Skid Row Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Lo leí en la prensa —reconoció él—. La Cazadora de Skid Row, fuiste portada de Los Angeles Times.

Erin miró de reojo el reloj de la pared. Las manecillas se acercaban a la hora exacta.

Inspiró hondo y sin mirar a Kane, empezó a contar.

—Cinco… cuatro… tres… dos… uno…

Justo entonces, se escuchó un golpe en la puerta.

—Puntual como siempre —dijo Erin con una sonrisa.

Kane miró confundido a todas partes y más, cuando entró un hombre trajeado, envuelto de autoridad.

—Cross —saludó él, inclinando la cabeza y estrechándole la mano.

—Agente Fieldman, pase —dijo Erin—. Quiero presentarle a alguien. Este es Michael Kane, el investigador del que le hablé.

Fieldman le tendió la mano a Kane con firmeza.

—Así que usted es el famoso Michael Kane —dijo—. Erin Cross me ha hablado maravillas sobre usted. Créame, no es fácil impresionarla.

Kane parpadeó, incrédulo, mientras estrechaba la mano del agente.

—¿Ah… sí? —preguntó Kane, balbuceando—. ¿Pero usted… quién es?

—Disculpe, soy el agente Mark Fieldman —sonrió—. Nos vendría bien alguien como usted en el FBI. En Washington.

Kane se quedó con los ojos abiertos de par en par.

—¡¿Está hablando en serio?! —exclamó emocionado.

—Completamente. La fiscal asegura que tiene olfato para oler carne donde los demás solo huelen basura. Eso es oro para nosotros. Y además, me dijo que gracias a usted se pudo resolver el caso del Cazador de Estrellas.

Kane se volvió hacia Cross, casi como un niño al que acababan de regalarle una bicicleta nueva por Navidad.

—¿Me has recomendado tú, Cross? —preguntó, sin creer lo que estaba ocurriendo.

Erin se encogió de hombros.

—Dije la verdad. Que no te soporto y que por favor… necesito que te alejen de mi vista —contestó Erin con una sonrisa.

Kane soltó una carcajada nerviosa y se levantó de golpe.

—¡Washington, joder! ¡No me lo puedo creer!

Kane le dio un abrazo a Erin sin pensarlo. Al principio no se lo esperaba, pero Erin le correspondió enseguida. Mientras se abrazaban, Erin sonreía a Mark Fieldman.

—Le hablaré de ti al presidente, Cross —soltó Kane, eufórico.

Luego, se giró hacia Fieldman.

—Supongo que antes de irnos necesitarán hacerme una rueda de prensa o algo así. Ya sabe… para anunciar mi fichaje estelar.

—No… verás… esto no funciona así —contestó Mark Fieldman.

—Entiendo, entiendo. Seguridad nacional. Todo top secret. Pero supongo que me asignarán un nombre en clave… algo como “Fénix”.

Fieldman lo miraba sin responder, confuso.

—Yo votaría por “Mosquito” —interrumpió Erin, dirigiéndose al agente—. Molesta, zumba y nadie entiende cómo sigue vivo.

—Que poco respeto para un futuro agente federal.

—Aprovecha esta oportunidad que huele a ascenso, antes de que se convierta en una orden de alejamiento con la Casa Blanca —contestó Erin.

Casa de Erin Cross en Pasadena

13 de enero de 2026

El amanecer se deslizó sobre Los Ángeles como una mentira piadosa. La luz era cálida y dorada, pero sin embargo, todo lo que tocaba parecía estar al borde de romperse.

En la casa de Erin Cross reinaba el silencio, un silencio de esos que solo se escuchan en los lugares donde hay mucha policía.

Lana se había ido temprano al casting de una nueva serie de Netflix, un papel pequeño, pero importante para ella. Se había marchado con dos agentes de protección.

Erin se asomó por la ventana del salón, en el jardín estaban las dos rottweilers.

Penélope y Penélope patrullaban el perímetro con la solemnidad de dos guardianes.

Su respiración era el único sonido vivo entre el rumor lejano del tráfico y el crujir de las palmeras.

Más allá, frente a la verja de la entrada, un coche de policía encubierto permanecía estacionado, discreto pero evidente.

Otro recordatorio de que la libertad para ella y su hija era solamente una palabra… un protocolo.

Erin se cruzó de brazos, observando cómo la luz del sol se filtraba entre las cortinas.

Su mente no se detenía. La seguridad era una ilusión, pensó.

Una coreografía bien ensayada para calmar el miedo.

La verdad era que la policía podía estar ahí, los perros podían ladrar, las alarmas podían sonar…

pero aun así, el peligro siempre encontraba una grieta por donde filtrarse.

Llevaba años sabiendo que la seguridad no existe, que solamente existen los minutos antes del próximo caos.

El teléfono sonó como un disparo. Las rottweilers se alertaron y miraron hacia el interior del salón buscando la fuente del sonido. Erin, seguía mirando por la ventana y tardó unos segundos en reaccionar.

—Sheriff —saludó ella.

Del otro lado no hubo un saludo, solo una respiración agitada.

—Cross, necesito que me escuches con calma.

Erin se enderezó extrañada. La voz del Sheriff sonó más baja de lo que esperaba.

—Lo que te voy a decir te va a resultar difícil de encajar.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Es sobre Lana —dijo el Sheriff tragando saliva—. Tu exmarido la ha secuestrado.

