Siete #2
Apenas pude pronunciar las palabras antes de que sus dientes se clavaran en mi labio con tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre inundó mi boca.
El dolor era tan placentero, por leve que fuera, que casi me corro allí mismo.
Paxton gimió y dejó caer sus manos sobre mis caderas, atrayéndome hacia él.
El contorno duro de su polla se presionó contra mí, y me retorcí ligeramente para frotarme contra él.
Jadeé cuando deslizó las manos hacia mi culo y me levantó del suelo para no tener que seguir agachándose para besarme.
Paxton me inmovilizó contra el árbol, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, agarrándome a él para no resbalar hacia abajo cuando me soltara.
Manos fuertes y callosas se enredaron en mi pelo y me echaron la cabeza hacia atrás.
Solté un pequeño siseo, pero fue una respuesta automática.
No quería que parara. Si acaso, quería que fuera más brusco conmigo, pero me costaba concentrarme en nada cuando la sangre me goteaba por el labio y la áspera corteza del árbol se me clavaba en la espalda.
Me miró fijamente antes de pasar el pulgar por la sangre que se acumulaba en mi labio. Me metí su pulgar en la boca y lamí mi sangre de él.
—Eres un jodido provocador —gruñó y me mordió el cuello.
No pude evitar el pequeño gemido desesperado que se escapó de mis labios, ni el estremecimiento de placer que me recorrió.
Quería gritar: —¡Sí, sí, sí! Muérdeme, aráñame, hazme daño— Nadie me había tratado así nunca, y estaba tan desesperado por recibirlo que no me importaba si él era lo peor para mí.
Y entonces tuvo que ir y estropearlo todo.
Me tiró de la camiseta, que llevaba metida por dentro de los pantalones. Intenté apresurarme para detenerlo, pero no fui lo suficientemente rápido. Sus dedos rozaron las cicatrices de mi estómago y se detuvo, con preocupación grabada en sus rasgos ásperos.
—Paxton, no...—
No me hizo caso. Pax me subió la camiseta hasta el final, dejando al descubierto mi abdomen ante el mundo y ante él, mientras mi cara ardía.
La ira brilló en sus ojos mientras pasaba los dedos por la colección de cicatrices superficiales que desfiguraban mi cuerpo. —¿Quién te hizo esto?—
Me bajé la camiseta y lo empujé hacia atrás. —Déjame en paz— Intenté alejarme, pero no llegué muy lejos antes de que me agarrara del brazo y me tirara hacia atrás.
—¿Quién coño te hizo daño?— exigió, con fuego en los ojos. —¿Fue tu ex? ¿Ese capullo del que me hablaba tu hermano en Florida? Porque si fue él...—
—Fui yo —solté sin pensar y luego me avergoncé de lo estúpido que sonaba. Pero ya estaba dicho. No había vuelta atrás— ¡Lo hice yo, joder, ¿vale?!
Aflojó el agarre y me solté. —War…—
—No me mires así, joder —gruñí, luchando por meterme la camiseta por dentro— No es eso. No es lo que piensas.
—¿Y qué se supone que debo pensar?
—Nada —espeté— No es asunto tuyo, joder.
Me pasé una mano por el labio. Maldita sea. Ahora estaba sangrando por todas partes.
Mientras estaba ocupado tratando de limpiar la sangre que me corría por la barbilla, Paxton volvió a abalanzarse sobre mí. Me quedé paralizado cuando me tomó la cara entre sus grandes manos, acariciándome las mejillas con sus pulgares callosos.
Luego se inclinó y lamió la sangre de mi labio. Luché contra el impulso de estremecerme.
—No —susurré.
—¿Por qué no?—
—Porque no es… No es higiénico. No sabes dónde he estado. Si he estado expuesto a… cosas. Tragué saliva, cerrando los puños con tanta fuerza que me dolían.
—¿Por qué no te relajas y te permites disfrutar de algo por una vez? —gruñó y me besó de nuevo, esta vez con más agresividad.
Sus dientes se clavaron en mi labio inferior y se lo metió en la boca.
No pude evitar gemir. Era asqueroso y arriesgado, y no tenía sentido que me gustara, sobre todo teniendo en cuenta mi aversión a los gérmenes y las enfermedades, pero me gustaba.
Me encantaba, joder, sabiendo que mi sangre estaba dentro de él, que yo era parte de otra persona y que él me deseaba tanto que no le importaba el estúpido riesgo que estaba corriendo.
Había pasado tanto tiempo desde que alguien me había deseado —románticamente o de cualquier otra forma— que había olvidado lo bien que se sentía.
Lo débil que me hacía sentir. No podía evitarlo.
Estaba tan cansado de ser fuerte, de mantener la compostura por todos los demás. Quería esto. ¿Por qué no podía tenerlo?
—Joder, estoy deseando oírte gemir mientras estoy dentro de ti —gruñó Paxton contra mi piel.
—¿Es eso lo que quieres de mí? —pregunté con frialdad y él se quedó paralizado— Porque si lo único que quieres es follar, te has equivocado de chico.
Suspiró y se echó hacia atrás para mirarme con el ceño fruncido. —Venga ya. Sabes que no lo decía en ese sentido.
—No estoy seguro de nada cuando se trata de ti —gruñí, y lo empujé hacia atrás.
Me ajusté la corbata sin mirarlo e intenté abrirme paso a empujones, pero me agarró por el hombro, impidiéndome escapar. Tenía un cuchillo en la mano y se lo puse en la garganta antes de que pudiera pestañear.
—Déjame llevarte a cenar— exigió con mi cuchillo en su garganta. —Esta vez lo haré bien. Solo tú y yo. A algún sitio bonito—
Fruncí los labios en un gesto de enfado. —¿De verdad crees que el mejor momento para invitarme a salir es cuando tengo un puto cuchillo apoyado contra tu arteria carótida?—
Él sonrió con aire burlón. —Podrías apuñalarme justo en el corazón y aún así te lo pediría. Me encanta cómo me amenazas. Me pone a cien cada vez. Quizá cuando te la chupe, puedas ponerme tu bonito cuchillito en la garganta y darme órdenes a gritos—
—¿Qué coño te pasa?— ¿Qué coño me pasaba a mí para querer aceptar esa oferta? Pero él me caló de un vistazo.
—Estoy cachondo por un imbécil testarudo que no puede aceptar que le gusto. ¿Cuál es tu excusa?—
Solté un gruñido de frustración, bajé la hoja y me di la vuelta.
—Así que no voy a escuchar un no en cuanto a nuestra cita— me gritó.
Dejé de caminar. Era un capullo implacable. Un capullo implacable al que le importaba un carajo que yo fuera un asesino, y que besaba como un dios.
Joder, estaba jodido.
Suspiré ruidosamente, encogiendo los hombros con aire derrotado. —A las ocho. El miércoles—
—¿Dónde te recojo?—
Fruncí el ceño, me di la vuelta y volví hacia él, tendiéndole la mano. —Dame tu teléfono—
Desbloqueó el móvil y me lo dejó caer en la mano. Rápidamente introduje mi número y me envié un mensaje para tener el suyo, y luego se lo devolví.
—Te enviaré la dirección por mensaje— le dije y me alejé de nuevo.
—Ponte algo provocativo— me gritó.
Puse los ojos en blanco. Dios, este hombre realmente iba a ser mi perdición.