Capítulo 12 #4
—Propongo que se vote una imputación formal. La conducta es sistemática, reiterada y documentada. La justicia ordinaria archivó este caso por tecnicismos. No podemos extendernos mucho más en algo que es evidente —respondió Ceres (Langford).
Vulcano (Crowe) levantó la mano.
—No cuestiono la gravedad del asunto. Pero debemos recordar nuestra propia regla, sin una corroboración independiente no podemos apresurarnos. ¿Estamos seguros de que aquí hay algo más que palabras y conjeturas?
—Las transferencias están corroboradas. No hay otra explicación lógica para esos pagos más que un silencio comprado —respondió Neptuno.
—Además, las chicas nunca se conocieron entre sí. La coincidencia del relato para mí ya es prueba suficiente junto con la pericial que muestra Neptuno —interrumpió Venus.
Juno se inclinó en el atril, con las manos juntas y miró al tribunal.
—Deliberemos.
Los jueces guardaron silencio, cada uno con la mirada fija en los documentos. El eco de la ciudad no llegaba allí abajo, solo el murmullo de conciencias al borde de un veredicto.
Finalmente, Juno habló con solemnidad.
—Se somete a votación. ¿Se dicta orden de hacer justicia contra el señor Brown en la causa 1186 por agresión sexual y tráfico de influencias?
Las voces fueron cayendo una a una.
—Sí —dijo Venus.
—Sí —dijo Neptuno.
—Sí —dijo Diana.
—Con reservas… pero sí —dijo Vulcano.
—Sí —dijo Ceres.
—Sí —dijo Baco.
Juno se giró hacia Erin Cross, esperando su respuesta.
Ella se puso en pie.
—The People v. Lex Nova —dijo Erin Cross de repente—. Causa número uno. Contra el tribunal en las sombras.
Todos la miraron atónitos.
—¿Qué estás diciendo, Erin? —preguntó Thomas confundido.
Erin se levantó despacio y caminó hacia el centro de la sala para mirarlos a todos.
—En Roma, los dioses dictaban destinos, pero había uno al que temían incluso ellos… Fortuna —dijo—. Fortuna no obedece órdenes. No ama. Tampoco odia. Fortuna es azar, es destino ciego, es lo que desarma al más poderoso cuando cree que lo controla todo.
Las palabras de Erin atravesaron a todos como cuchillos.
—Ni Clara ni yo somos vuestras piezas, señorías, ni vuestras diosas domesticadas. Estoy aquí porque soy el recordatorio de que vuestro tribunal puede caer en cualquier momento por un giro de azar.
Thomas Varela la observaba con los ojos encendidos de rabia.
—¿Estás traicionando a este tribunal, Erin? ¿A tus compañeros? ¿A tus amigos? ¿A mí? —preguntó.
—No se puede traicionar lo que nunca se juró, Thomas —respondió Erin con una sonrisa sin emoción en la cara.
De pronto, un pitido tenue vibró en el bolso de Erin Cross. Los jueces se miraron entre ellos extrañados.
Erin sacó el teléfono del bolso y esbozó una mueca fría y letal.
—¿Oís eso? Es el sonido de vuestro final. El FBI está escuchando cada palabra desde hace horas. Debí olvidarme de colgar el teléfono en la entrada.
Un silencio de plomo cayó sobre la sala. Las caras de los jueces palidecieron, llenando de terror toda aquella fachada de dioses romanos.
—Vuestra justicia ha terminado, señorías. Fortuna acaba de girar la rueda y esta vez no está de vuestro lado —dijo Erin.
El retrato de Edmund Raeburn parecía observar, inmóvil, como si incluso Marte hubiera perdido su guerra.
Las luces del sótano se apagaron de golpe cuando el estruendo de botas y gritos llenó el ambiente.
—¡FBI! ¡Manos arriba! ¡Que nadie se mueva!
La puerta se abrió de un golpe y una docena de agentes armados irrumpió en la sala apuntando a todos los presentes. Detrás de ellos, con un gesto duro y el rostro iluminado estaba él, Mark Fieldman.
—Buen trabajo, Cross —dijo Fieldman.
Los jueces no tuvieron tiempo de levantarse. Cecilia Novak gritó algo, Malden intentó correr hacia una puerta lateral, pero un agente lo derribó de inmediato. El eco de las esposas resonó como un himno a los caídos. Uno tras otro, los dioses romanos fueron encadenados.
Thomas Varela no opuso resistencia. Se dejó poner las esposas con la misma elegancia con la que había dictado sentencias desde su atril clandestino. Su mirada permanecía fija en Erin, como si el mundo entero se hubiera reducido a ella.
—¿Cómo has podido hacerme esto, Erin? Te lo enseñé todo —decía, mientras el agente lo llevaba esposado a la salida.
—Y te hice caso. La justicia debe ser ciega, Thomas. La espada representa el castigo, y no debe temblar… aunque la mano del que la sostenga deba quedarse sola.
—No sabes lo que has hecho. Lo que acabas de hundir, Erin… te esperará en el fondo —amenazó Thomas Varela.
Erin no contestó.
Los agentes se lo llevaron por el mismo pasillo que tantas veces había bajado a presidir juicios en la oscuridad de aquel hotel.
El tribunal secreto se desmoronaba ante sus ojos, reducido a polvo y ruido de esposas.
El retrato de Edmund Raeburn seguía colgado, pero ya no parecía un Dios vengador. Solo un cuadro viejo, testigo mudo del final de una era de sombras.
Erin recordó la frase de Marilyn Monroe.
No quiero que me comprendan, quiero que me quieran.
—Descansa, Marilyn. Esta vez, alguien sí te quiere —murmuró Erin.