Capítulo 7
Sky
Soñé con Moerrven en su bañera de piedra en su cabaña de piedra, el agua termal humeando a su alrededor mientras sus músculos ondulaban con cada movimiento.
Estaba arrodillado en el borde con la mano alrededor de su polla, acariciándolo despacio, observando cómo el agua chapoteaba contra el borde cada vez que sus caderas se sacudían.
El Moerrven del sueño miraba mi polla como si quisiera devorarla, y me llamaba Señor, mientras yo le susurraba elogios obscenos al oído, llevándolo cada vez más cerca del límite, hasta que me sentía tentado de dejar que el sumiso putito tuviera su orgasmo.
Me desperté sobresaltado, jadeando, desorientado por un momento mientras el recuerdo de mi sueño se mezclaba con una realidad en la que tenía la cara apoyada en el pecho desnudo de Moerrven, y la polla tan dura que dolía.
Nos habíamos quedado dormidos uno al lado del otro, ¿no?
Moerrven había puesto una distancia respetuosa entre nosotros, y luego...
bueno, debí de desmayarme del agotamiento porque no recordaba nada después de eso.
Ahora, la distancia no era respetuosa. Estaba desparramado sobre él, con una pierna sobre su muslo, el brazo sobre su estómago, la mejilla presionada contra su piel desnuda.
Su brazo me rodeaba, lo bastante pesado para mantenerme inmovilizado allí, con la mano en la parte baja de mi espalda, bajo la camiseta.
Un pájaro gorjeó afuera, y la ventana ya clareaba con el amanecer.
Poppy ronroneaba en algún lugar cercano.
Había otro sonido también, un latido lento y profundo bajo mi oído que me recordó que necesitaba salir de esta posición ridícula antes de que Moerrven se despertara.
No es que lo que había hecho mientras dormía fuera culpa mía en absoluto.
Claramente, por la mano en mi espalda, el Moerrven dormido había sido cómplice.
Pero eso no significaba que él tuviera que sentir mi erección dejando una mancha húmeda contra su cadera.
Su piel era suave y olía a jabón de cedro y a un almizcle masculino cálido. Y necesitaba moverme. Ya.
Pero no quería despertarlo. Perdería el calor, el peso de su brazo, el sonido de su respiración.
Supe el momento exacto en que se despertó, porque en cuanto cobró conciencia, todo su cuerpo se puso rígido.
El brazo que me rodeaba se tensó durante un segundo involuntario, acercándome más, y se quedó inmóvil.
—Buenos días —dije, tratando de sonar despreocupado.
Su pecho se expandió con una respiración controlada.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
Tragó saliva, tan fuerte que pude oírlo.
—Sí.
—Yo también. El mejor que he tenido en mucho tiempo —bostecé contra su pecho. El sueño todavía se me pegaba como el vapor—. Eres como un colchón con calefacción. ¿Alguien te lo ha dicho? Eres muy cálido, y estoy muy cómodo, y para que quede perfectamente claro, no era mi intención acabar aquí.
—Entendido.
—Pero ahora que he acabado aquí mientras dormía, me gustaría quedarme. A menos que quieras que me mueva.
No dijo nada, y su brazo se quedó donde estaba. Nos quedamos allí en la luz gris de la mañana, respirando, mientras su ritmo cardíaco se iba calmando tras el sobresalto inicial de despertarse con un humano pegado a él.
—Tu corazón latía bastante rápido hace un momento —dije.
—Me sobresalté.
—¿Sobresaltado por qué? ¿Por el abrazo? Anoche quedó establecido lo de abrazarnos. ¿No deberías fingir que es una antigua tradición trol? Subsección: abrazos matutinos.
—No existe tal subsección. Y no estoy fingiendo. ¿Por qué ibas a pensar eso?
—Por nada —mierda, yo y mi bocaza nos habíamos olvidado por completo de mi plan malvado de sacarle todo el jugo a esto.
Como siguiera así, acabaría diciéndole que sabía que iba contándole a la gente que yo era su alma gemela.
Y eso no podía pasar, porque entonces los posaderos no nos meterían en una sola habitación juntos.
