Sobrevive o muere CAPÍTULO 6 — El archivo oculto #2
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CAPÍTULO 6 — El archivo oculto #2

MAS dio un paso dentro. Ana lo siguió, aunque cada parte de su cuerpo le decía que no debía hacerlo.

La sala era pequeña. Demasiado pequeña. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles. No eran dibujos normales. Eran dibujos repetidos, obsesivos, como si los niños hubieran intentado recordar algo que no podían decir con palabras.

Figuras sin ojos. Puertas cerradas. Llaves. Manos. Sombras.

Ana se acercó a uno de los dibujos. Era más elaborado que los demás. Una figura sin ojos. Y detrás de ella… otra figura. Una figura con ojos.

—Mario… —susurró—. ¿Ves eso?

MAS se acercó. Su respiración se volvió irregular.

—Ese es Aurelio —dijo con voz baja.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Cómo lo sabes?

MAS no respondió. Se acercó a la mesa. Sobre ella había un objeto metálico. Una placa. Una placa con un nombre grabado.

17B — Mario Álvarez Serrano.

Ana se quedó inmóvil.

—Mario… —susurró—. Esta sala era tuya.

MAS cerró los ojos. No quería aceptarlo. Pero la sala lo aceptaba a él. La sala lo reconocía. La sala lo recordaba.

—Aquí… —murmuró—. Aquí me enseñaron a no llorar.

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

—Mario… ¿qué te hicieron?

MAS abrió los ojos. Había algo en su mirada que no estaba allí antes. Algo que había estado dormido durante años. Algo que ahora despertaba con una fuerza que no podía controlar.

—Me enseñaron a obedecer.

Ana dio un paso hacia él.

—Mario… no eres ese niño.

MAS negó con la cabeza.

—Sí lo soy. Siempre lo he sido. Solo que no lo recordaba.

Ana sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué más recuerdas?

MAS levantó la llave. La observó como si fuera un objeto vivo.

—Recuerdo una voz —dijo—. Una voz que decía mi nombre. Una voz que decía que yo era especial. Una voz que decía que yo era el único que podía sobrevivir.

Ana tragó saliva.

—¿La voz de Aurelio?

MAS asintió.

—Sí.

Ana sintió que el aire se volvía más pesado.

—Mario… ¿qué significa eso?

MAS respondió sin dudar:

—Que Aurelio no solo me eligió. Me creó.

Ana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Y ahora?

MAS guardó la llave en el bolsillo.

—Ahora quiere que vuelva.

Ana dio un paso hacia él.

—¿Volver a dónde?

MAS se giró hacia la puerta.

—A donde empezó todo.

La luz del pasillo parpadeó. Las paredes crujieron. Y en algún lugar del edificio, una voz infantil susurró:

“Sala diecisiete.”

Ana sintió que el corazón se le detenía.

MAS cerró los ojos.

—Aurelio nos está guiando.

Ana retrocedió un paso.

—¿Guiando hacia qué?

MAS abrió los ojos.

—Hacia él.

El pasillo parecía más estrecho a medida que avanzaban, como si las paredes se acercaran a ellos con una intención silenciosa.

Ana caminaba detrás de MAS, observando cómo su sombra se proyectaba sobre las marcas infantiles que cubrían el suelo.

No eran dibujos inocentes. Eran advertencias. Eran recuerdos. Eran cicatrices.

La luz tembló. Una vibración leve recorrió el aire, como si el edificio hubiera exhalado. Ana se detuvo.

—Mario… ¿has oído eso?

MAS no respondió. No porque no quisiera, sino porque estaba escuchando algo que Ana no podía oír. Algo que no pertenecía al presente.

La voz.

Una voz infantil. Una voz que no debería existir. Una voz que parecía venir de detrás de las paredes.

“Sala diecisiete.”

Ana sintió que el corazón se le detenía. No era un susurro. No era un eco. Era una instrucción.

MAS avanzó hacia la puerta metálica del fondo del pasillo. La llave 17B vibraba en su mano como si tuviera vida propia. Ana lo siguió, aunque cada parte de su cuerpo le decía que no debía hacerlo.

La puerta estaba cerrada. Pero no era una puerta normal. Era una puerta que parecía observarlos.

MAS levantó la llave. La apoyó sobre el metal. La puerta reaccionó como si reconociera un código genético.

Un clic. Un segundo clic. Un susurro metálico.

La puerta se abrió sola.

Ana sintió que el aire se volvía irrespirable.

