Se quedaron dónde?

MAS miró la puerta.

—Aquí.

Ana tragó saliva.

—¿Qué les hicieron?

MAS respondió con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano.

—Los moldearon.

Ana sintió que el aire se volvía más pesado.

—¿Moldearon cómo?

MAS se acercó a la pared. Pasó los dedos por uno de los dibujos. El dibujo mostraba a un niño sentado en el suelo, con las manos sobre las rodillas, mirando una puerta cerrada. La puerta tenía un símbolo. El símbolo de selección.

—Con silencio —dijo MAS—. Con miedo. Con obediencia. Con dolor. Con aislamiento. Con pérdida. Con todo lo que un niño no debería conocer.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Mario… ¿tú…?

MAS negó con la cabeza.

—No lo recuerdo. Pero mi cuerpo sí.

Ana se acercó más.

—¿Qué significa eso?

MAS levantó la llave.

—Que Aurelio no solo me eligió. Me preparó.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Para qué?

MAS respondió sin dudar:

—Para volver.

Ana retrocedió un paso.

—¿Volver a dónde?

MAS miró la puerta.

—A donde él está.

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

—Mario… ¿qué significa eso?

MAS abrió los ojos.

—Que Aurelio no está muerto. Que Aurelio no desapareció. Que Aurelio no se escondió. Que Aurelio está aquí. En algún lugar del orfanato. Esperando.

Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Esperando qué?

MAS respondió con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano.

—Esperando que yo lo encuentre.

Ana dio un paso hacia él.

—Mario… no tienes que hacerlo solo.

MAS negó con la cabeza.

—Sí tengo. Porque esto no es un caso. Es mi historia.

Ana sintió que el aire se volvía más pesado.

—¿Y qué vas a hacer?

MAS guardó la llave en el bolsillo.

—Seguir el rastro.

Ana tragó saliva.

—¿Hasta dónde?

MAS respondió sin dudar:

—Hasta donde empiece mi memoria.

La sala pareció inclinarse. Las luces parpadearon. Las paredes crujieron. Y en algún lugar del edificio, una voz infantil susurró:

“El niño ha vuelto.”

Ana sintió que el corazón se le detenía.

MAS abrió los ojos.

—Aurelio sabe que estamos aquí.

Ana retrocedió un paso.

—¿Y ahora?

MAS respondió con una calma que no era humana.

—Ahora empieza la selección.

La puerta se cerró sola. El aire se volvió más denso. La sala se oscureció.