Capítulo 13
La Dama de la Justicia
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles.
Erin Cross volvió a la fiscalía después de casi un mes de descanso.
El fiscal adjunto la convenció para que se tomara el tiempo que necesitara después de aquella fatídica noche en el Cecil, pero Erin no era de las personas que consideraran estar mucho tiempo fuera, aunque lo necesitara por salud mental.
El eco de los pasillos era distinto a su vuelta.
No era el murmullo cotidiano de abogados y funcionarios apresurados, sino un silencio tenso, como el que queda después de una explosión.
El escándalo había reventado los periódicos, en cada pantalla y en cada esquina de la ciudad.
La justicia, esa palabra a la que había entregado su vida, ya no era un símbolo en Los Ángeles, de ella solo quedó un cadáver secándose frente a los ojos del mundo.
Casi todo el juzgado estaba imputado. Jueces, policías, auxiliares y toda la maquinaria que movía aquel juzgado en la sombra de Lex Nova había caído.
Los que debían proteger a los inocentes resultaron ser el corazón de un monstruo.
Desde las mentes pensantes, hasta los brazos ejecutores y colaboradores.
Durante aquel mes, Erin Cross no dejó de pensar en Jack Malone.
Llegó a su despacho y dejó su bolso en el perchero.
No paraba de recuperar recuerdos en su cabeza.
Lo peor era que todo aquello no había nacido de la nada.
Estuvo allí desde el principio. Desde antes de que ella misma se pusiera la toga por primera vez.
Ni el FBI había descubierto en casi un siglo lo que ella descubrió en unos meses, que aquello era un juzgado al revés, como esa balanza que parecía un corazón inacabado.
Que eran jueces que llevaban haciendo su propia justicia incluso desde antes de que ella naciera.
Erin apoyó las manos sobre la mesa fría de su despacho. Miraba los expedientes apilados, montañas de nombres, víctimas, periciales… y no sintió victoria, solo vacío.
Sabía que desde la noche en el Hotel Cecil, ella y su hija tenían vigilancia las veinticuatro horas del día.
Agentes apostados a su lado, una patrulla estaba aparcada frente a la fiscalía y otra en el set de rodaje de Lana.
La acompañaban al supermercado y la esperaban en el aparcamiento, seguían a su hija cuando salía con sus amigas y también cuando volvía para casa.
Todo desde que su exmarido se fugó de prisión y la amenaza se volvió inminente, pero también invisible.
Thomas Varela le había dicho que estaba localizado, pero ni él, ni Novak, ni Marjorie, ni Pomeroy… ninguno quiso dar más datos después de ser capturados. Todos hicieron un voto de silencio. Aquel silencio era la última venganza hacia Erin.
Mark Fieldman, había convencido a Erin para que adoptara durante un tiempo en su casa a dos hembras de rottweilers entrenadas por el FBI.
Eran dos gemelas idénticas, con dientes de acero que respondían al nombre de Penélope.
Compartían nombre para ser más eficaces en caso de emergencia, de manera que, si el exmarido de Erin Cross entraba en la casa y solo tenía unos segundos para reaccionar, podía convocarlas a ambas con un solo aliento.
Aquellos jueces las condenaron a vivir en una jaula disfrazada de libertad. Ni siquiera dormir en paz era un derecho.
Erin se pasó las manos por el rostro cansado y respiró hondo. El espejo devolvía un gesto que ya no reconocía. El país entero hablaba del escándalo, pero ella no sentía satisfacción, solo frentes abiertos. Un exmarido prófugo, el Enterrador en Skid Row, el Ángel de la Autopista…
No podía permitirse el lujo del descanso, ni una copa de vino, ni una noche entera de sueño. Sabía que descansar era darles una oportunidad, porque los monstruos nunca dormían y en aquella ciudad la justicia no descansaba, pero la venganza tampoco.
El vestíbulo de la fiscalía se llenaba de periodistas y cámaras que esperaban como hienas una declaración de Erin Cross. Un enjambre de micrófonos, flashes y preguntas lanzadas al aire como piedras. Pero ella no pensaba dar declaraciones, sabía guardar silencio.
Tenía la impresión de que todos la miraban igual, sobre todo los conocidos en la fiscalía. Erin leía la misma pregunta en sus mentes, una pregunta que ninguno se atrevía a pronunciar.
¿Cómo pudiste traicionar a los tuyos?
Aquellos jueces eran queridos por todos. Ella adoraba y quería con toda su alma a Thomas Varela, a Cecilia Novak, a Marjorie, Crowe… incluso a Pomeroy. Fueron buenos amigos durante años.
Erin se asomó por la ventana y clavó los ojos en aquella multitud ansiosa de periodistas. Por un segundo el silencio la invadió como si estuvieran todos dentro de su despacho. Y entonces habló para sí misma, contestando esa pregunta a la nada.
—No traicioné a los míos. Traicioné a los verdugos disfrazados de jueces. Y si mañana volviera a empezar, volvería a clavarles la daga. Porque la lealtad que me exigen no era justicia. Era complicidad...
El ruido fuera era como el de un incendio.
Erin no pestañeó. Su sexto sentido la había salvado antes y la seguía salvando ahora.
Era una jueza que lo dejó todo para ser fiscal.
