CAPÍTULO 8 — El regreso de Aurelio
El edificio parecía haber cambiado de forma desde la última vez que estuvieron allí.
No era una percepción subjetiva: era una certeza física, una sensación que se instalaba en la piel como un escalofrío persistente.
Las paredes parecían más estrechas, los pasillos más largos, las puertas más numerosas.
Como si el orfanato hubiera decidido revelar partes de sí mismo que habían permanecido ocultas durante décadas.
Ana caminaba detrás de MAS, observando cómo su sombra se proyectaba sobre las paredes con un temblor que no pertenecía a la luz. Había algo en él que no estaba allí antes. Algo que se había despertado en la sala diecisiete. Algo que no era solo memoria. Era identidad.
El aire estaba más frío. Más denso. Más antiguo.
Ana sintió que el edificio los observaba. No era paranoia. Era intuición. La intuición de que aquel lugar no estaba abandonado. Estaba esperando.
MAS avanzó hacia el pasillo principal, guiado por una fuerza que no era suya.
La llave 17B vibraba en su mano como si tuviera vida propia, como si reconociera el camino, como si quisiera adelantarse a él.
Ana observó su espalda. Había algo en su postura que no estaba allí antes.
Algo que no pertenecía al presente. Algo que parecía haber despertado en el sótano, cuando escuchó la voz de Aurelio en la cinta.
El pasillo desembocaba en una puerta metálica que no habían visto antes. No tenía número. No tenía cerradura. Solo un símbolo pintado a mano: un círculo con una línea vertical.
El símbolo de selección.
Ana tragó saliva.
—Mario… —susurró—. No tenemos por qué entrar.
MAS apoyó la mano sobre el metal. El metal reaccionó. Un susurro. Un clic. Un segundo clic.
—Sí tenemos —dijo él—. Porque ya he estado aquí.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—Mario… no recuerdas nada.
MAS levantó la llave. La llave vibró. La puerta se abrió sola.
Ana retrocedió un paso. No por miedo. Por respeto. Por la sensación de que estaban entrando en un lugar que no había sido construido para adultos.
La sala era más grande que las anteriores. Las paredes estaban cubiertas de fotografías. Fotografías de niños. Fotografías de familias. Fotografías de adopciones. Fotografías de desapariciones.
Ana se acercó a una de las fotografías. Era una familia. Una familia sonriente. Una familia que había adoptado a un niño. Un niño que había desaparecido.
—Dios mío… —murmuró.
MAS se acercó a otra fotografía. Era él. De niño. Sentado en una sala blanca. Mirando una puerta cerrada. Con las manos sobre las rodillas. Con los ojos vacíos.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—Mario… —susurró—. Tú estuviste aquí.
MAS no respondió. No porque no quisiera, sino porque no podía. La imagen era demasiado precisa. Demasiado familiar. Demasiado real.
Ana se acercó más.
—Mario… ¿qué te hicieron?
MAS abrió los ojos. Había algo en su mirada que no estaba allí antes. Algo que había estado dormido durante años. Algo que ahora despertaba con una fuerza que no podía controlar.
—Me enseñaron a obedecer.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Y ahora?
MAS miró la puerta.
—Ahora quieren que vuelva.
Ana tragó saliva.
—¿Volver a dónde?
MAS respondió sin dudar:
—A donde él está.
Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.
—Mario… ¿qué significa eso?
MAS abrió los ojos.
—Que Aurelio no está muerto. Que Aurelio no desapareció. Que Aurelio no se escondió. Que Aurelio está aquí. En algún lugar del orfanato. Esperando.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Esperando qué?
MAS respondió con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano.
—Esperando que yo lo encuentre.
Ana dio un paso hacia él.
—Mario… no tienes que hacerlo solo.
MAS negó con la cabeza.
—Sí tengo. Porque esto no es un caso. Es mi historia.
Ana sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Y qué vas a hacer?
MAS guardó la llave en el bolsillo.
—Seguir el rastro.
Ana tragó saliva.
—¿Hasta dónde?
MAS respondió sin dudar:
—Hasta donde empiece mi memoria.
La sala pareció inclinarse. Las luces parpadearon. Las paredes crujieron. Y en algún lugar del edificio, una voz infantil susurró:
“El niño ha vuelto.”