La sala era más grande que las anteriores. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles, pero no eran dibujos repetidos. Eran dibujos progresivos. Como si un niño hubiera intentado contar una historia a través de imágenes.

Figuras sin ojos. Puertas cerradas. Llaves. Sombras. Manos. Y al final… una figura con ojos.

Ana se acercó a uno de los dibujos. La figura con ojos estaba de pie detrás de un grupo de niños. No tenía rostro. Solo ojos. Ojos que parecían mirar directamente a ella.

—Mario… —susurró—. ¿Ves eso?

MAS se acercó. Su respiración se volvió irregular.

—Ese es Aurelio.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Cómo lo sabes?

MAS no respondió. Se acercó a la mesa del centro de la sala. Sobre ella había una caja pequeña, de madera oscura. La abrió.

Dentro había una cinta magnetofónica. Una cinta con una etiqueta escrita a mano.

“Sesión 17B — Archivo final.”

Ana tragó saliva.

—Mario… no la pongas.

MAS tomó la cinta. La observó como si fuera un objeto vivo. Como si contuviera algo que había estado esperando durante años.

—Tengo que hacerlo —dijo.

Ana negó con la cabeza.

—No sabes lo que hay ahí.

MAS la miró.

—Sí lo sé.

La sala pareció oscurecerse. Las luces parpadearon. El aire se volvió más denso.

MAS colocó la cinta en el reproductor que había sobre la mesa. Era un aparato antiguo, cubierto de polvo, pero funcional. Como si alguien lo hubiera dejado allí para ese momento.

Presionó el botón.

El sonido que salió del altavoz no fue un sonido humano. Fue un sonido de respiración. Una respiración lenta. Una respiración controlada. Una respiración que no pertenecía a un niño.

Luego, una voz.

Una voz masculina. Una voz profunda. Una voz que no necesitaba presentarse.

“Caso 17B. Sesión final.”

Ana sintió que el aire se congelaba.

La voz continuó.

“El niño ha demostrado resistencia. Obediencia. Adaptación. Silencio. El niño está listo.”

MAS cerró los ojos. La voz era la misma que escuchaba en sus sueños. La misma que había marcado su infancia sin que él lo supiera.

La voz siguió.

“Mario… mírame.”

Ana se giró hacia MAS. Él estaba inmóvil. Como si la voz lo hubiera paralizado.

La cinta continuó.

“Eres el único que sobrevivió. Eres el único que recuerda. Eres el único que volverá.”

Ana sintió un golpe en el pecho.

—Mario… —susurró—. Apaga eso.

MAS no la escuchó. O sí la escuchó, pero no podía moverse.

La voz siguió.

“Cuando seas adulto, volverás a mí. Cuando seas adulto, me buscarás. Cuando seas adulto, sabrás quién eres.”

Ana se acercó al reproductor. Quiso apagarlo. Pero la cinta siguió reproduciéndose, aunque ella no tocara nada.

“Mario… ya estás aquí.”

Ana retrocedió un paso.

La voz cambió. Se volvió más suave. Más cercana. Más peligrosa.

“Bienvenido de nuevo.”

La cinta se detuvo. El silencio llenó la sala. Un silencio que no pertenecía al abandono. Un silencio que pertenecía a la memoria.

MAS abrió los ojos. Había algo en su mirada que no estaba allí antes. Algo que había estado dormido durante años. Algo que ahora despertaba con una fuerza que no podía controlar.

Ana dio un paso hacia él.

—Mario… ¿qué significa esto?

MAS respondió con una voz que parecía venir de un lugar muy lejano.

—Que Aurelio no solo me eligió. Me preparó.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Para qué?

MAS miró la puerta.

—Para volver.

Ana tragó saliva.

—¿Volver a dónde?

MAS respondió sin dudar:

—A donde él está.

La luz parpadeó. Las paredes crujieron. Y en algún lugar del edificio, una voz infantil susurró:

“Sala diecisiete.”

Ana sintió que el corazón se le detenía.

MAS guardó la llave en el bolsillo.

—Aurelio nos está guiando.

Ana retrocedió un paso.

—¿Guiando hacia qué?

MAS abrió los ojos.

—Hacia él.

La sala pareció inclinarse. El aire se volvió más denso. La puerta se cerró sola.

Y el capítulo terminó con una frase que no pertenecía a ninguno de ellos.

Una frase que parecía venir de las paredes. “El niño ha vuelto.”