Capítulo 12 #3
El silencio que siguió se quebró cuando Erin se apartó y se dejó caer sobre un bordillo de madera en un lateral de la sala.
Se sentó allí, con el cuerpo inclinado hacia delante y con las manos en la cara. Estaba cansada. Se manoseó el rostro con hartazgo, intentando pensar y aclarar sus ideas. Parecía una locura, pero algo en la voz de Thomas le resultó convincente.
Dentro de Erin había una tormenta. Su mente viajaba a toda velocidad entre destellos de memoria, como si alguien hubiese encendido un proyector roto dentro de su cabeza:
Jack Malone colgado en su celda. La foto de la niña de Beverly Hills en el suelo.
Sophie Duval llorando ante la cámara sin una sola lágrima real.
Los padres de la niña con una escopeta Winchester en aquel hotel.
Isabella Gómez riéndose con una copa en la mano.
Drogas en manos de adolescentes. Niños invisibles que estuvieron con Jacob Heller y nunca tuvieron la justicia que merecían.
Ella, en la cocina tapando un moratón con maquillaje.
Lana temblando por dentro y manteniendo una sonrisa forzada.
Ella, deteniendo al novio de su hija junto a Ray y Carter. El incendio.
Eran demasiados nombres, demasiadas injusticias, demasiados cadáveres bajo alfombras que ella misma había aprendido a pisar sin mostrar incomodidad. Y lo peor era que Thomas Varela tenía razón en algo, la justicia que ella defendía nunca había defendido a nadie de verdad.
Erin apretó los dientes. Sentía algo parecido a una grieta abrirse bajo sus pies.
Una grieta que no se formaba por lo que Thomas decía, sino por lo que ella era capaz de recordar.
Ella misma se había saltado el procedimiento, el protocolo, los plazos y la burocracia demasiadas veces, incluso con Michael Kane o entrando en archivos sin permisos y bajo amenazas.
No por venganza, tampoco por rabia, sino para que alguien, aunque fuese una vez, pagara realmente por lo que había hecho.
Estuvo en el bordillo sentada unos segundos, mirando un punto fijo y reflexionando. El resto de jueces no le quitaban la vista de encima.
Pero Erin rompió el silencio en un suspiro.
—Supongo que tienes razón… Juno. La justicia no funciona…
Clara seguía paralizada a unos metros de Erin. No había movido ni un músculo desde que entró.
Erin se levantó y se acercó a Thomas, cuando se puso de nuevo cara a cara frente a él, con una media sonrisa, le dijo:
—Solo te pediré una cosa…
El silencio era absoluto y todas las miradas estaban encima de ella.
—Me quiero llamar Fortuna —dijo al fin.
Thomas abrió los ojos sorprendido y luego estalló, con una sonrisa amplia y eufórica.
Abrió los brazos y la abrazó con fuerza.
—¡Fortuna! —repitió—. No podía ser de otra forma. Eres destino, azar y justicia al mismo tiempo, Erin. Eres la pieza que nos faltaba. Nadie mejor que tú para llevar ese nombre.
Erin miró hacia atrás, donde se sentaban sus compañeros.
—¿Cuál es mi sitio? —preguntó Erin.
Ellos sonreían y asentían con la cabeza.
Erin se acercó a Novak y ambas se abrazaron. A Cecilia se le caían las lágrimas de emoción.
—Erin… qué contenta estoy de que estés aquí… —dijo secándose las lágrimas con la manga.
Erin se sentó a su lado y miró a sus compañeros.
—Decidme, ¿cómo empezó todo esto? —preguntó.
Varela respiró hondo y se giró hacia el retrato solemne de Edmund Raeburn, el juez pintado en óleo que dominaba la sala desde lo alto.
—Todo comenzó con Marte. —Su voz retumbó—. Raeburn fue el fundador de Lex Nova. Un veterano de la guerra condecorado.
—¿Lex Nova… Ley nueva?
—Así es —respondió él.
—Así que adiviné lo del señor de la guerra… —le susurró a Cecilia al oído.
—En 1930 Hollywood asesinó a su hija —decía Thomas.
Todos guardaron silencio y bajaron la cabeza a la vez mostrando pleitesía.
—Una joven actriz —continuó—. Tenía apenas diecisiete años.
Fue invitada a una fiesta en las colinas de Hollywood.
La drogaron, la violaron… y al día siguiente la dejaron tirada en una cuneta como si fuera basura.
Todos sabían quiénes eran los culpables.
Productores, actores, hombres con poder…
pero nadie pagó por aquello. No hubo arrestos. No hubo cargos.
Señaló el cuadro de Raeburn con el dedo.
—Raeburn, destrozado, se dio cuenta de que la justicia nunca castigaría a esos monstruos. Cuando volvió de Alemania se convirtió en Marte, el Dios de la guerra. Y juró que desde aquel día, habría otra justicia. Una justicia que no pediría permiso. Una justicia que no olvidaría jamás.
