Capítulo 8
Moerrven
Sky subió al carro con un hojaldre de cereza en una mano y a Poppy metida bajo el otro brazo.
—Están increíbles. Deberías probar uno —dijo, y me lo tendió.
Lo cogí, no porque tuviera hambre, sino porque me daba algo que hacer con la boca. No era educado hablar mientras uno masticaba un hojaldre. Y yo era un cobarde.
La mañana era fresca, el cielo despejado, y Clover salió de Sorrend con su habitual indiferencia hacia las prisas. Sky se acomodó sobre su manta, colocó a Poppy en su regazo y se comió un segundo hojaldre, lamiéndose el azúcar del pulgar. Intenté no mirarlo.
Lo hizo de forma tan lenta y erótica que estaba seguro de que era intencionado.
No mencionó la conversación. No mencionó la mañana. Habló de las orejas de Poppy, del color del cielo y de un lugar que había visitado una vez, con montañas parecidas a estas.
—Estás muy callado —dijo, al cabo de un rato.
—Estoy conduciendo.
—Ayer también estabas conduciendo, y aun así me señalaste un arroyo donde una vez paraste a merendar uvas y queso.
—Estoy concentrado.
—¿En qué? No creo que Clover se saliera del camino ni aunque se lo pidieras.
Estiró las piernas, cruzó los tobillos y levantó el rostro hacia el sol. La luz resaltó las líneas de su garganta, el corte afilado de su mandíbula. Redirigí mi atención a las orejas de Clover, que eran grandes e inofensivas.
—El camino se vuelve más difícil después de Sorrend —dije—. Las curvas cerradas a lo largo del lago Stonedeep requieren…
Se incorporó.
—¿Hay un lago?
—El lago Stonedeep. La mayor masa de agua de los condados del norte. Seguiremos su orilla occidental durante casi todo el día.
—¿Es bonito?
—Se considera uno de los paisajes más hermosos de Qoksmere.
Las curvas cerradas descendían a través del bosque de pinos, los árboles fueron raleando, y entonces el lago apareció debajo de nosotros como algo que yo podría haber escrito si hubiera tenido el talento para plasmarlo como merecía.
El lago Stonedeep se extendía hasta las montañas lejanas, vasto y quieto como un cristal, reflejando los picos en un agua tan clara que se veían las formaciones de piedra bajo su superficie.
La luz de la mañana lo teñía todo de dorado, azul y nitidez.
Sky enmudeció.
Lo miré de reojo. Contemplaba el lago con los labios entreabiertos, una mano aún posada sobre Poppy.
—Oh —dijo en voz baja.
Aparté la mirada antes de que pudiera pillarme observándolo. El dolor tras las costillas era un inconveniente, y lo atribuí a la altitud.
—Vale, eso es precioso —suspiró—. Es el lago Tahoe multiplicado por mil. No teníamos nada así en San José.
No sabía qué era el lago Tahoe, ni San José, pero preferí no indagar en detalles que pudieran recordarle lo que había perdido.
Descendimos hacia la orilla del lago. El camino se niveló y discurría a lo largo de la ribera occidental, lo bastante cerca como para oír el agua lamer las piedras.
El aire olía a pino y roca húmeda. El día me daba ganas de detener el carro, sentarme en la orilla y simplemente existir durante un rato, algo que no había deseado en mucho tiempo.
Sky sacó un libro de debajo del banco. No era La novia del muro de piedra. Era otro libro, uno que no reconocí, con cubierta de cuero azul y letras plateadas.
—¿Qué es eso?
—Lo encontré en la biblioteca de intercambio de la posada. La posadera me preguntó si tenía algún libro tuyo para donar, así que le di uno, y ella me dio este a cambio. Mierda, espero que no te importe. Te habría preguntado, pero cierta persona me estaba evitando.
—No pasa nada. Lo hago a menudo —dije.
Levantó el libro. El título rezaba El hogar helado.
—Va de un dragón de hielo y un trol panadero. Dos tíos —me sonrió—. Encontré uno en el que dos hombres follan. Porque sé que querías estimular nuestra imaginación.
Abrí la boca y volví a cerrarla.
—No recuerdo haber dicho eso.
—Mmm. Error mío. ¿Lo conoces?
—Sí, pero no lo he leído.
Ellemere Ashwood lo había escrito hacía una década, y era, según todos los testimonios, bastante encantador.
—¡Oh! ¡Eso es perfecto! Puedo leértelo.
—Es del todo innecesario.
—Llevas horas conduciendo sin nada que escuchar salvo los cascos de Clover y tu propio monólogo interior. Necesitas entretenimiento.
Abrió el libro por el capítulo cuatro.
—Lo empecé esta mañana mientras ensillabas a Clover e insistías en que no necesitabas ayuda. Es muy bueno. El dragón es precioso. ¿Has conocido alguna vez a un dragón de hielo?
—No. Son bastante raros. El único que conozco es miembro de la corte real.
—¿Hay otros tipos de dragones?
—De fuego y de agua.
—Bueno, pues los dragones de hielo suenan de lo más soñados en forma humana, con su pelo plateado y su piel pálida. ¿Crees que sus pollas son más de dragón que de humano?
Elegí ese momento para dar un largo trago de agua de la cantimplora, dejándolo parlotear sobre las proporciones de las pollas de dragón como si fuera un tema de conversación sensato para un camino público. Aunque no había nadie alrededor.