Ana sintió que el corazón se le detenía.
MAS abrió los ojos.
—Aurelio sabe que estamos aquí.
Ana retrocedió un paso.
—¿Y ahora?
MAS respondió con una calma que no era humana.
—Ahora empieza la selección.
La puerta se cerró sola. El aire se volvió más denso. La sala se oscureció.
Y entonces ocurrió.
Una luz se encendió en el fondo de la sala. Una luz tenue. Una luz cálida. Una luz que no pertenecía al edificio.
Ana sintió un escalofrío.
—Mario… ¿qué es eso?
MAS avanzó hacia la luz. Ana lo siguió, aunque cada parte de su cuerpo le decía que no debía hacerlo.
La luz provenía de una habitación pequeña. Una habitación que no habían visto antes. Una habitación que no debería existir.
MAS abrió la puerta.
Dentro había una silla. Una mesa. Una lámpara. Y un hombre.
Un hombre sentado. Un hombre que no se movía. Un hombre que parecía estar esperando.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
El hombre levantó la cabeza.
Sus ojos eran oscuros. Profundos. Inquietantes.
—Hola, Mario —dijo con una voz suave—. Ha pasado mucho tiempo.
Ana retrocedió un paso.
MAS no se movió.
El hombre sonrió.
—Soy Aurelio.
Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.
MAS abrió los ojos.
—Lo sabía.
Aurelio inclinó la cabeza.
—Siempre lo has sabido.
Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
—¿Qué quieres de él? —preguntó.
Aurelio sonrió.
—Lo mismo que quise cuando era niño. Lo mismo que quise cuando lo elegí. Lo mismo que quise cuando lo preparé. Lo mismo que quise cuando lo dejé salir.
Ana tragó saliva.
—¿Qué?
Aurelio respondió con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano.
—Que vuelva.
MAS cerró los ojos.
Aurelio sonrió.
—Bienvenido de nuevo, Mario.
La sala se oscureció. El aire se volvió más denso. La puerta se cerró sola.
Aurelio no se levantó de la silla. No hizo ningún gesto que indicara amenaza.
No levantó la voz. No mostró los dientes.
No extendió las manos. No hizo nada que pudiera interpretarse como violencia.
Y, sin embargo, Ana sintió que el aire se volvía más denso, más pesado, más antiguo.
Como si la presencia de aquel hombre alterara la gravedad del lugar.
MAS permaneció inmóvil. No era miedo. Era reconocimiento.
Aurelio lo observaba con una calma que no era humana. Una calma que solo tienen las personas que han visto demasiado y han sobrevivido a todo. Una calma que no se aprende: se construye.
—Has crecido —dijo Aurelio, como si estuviera saludando a un hijo que vuelve a casa después de muchos años.
Ana sintió un escalofrío. No por la frase. Por el tono.
MAS no respondió. Sus ojos estaban fijos en los de Aurelio, como si estuviera intentando recordar algo que su mente había enterrado bajo capas de silencio y miedo.
Aurelio inclinó la cabeza.
—No recuerdas todo —dijo—. Pero recuerdas lo suficiente.
Ana dio un paso hacia adelante.
—¿Qué quiere decir con eso?
Aurelio la miró como si fuera un ruido molesto. No con desprecio. Con indiferencia.
—Los adultos siempre quieren entender —dijo—. Los niños no. Los niños aceptan. Por eso son mejores.
Ana apretó los dientes.
—¿Mejores para qué?
Aurelio sonrió. Una sonrisa lenta. Una sonrisa que no pertenecía a un ser humano.
—Para sobrevivir.
MAS sintió que el corazón le golpeaba el pecho. La palabra resonó en su mente como un eco antiguo.
Aurelio se levantó de la silla. No hizo ruido. No movió el aire. No alteró nada. Simplemente estuvo de pie.
Ana retrocedió un paso. No por miedo. Por instinto.
Aurelio se acercó a MAS. No demasiado. Solo lo suficiente para que la luz revelara las líneas de su rostro.
No era un anciano. No era un hombre joven. Era algo intermedio. Algo que no encajaba en ninguna categoría.