El mundo se encogió de golpe en ese instante.

—¡¿Cómo dices?!

—Ha sido en el estacionamiento del edificio de Netflix, hace veinte minutos —contestó con la voz temblorosa.

—¡¿Cómo coño han podido secuestrar a mi hija?! ¡Tenía dos agentes con ella! ¡Dos! —gritó Erin por el auricular.

Al otro lado, se percibía la tensión del Sheriff intentando mantener la calma.

—Los agentes están vivos, pero heridos —continuó él—.

No vieron venir el ataque. Tu exmarido… sabía cómo moverse.

Neutralizó al conductor, luego al otro agente y desapareció con Lana.

Estamos movilizando a las unidades en toda la zona.

El vehículo es un Dodge Charger negro, matrícula 7KZ841. Se trata de un coche robado.

Erin apretó el móvil tan fuerte que los nudillos le crujieron.

—Tú me dijiste que nada de esto podía pasar. Me aseguraste que la vigilancia era infalible, que cada paso de ese monstruo estaría monitoreado en el momento que se acercara a menos de cien metros de nosotras. ¡¿Y ahora me estás diciendo que tiene a mi hija?!

—Cross, escucha… tenemos a todo el condado buscando ese coche. Hemos activado la operación jaula. La policía está cortando autopistas y carreteras, la unidad aérea ya está en ruta y…

—¡No me repitas el protocolo! —interrumpió, gritando—. ¡Tú no tienes ni idea de lo que ese hombre es capaz de hacer!

El Sheriff intentó sostener la voz, pero cada vez resultaba menos convincente.

—Lo atraparemos, Cross. Se lo prometo.

—¡Cállate! ¡Eres un inútil! —rugió ella.

Se oyó un suspiro cansado al otro lado.

—Cross, por favor…

—No me pidas calma. Si a Lana le pasa algo, no vas a tener que preocuparte de arrestarlo. Me vas a tener que arrestar a mí.

—No hagas ninguna locura, te prometo que…

Ella cerró los ojos un instante, sintiendo la rabia como un terremoto interno. Las rottweilers ladraban furiosas contra el aire, como si también supieran lo que estaba ocurriendo.

—Sheriff, escucha bien lo que te voy a decir —volvió a interrumpir Erin, con una calma tan peligrosa que hasta el propio Sheriff se quedó callado—.

Si ese coche negro cruza la frontera de mi paciencia antes que tus patrullas de mierda lo intercepten…

te juro que el infierno que se va a desatar no tendrá placas, ni orden judicial, ni una maldita jurisdicción que lo contenga.

El Sheriff trató de responder, pero Erin Cross ya había colgado.

Erin salió de su casa a paso apresurado. Los policías salieron del coche al ver que se abría la puerta principal de la casa. Erin se dirigía hacia ellos, mirándolos con esos ojos donde cabía toda la traición del mundo y una rabia feroz.

—Fiscal Cross, tiene que volver a entrar. No es seguro —dijo uno de ellos.

—Váyase a la mierda, agente Douglas. Sois todos una manada de incompetentes —contestó Erin.

El otro agente se molestó, cerrando el puño contra la radio.

—No nos falte el respeto. Estamos intentando protegerla —dijo apoyado en el coche.

Erin no contestó. Actuó.

Caminó hasta la parte trasera del coche de policía encubierto, miró a los agentes como si les perdonara la vida, sacó una navaja de su bolso y les pinchó las dos ruedas traseras. Ninguno se atrevió a pararla.

—¡¿Pero qué hace?! —gritó uno de ellos.

—Id a comer donuts a otro lado. Y como se os ocurra seguirme… soltaré a los perros —amenazó Erin.

Erin subió a su coche, dejando a los dos agentes petrificados en la calzada y con el vehículo inmovilizado.

Arrancó y el motor rugió como otra advertencia. Aceleró sin mirar atrás, mientras las ruedas mordían el asfalto y dejaban atrás aquella calle con los dos policías mirando sin saber qué hacer.

Oficinas de Netflix en West Hollywood

13 de enero de 2026

Aparcó delante del complejo de oficinas de Netflix, un bloque de cristal y hormigón que reflejaba el sol como si la ciudad le devolviera la mirada.

Entró por la puerta principal, saltándose el cordón de seguridad, como quien atraviesa una cortina.

Nadie la detuvo porque nadie quería ser el primero en hacerlo.

Todos conocían la cara de Erin Cross, ese rostro de la televisión que siempre sale cuando la ciudad se incendia.

En esa familiaridad había más miedo que curiosidad, nadie buscó una disputa directa con ella.

Erin fue directa al corazón del edificio.

Cruzó un pasillo que daba a las oficinas de Casting y Producción.

La puerta del responsable estaba al fondo, con una placa sencilla en el centro en color blanco: Director de Casting - Pablo Ortega.

Y empujó la puerta de un golpe, entrando sin esperar invitación.

En el interior había media docena de agentes de policía plantados alrededor de varios trabajadores. Erin les devolvió una mirada fría, afilada y sin perdón.

—Poned las cámaras —ordenó, sin admitir una réplica.

Uno de los técnicos hizo clic en el ordenador. La pantalla se llenó de píxeles y ruido hasta que, como si alguien tirara de un telón, apareció la imagen del parking. Todo transcurría con una calma increíble, segundos antes de que las cosas empezaran a torcerse.