De cara a los demás, bajó un escalón, pero aún así ella lo hizo.
También tenía la impresión de haber visto la grieta mucho antes de que todo se derrumbara.
La puerta del despacho se abrió de golpe y Erin separó la vista de la ventana.
—Menos mal que el de seguridad me conoce que si no… todavía estaría negociando con esa jauría de periodistas apelotonados ahí fuera para coger turno —dijo Kane, entrando y sacudiéndose la chaqueta.
—Kane… tan puntual como siempre —dijo Erin—. Veo que recibiste mi mensaje.
Kane soltó una carcajada dejándose caer en la silla.
—Intenté ir a tu casa, pero tu equipo de seguridad casi me desmonta el coche a piezas. Me siento como si intentara visitar al presidente de Estados Unidos —bromeó Kane.
—¿Vienes a decirme algo útil o solo a gastar oxígeno?
Kane se inclinó hacia delante bajando la voz. La sonrisa se le borró del rostro al instante.
—Tengo información sobre el Enterrador de Skid Row.
—Te escucho.
Kane se acomodó en la silla, cruzando los brazos como si estuviera a punto de soltar el chisme más jugoso de su vida.
—Encontraron al último en Navidad —dijo con tensión—. Un tipo olvidado, un guionista de Hollywood de los ochenta que lo perdió todo y acabó en Skid Row. Y ahí se quedó.
Erin lo observaba con atención.
—¿Dónde?
—En el Hollywood Forever Cemetery —respondió Kane—. El tipo estaba enterrado en la tumba de la bisabuela del alcalde. Lo curioso es que lo enterraron rodeado de cartones, con frases escritas sobre dioses romanos.
Erin se irguió, rígida y abrió los ojos de par en par.
—El Predicador… —murmuró.
Kane frunció el ceño, extrañado.
—¿El qué? —preguntó confuso.
Erin no contestó. Se quedó pensativa, como si un engranaje invisible acabara de girar nuevamente una manivela en su cabeza. Erin sabía que ese hombre sabía muchas cosas y que desgraciadamente ahora, ya no las podría escribir nunca más.
—El caso es que hay un detalle que no sabía —continuó—. Hasta hoy. Todos los vagabundos de Skid Row que han encontrado muertos, llevaban una pulsera de hospital en la muñeca. Esta información no la tenía la última vez.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Erin.
Kane se pasó una mano por su cabello rizado.
—Alguien de muy arriba me habló de esto, Cross. No fue un periodista de pacotilla, ni un poli retirado con ganas de hacerse notar. Alguien muy poderoso.
Erin lo miraba fijamente, en silencio.
—Me dijo que lo de Skid Row no era un asesino en serie normal.
Se trata de un programa encubierto de Estados Unidos.
Están usando indigentes como conejillos de indias para experimentos médicos ilegales.
Pruebas de fármacos, ensayos clínicos sin autorización, tratamientos poco éticos…
—Kane bajó la voz—. Saben que nadie los echará de menos. Nadie reclamará sus cuerpos.
Erin lo interrumpió.
—¿Y cuándo aparecen en otra tumba? ¿La explicación es que la tierra se mueve?
—No es la primera vez que esto sucede. En Nueva York, en los noventa, también desaparecían homeless en el Bronx.
Salieron a la luz historias clínicas de médicos en sótanos, de tipos que hablaban de clonación genética y vacunas experimentales.
Parecían leyendas urbanas, pero los vagabundos se redujeron al cincuenta por ciento en aquella época. Desaparecieron todos… de la nada.
Erin apretó sus puños.
—En los ochenta también hubo informes filtrados de hospitales usando a vagabundos en San Francisco para ensayos de VIH sin consentimiento —continuó Kane—. Carne barata para un experimento que nadie querría firmar voluntariamente.
Erin caminó hacia la ventana. Los flashes de la prensa seguían iluminando el piso once como relámpagos.
Su rostro se endureció, un gesto que Kane conocía bien, esa mezcla de cansancio y hambre de guerra que siempre envolvía a la implacable Erin Cross.
—Ya veo… —murmuró Erin, sin girarse—. El tribunal de jueces era solo un tumor, pero esto que me traes hoy es metástasis…
Kane se quedó observándola cruzado de brazos.
—Me das más miedo tú, Cross, que el doctor Mengele que está detrás de esto —dijo en un suspiro—. ¿Has escuchado bien? ¿Te he dicho ya que lo lleva el gobierno de Estados Unidos? ¿Qué es como los MK Ultra?
Erin se giró y lo miró fijamente, muy seria.
—Cross… conozco esa cara, esta vez no podrás…
Volvió a mirar hacia la calle, con la ciudad latiendo como un animal herido a sus pies.
—¿Tienes algún nombre? —preguntó.
—Ningún nombre. Lo único que sé es que pertenece a un proyecto de alguien al que llaman el Arquitecto.
—El Arquitecto… —repitió Erin.
Ambos se quedaron unos segundos en silencio.
—¿Y qué? ¿Qué vas a hacer ahora, Cross? —insistió Kane de nuevo.
—Lo mismo de siempre —dijo con media sonrisa helada—. Correr más rápido que ellos, hasta darles caza. ¿Te has enterado de cómo me llaman ahora?