Thomas miró de nuevo a Erin, con los ojos brillantes.
—De él nació este tribunal, Fortuna. Y de su dolor, nuestra misión.
Erin se giró hacia Clara, que seguía clavada en su sitio, de pie con los ojos abiertos como platos y la respiración entrecortada. Parecía que todos se habían olvidado de su presencia allí por un momento.
Erin se levantó y caminó lentamente hacia ella con un gesto sereno.
—Clara, Thomas tiene razón —dijo Erin en voz baja cogiendo sus manos—. No tienes que resistirte. Tú también eres necesaria aquí. Con tu respeto en la norma puedes ser un gran faro para este tribunal.
Clara negó con la cabeza, temblando.
—Erin… yo no… —murmuró Clara con lágrimas en los ojos.
—Clara, escúchame. Aquí podremos hacer lo que no nos permiten allí arriba.
—Tú —dijo Thomas dirigiéndose a Clara—. Podrías llamarte Minerva. La Diosa de la sabiduría.
Clara respiraba agitada, estaba en shock, hipnotizada por la presión de todos aquellos ojos de jueces sobre ella.
Avanzó con un paso inseguro, acompañada por Erin arrastrándola del brazo.
Finalmente cedió y se dejó caer sobre uno de los asientos entre Cross y Novak, como si aceptara una sentencia sin apelación.
Thomas asintió satisfecho y continuó con su discurso.
—Desde los tiempos de Raeburn, hemos tejido esta red. No somos solo jueces. Colaboran con nosotros policías, médicos, funcionarios, e incluso delincuentes comunes. Nuestros centinelas. Cada pieza cumple su rol. Cada uno nos da lo que necesitamos para llevar a cabo la verdadera justicia.
—¿Y esas cartas? ¿El número? ¿La balanza? ¿De verdad me vas a decir que esta organización ha matado a mil ciento ochenta y cinco personas? —preguntó Erin.
—Erin, ya te he dicho que no somos carniceros.
Como cualquier Tribunal respetable, las sentencias deben ser enviadas.
Es un juicio justo. Cada sentencia ha sido votada por todos, con unanimidad.
Y no, no han muerto 1185 celebridades, en un juzgado no todas las sentencias terminan en condena.
Como te he dicho, esto es un juicio justo.
—Thomas hizo una pausa caminando hacia el atril—.
Sophie Duval no era solo una adicta, era una referente para miles de jóvenes.
Jacob Heller no era solo un actor y productor, era un depredador con acceso a generaciones enteras.
Isabella Gómez era un ídolo internacional que bebía como si fuera su último día en la tierra.
Y Daniel Moore… el espejo de miles de parejas jóvenes.
Thomas bebió un sorbo de agua antes de continuar.
—Son un modelo a seguir a nivel mundial. Lo que enseñaba Tupac Shakur a los jóvenes… lo que The Notorious B.I.G. representaba para ellos… ¿Crees que podíamos permitir que esas voces siguieran marcando caminos?
Erin lo miraba atenta, nadie le interrumpió.
—No podemos dejar rastro —dijo levantando el dedo—.
Nunca. Pero como en la justicia, las sentencias tienen que llegar a su destinatario.
Siempre preferimos que parezca un accidente.
Casi siempre, el mundo entero llora a una celebridad idealizada sin saber que en realidad ha sido liberado de su influencia.
El sistema falla. Pero nosotros… nosotros no.
Y siempre hemos intentado hacer desaparecer esas cartas después. Estados Unidos nos necesita.
El juez Pomeroy interrumpió aquella explicación de forma tajante.
—Deberíamos terminar con el juicio, Juno… mañana todos tenemos un largo día de trabajo y se está haciendo tarde.
—Tienes razón, Neptuno —respondió Thomas Varela.
Buscó entre los papeles del atril y continuó con el juicio que habían interrumpido Erin y Clara.
—The People v. Marcus Brown. Causa 1186, contra el presentador de televisión. Se le acusa de agresión sexual múltiple y de tráfico de influencias a través de castings a jóvenes actrices.
—Continuamos la sesión. Causa 1186 —dijo Diana (Hensley).
Los jueces asintieron, uno a uno. Erin repitió el gesto. Clara continuaba muda en su asiento.
—Los informes recibidos muestran el mismo patrón habitual durante más de veinte años. Invitaciones privadas, grabaciones, alcohol adulterado… —leyó Venus (Novak).
—Que se registren como prueba tanto el testimonio jurado de Andrea Lewis en 1991, el testimonio de Michelle Torres en 2007, los documentos de transferencias entre 2003 y 2010 para comprar el silencio de Howard Greene y el informe pericial sobre una de las víctimas donde indica que hizo uso de somníferos —añadió Neptuno (Pomeroy).
—Demasiados papeles y salió inocente del juzgado… increíble. Este hombre se pasea aún por los platós, sonríe y da lecciones de moral. Y mientras tanto sus víctimas viven el trauma en silencio —replicó Baco (Malden).