No, estaba entregado a mi plan. Tan entregado que hundí la cara en su clavícula y aspiré su olor, y sus dedos se curvaron con más fuerza contra mi cadera.
Nos quedamos así. Su pulgar se movió una vez, trazando un arco lento sobre la curva de mi cadera, y no sabía si era consciente de lo que hacía.
—Moerrven.
—Mm.
—Sobre anoche.
Todo su cuerpo se tensó de nuevo.
—Sky...
—¿Quieres hablar sobre lo que dijiste anoche? Sobre ser viudo —eché la cabeza hacia atrás y lo miré. A la luz del amanecer, su rostro estaba cauteloso, a la defensiva—. No voy a presionarte con eso. Pero ¿puedo preguntarte algo?
—Si digo que no, ¿te detendrá?
—Es justo. No, no lo hará, porque me gusta tener las cosas claras, y esta me está reconcomiendo —le sostuve la mirada—. ¿Quieres follarme?
Sus orejas se volvieron azules, un rubor furioso e inmediato que se extendía desde las puntas hasta la mandíbula. La boca se le abrió y cerró, y no salió ningún sonido. Su mano había dejado de moverse en mi cadera. Todo su cuerpo estaba tan tenso que cada músculo parecía trabado contra los demás.
—Porque yo quiero que lo hagas —dije—. Me atraes. Me atraes desde que me recogiste de un puente como si fuera un saco de harina. He leído tus libros y he pensado en tus manos y en la posibilidad de que seas sumiso...
—¿Sumiso? —frunció el ceño.
—...y he tenido fantasías extremadamente detalladas —sonreí—. Así que solo pregunto. Directamente. ¿Quieres?
—Eso no es... —le salió la voz estrangulada. Se aclaró la garganta—. La pregunta es considerablemente más complicada de lo que parece.
—Pues no lo es. Bueno, a menos que te vaya el sexo complicado. Una vez probé el shibari, y no tuve paciencia para pasarme horas enrollando cuerdas alrededor de un tío. Solo quería inmovilizarlo y follármelo, ¿sabes?
Me miró fijamente. Apretó la mandíbula. El rubor se extendía ahora por su cuello, deslizándose sobre su clavícula desnuda, y su pecho subía y bajaba deprisa.
Contra la cara interna de mi muslo, donde tenía la pierna sobre él, la prueba contundente decía que la pregunta no era, de hecho, tan complicada como él pretendía.
—No te comiste los pasteles —dijo él.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Anoche. Compraste un paquete entero de pasteles en la panadería y no te los comiste. Debes de tener hambre.
Ya se estaba incorporando, apartándome, sacando las piernas de la cama.
—Deberíamos comer antes de irnos. El camino de hoy es más exigente.
Me quedé tumbado en el hueco cálido que su cuerpo había dejado en el colchón y lo observé ponerse la camisa. Los músculos de su espalda se movían de manera deliciosa bajo esa piel gris azulada, y podía imaginarme dejándole marcas, si tan solo tuviera mi flogger.
No me miró mientras se vestía. Pero sus orejas seguían azules.
—Tenemos un día largo —dijo.
Abrió la puerta, y el aire frío del pasillo entró de golpe y se llevó su calor.
Me quedé en la cama otro minuto, presionando la base de la palma contra mi polla, que tenía sus propias opiniones sobre cómo había terminado esa conversación. Poppy se subió al edredón, se sentó sobre mi pecho y me miró con calma, con un juicio imperturbable.
—No dijo que no —le dije—. No dijo que sí, pero que no haya dicho que no me parece una puerta abierta, ¿no crees?
Poppy bostezó, lo que interpreté como que estaba de acuerdo. Le di las gracias y le rasqué detrás de las orejas, mimándola un poco a ella también.
Me levanté, me vestí, me eché agua en la cara de la palangana.
Agarré el paquete de pasteles envuelto en papel que había en la mesa y lo abrí.
Dentro había dos hojaldres de cereza, dos de manzana, varios panecillos crujientes, una especie de tarta de queso y una nota de la panadera invitándome a disfrutarlos. Así que eso hice.