—Mario —dijo con voz suave—. ¿Sabes por qué te elegí?
MAS tragó saliva.
—No.
Aurelio sonrió.
—Porque no llorabas.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué significa eso?
Aurelio la miró.
—Que Mario era perfecto.
MAS cerró los ojos. La palabra “perfecto” le golpeó la memoria como un martillo.
Aurelio continuó.
—Los demás lloraban. Los demás gritaban. Los demás pedían ayuda. Mario no. Mario observaba. Mario escuchaba. Mario aprendía. Mario obedecía.
Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.
—¿Qué le hicieron? —preguntó.
Aurelio sonrió.
—Lo mismo que a los demás. Pero él sobrevivió.
MAS abrió los ojos.
—¿Por qué yo?
Aurelio se acercó un poco más.
—Porque tú eras el único que podía volver.
Ana retrocedió un paso.
—¿Volver a qué?
Aurelio la miró como si la pregunta fuera irrelevante.
—A mí.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere de él?
Aurelio respondió con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano.
—Lo mismo que quise cuando era niño. Lo mismo que quise cuando lo elegí. Lo mismo que quise cuando lo preparé. Lo mismo que quise cuando lo dejé salir.
Ana tragó saliva.
—¿Qué?
Aurelio respondió sin dudar:
—Que termine lo que empezó.
MAS sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Qué empecé?
Aurelio sonrió.
—La selección.
Ana dio un paso hacia él.
—¿Qué es la selección?
Aurelio la miró con una calma que heló el aire.
—Diecisiete entran. Uno sale. Los demás… sirven.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—¿Sirven para qué?
Aurelio respondió con una voz que parecía venir de las paredes.
—Para mí.
MAS apretó los dientes.
—¿Dónde están los demás?
Aurelio sonrió.
—Aquí.
Ana sintió un escalofrío.
—¿Aquí dónde?
Aurelio levantó la mano. Señaló la pared.
La pared se movió.
No se abrió. No se deslizó. No se rompió.
Se movió.
Como si fuera piel.
Ana retrocedió dos pasos.
Detrás de la pared había una habitación. Una habitación pequeña. Una habitación llena de camas. Camas pequeñas. Camas alineadas. Camas ocupadas.
Ana sintió que el aire se congelaba.
Los niños estaban allí. Sentados. Inmóviles. Con los ojos abiertos. Con la mirada fija. Con la respiración controlada.
MAS sintió que el corazón se le detenía.
—Dios mío… —susurró Ana.
Aurelio sonrió.
—Los diecisiete.
Ana sintió un golpe en el pecho.
—Mario… —susurró—. Ellos…
MAS no podía hablar.
Aurelio se acercó a los niños. Pasó la mano por la cabeza de uno de ellos. El niño no reaccionó.
—Son perfectos —dijo Aurelio—. Como tú.
Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.
—¿Qué les hizo?
Aurelio la miró.
—Lo mismo que a Mario. Solo que ellos no salieron.
MAS sintió que el mundo se desmoronaba.
Aurelio se acercó a él.
—Mario… —dijo con voz suave—. Ha llegado el momento.
Ana dio un paso hacia adelante.
—¿El momento de qué?
Aurelio sonrió.
—De elegir.
MAS abrió los ojos.
—¿Elegir qué?
Aurelio respondió con una calma que no era humana.
—Quién sale.
Ana sintió que el corazón se le detenía.
—No… —susurró—. No puede ser…
Aurelio la miró.
—La selección siempre se repite. Diecisiete entran. Uno sale.
MAS sintió que el aire se volvía más denso.
—¿Y si no elijo?
Aurelio sonrió.
—Entonces no sales.
Ana sintió un escalofrío.
—Mario… no lo escuches.
Aurelio la miró.
—Él ya me escuchó cuando era niño. Y me escuchará ahora.
MAS cerró los ojos.
Aurelio se acercó más.
—Mario… Elige.
La sala se oscureció. Las luces parpadearon. Los niños levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Ana sintió que el aire se congelaba.
Aurelio sonrió.
—La selección ha comenzado.
Y el capítulo terminó con una frase que no pertenecía a ninguno de ellos.
Una frase que parecía venir de las paredes.
“Solo uno sale.”