Comenzó a leer en voz alta, con un tono cálido, rico y lleno del mismo encanto que tenía al hablar. Leía por instinto, dándole al dragón su frialdad contenida y a Joku, el trol, su calidez áspera, y en algún momento de la primera página dejé de pensar en protestar y me puse a escuchar.
Para el sexto capítulo, Sky estaba tumbado en el banco con la cabeza apoyada en mi muslo.
Todo había sucedido gradualmente. Primero se había inclinado un poco, luego se fue deslizando hasta aterrizar sobre mí como si fuera una almohada y no una persona.
Poppy había migrado a su pecho, y él jugueteaba distraídamente con su pelaje mientras leía.
Yo mantuve ambas manos en las riendas con diligencia, aunque, en mi imaginación, mi mano derecha acariciaba su cabello.
Olía al jabón de cedro que había usado en la posada y, bajo eso, a un almizcle más profundo y masculino.
Su boca estaba a unos diez centímetros de mi polla, que llevaba en un estado de interés persistente desde la conversación del amanecer y ahora manifestaba sus opiniones con renovado entusiasmo.
Ajusté las riendas. No moví la pierna.
—«Las manos de Joku eran enormes» —leyó Sky—, «y estaban espolvoreadas de harina, y cuando dejó la hogaza sobre el mostrador, sus dedos rozaron la muñeca de Hoareyn, y el calor de trol, el calor de pan de ese contacto se extendió por el brazo de Hoareyn como un deshielo».
Hizo una pausa.
—Calor de trol. ¿Eso existe? ¿De verdad sois más cálidos que otras especies?
—Creo que los troles tenemos una temperatura algo más alta que los humanos, sí. Estamos adaptados a las montañas y las cuevas.
Sky apretó la mejilla con más firmeza contra mi muslo y emitió un ruidito de satisfacción.
—Mm, por eso fue tan agradable dormir a tu lado. Siempre tengo frío.
Mantuve la vista en el camino.
El lago Stonedeep brillaba a nuestra derecha. Un halcón trazaba círculos sobre el agua. Todo en Qoksmere era hermoso y pausado, y nada de eso me servía de ayuda.
—¿Quieres que pare? —preguntó.
—No.
Siguió leyendo. Se movió y su cabeza presionó con más firmeza contra mi muslo, y pensé en la pregunta que me había hecho en la luz grisácea del amanecer, su cuerpo cálido contra el mío, esos ojos oscuros retándome a responder.
«¿Quieres follarme?»
En lugar de darle la negativa digna de un viudo con solo cinco años de luto, había invocado pasteles. De todas las respuestas posibles, había elegido bollería. Porque sabía que se distraía fácilmente con la comida.
Él lo había hecho sonar tan sencillo, cuando mi respuesta era algo complicado, con el nombre de una esposa muerta entretejido en ella. No podía separar lo que deseaba de lo que había perdido, y el deseo mismo se sentía como una traición a algo que no estaba listo para dejar ir.
Pero en el fondo, sabía que la respuesta era sí.
Sí lo deseaba. Y no sabía qué hacer con esa respuesta porque era un novelista trol de mediana edad que había enterrado al amor de su vida.
Me había prometido que nunca volvería a sentir ese dolor, aunque viviera otros trescientos años, algo muy probable para un trol.
—«Joku puso una mano sobre el hombro de Hoareyn» —leyó Sky—, «y Hoareyn se estremeció, no de dolor, sino por la conmoción del calor.
Nadie lo tocaba. Era demasiado frío, demasiado cortante, demasiado ajeno.
Y este trol, este hombre enorme y gentil con harina en el delantal, lo tocó como si nada.
Como si fuera simplemente alguien que necesitaba que lo alimentaran».
Sky dejó de leer. Se quedó callado un momento.
Pasé las riendas a una mano y la otra se deslizó entre su cabello.
Mis dedos se entrelazaron con las hebras oscuras de forma automática, como cuando acaricio a Poppy al pasar.
Y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, ya estaba pasando los dedos por la suavidad de su pelo como si fuera algo que hacía todas las tardes.
La voz de Sky titubeó en la siguiente línea. Un pequeño tropiezo, fugaz, antes de que se recuperara y siguiera leyendo. Pero su garganta se movió al tragar, y la mano que sostenía el libro le tembló un instante.
Las hebras eran finas y oscuras, y se deslizaban entre mis dedos con una sedosidad que no encontrabas en el cabello de los troles.
Su cuero cabelludo estaba cálido bajo las yemas de mis dedos.
Cuando mi pulgar trazó el borde de su oreja, exhaló, una respiración lenta y controlada que me indicó que se estaba esforzando por mantener la calma.
—Me estás acariciando —dijo, sin levantar la vista del libro.
—Estoy quitando una hoja de tu cabello.
—¿Qué hoja?
—Ya no está.
—Entonces, ¿por qué siguen tus dedos en mi cabello?
«Porque soy un idiota y no puedo parar. Porque es agradable tocarte».
—Viento —dije.
Se rio, una risa auténtica, cálida y cercana, y la vibración me recorrió el muslo.
—Viento. Claro. Antigua tradición trol. Subsección: acariciar el cabello por culpa del viento.
—¿Por qué sigues actuando como si me inventara las tradiciones?