Capítulo 12 #2
Todos estaban allí sentados, expectantes, como si estuvieran en medio de una audiencia secreta. Y en el centro, de pie sobre el estrado, con las manos apoyadas en un atril, hablaba el juez Thomas Varela.
El silencio inundó la sala al verlas entrar de golpe.
Todos los presentes giraron la cabeza hacia la puerta. El asombro fue absoluto. Cecilia Novak se tapaba la cara avergonzada. Marjorie soltó un breve grito y se tapó la boca. Elliot Pomeroy agachó la cabeza, negando con un lento movimiento al ver a Erin.
Erin Cross y Clara Hale se quedaron congeladas en el umbral de la puerta. Eran el centro de todas las miradas de aquel tribunal.
Erin respiró hondo y se acercó al centro de la sala, despacio, mirando a todos los presentes a los ojos, uno por uno.
—Así que esto es… he aquí el Cazador de Estrellas —dijo mirándolos—. No era uno, ni dos, ni tres... es un tribunal al completo.
Las palabras cayeron como martillos.
Los jueces no pestañearon.
Nadie se levantó, ni tampoco trataron de esconderse o escapar.
Clara alcanzó a Erin y le apretó el brazo con fuerza, era incapaz de soltarla y de articular palabra.
Thomas Varela sonrió desde el atril.
—Bienvenida, Erin —dijo con su voz grave, como si acabara de llamar a la acusada al estrado—. Sabía que tarde o temprano encontrarías la puerta.
Erin avanzó soltándose de Clara. Caminaba con seguridad por aquel lugar, sin apartar la vista de sus compañeros. Los fulminó a todos con la mirada mientras se dirigía a su antiguo mentor, Thomas Varela, que había bajado del atril para recibirla.
La tensión era insoportable. Estaba frente a lo que jamás imaginó. Un tribunal oculto, un consejo de sombras. Viendo como se hacía realidad lo que había perseguido durante meses, no se trataba de un asesino, era un sistema paralelo de justicia.
Erin miró a Thomas Varela desafiante, mientras lo rodeaba como una leona. Cada paso que daba resonaba en el suelo como un bloque contra una tumba. Cuando estuvo frente a frente ante él, tan cerca que casi podía sentir su respiración, Erin susurró:
—Gracias por la bienvenida, Thomas —dijo—. ¿O debería llamarte… Juno?
Un murmullo recorrió la sala. Thomas Varela le sostuvo la mirada, sin retroceder ni un milímetro, pero su mandíbula se tensó, no lo podía ocultar.
—No es lo que piensas, Erin —dijo él con una calma inquietante.
—Entonces cuéntame —dijo ella con frialdad—. Porque lo que veo son jueces ocultos en un sótano de Los Ángeles, dictando sentencias en la sombra —soltó mirando de reojo al resto de sus antiguos compañeros.
—Esto no son crímenes, ni asesinatos, Erin… ¡Es justicia! Hacemos lo que los tribunales no pueden hacer.
—¡¿Con sangre?! —exclamó Erin poniéndose a un centímetro de su cara.
—Con lo que se merecen… —respondió Thomas Varela apretando los dientes.
La tensión aumentaba. Clara no había pasado más que unos metros de la puerta principal y no tenía agallas para levantar su voz.
Por un momento pensó en salir corriendo de allí y llamar a la policía, pero no lo hizo, estaba completamente paralizada.
No podía asimilar lo que estaba viendo con sus propios ojos.
—¡Tú tendrías que estar aquí con nosotros, Erin! —gritó Thomas—. Eres una persona que deja de buscar las llaves y se inventa otra puerta. Si no fueras tan… tan… rígida… serías la pieza perfecta. ¿No lo entiendes? ¡Hemos intentado proponerte esto mil veces! ¡Mil veces!
Erin lo miraba sin pestañear. Thomas Varela continuó:
—Has pasado tu vida defendiendo un sistema que no cree en ti. Nosotros hacemos lo que tú sueñas en silencio cada noche. Impartimos justicia sin papeles, sin jurados vendidos, sin tecnicismos que liberan monstruos en las calles.
—No confundas la justicia con la venganza, Thomas. Lo que hacéis es purgar —dijo ella mirando de reojo a Cecilia—. Matar. Asesinar. Y el día que un tribunal de verdad descubra lo que sois, no habrá sótano que os salve.
Erin dio un paso atrás, sus ojos recorrían con calma la sala. No tardó en fijarse en un detalle inquietante. Sobre cada tarima, junto a la mesa de los jueces, había una pequeña placa metálica de quita y pon que clasificaba a cada uno con un nombre.
Juno. Venus. Diana. Neptuno. Vulcano. Ceres. Baco.
Se trataba de los dioses de la antigua Roma.
Los mensajes del Predicador flotaron en la mente de Erin Cross como un veneno. ¿Eran profecías reales? ¿O todos ignoraban lo que sabía aquel vagabundo? ¿Fue el primero en descubrirlos en aquel sótano del Cecil?
—Nosotros hacemos lo que tú siempre soñaste, Erin —dijo Thomas con la voz grave y firme—. Justicia sin burocracia. Sin abogados pagados por millonarios. Justicia pura y dura.
Thomas Varela suspiró, intentando calmarse. Abrió los brazos y se dirigió a las dos.
—Erin… Clara... debéis uniros a nosotros.
Clara y Erin se miraron.
—¿Acaso no lo veis? —insistió el juez Varela—. Hacemos justicia donde la justicia oficial ha fallado.
El silencio se rompió con otra voz profunda que retumbó en la sala. Elliot Pomeroy, bajo el pseudónimo de Neptuno, inclinó la cabeza hacia Erin.
—¿Cuántos culpables han caminado libres porque las pruebas no alcanzaron los estándares de la justicia? —repitió, y cada palabra cayó como una acusación personal sobre Erin—. ¿Recuerdas aquella frase, Cross? Me la dijiste tú… en mi casa. El día que intentaste que acusara a Jack Malone.
La frase le golpeó en la mente, porque sí, la había dicho en un momento de debilidad el día en el que creyó discutir solo con un compañero.
Cecilia Novak, con la placa de Venus, tomó la palabra. Su tono era más suave.
—Erin… esas personas eran monstruos y son el espejo del mundo.
Esos famosos son las personas más influyentes que existen, creen que están por encima del bien y del mal.
Las nuevas generaciones los imitan, quieren ser como ellos…
—Hizo una pausa—. Hasta tu hija quiere ser como ellos.
Soy tu mejor amiga, Erin. ¿Crees que tu hija no merece un ejemplo mejor donde reflejarse?
Thomas la interrumpió.
—Por favor, Erin, entra en razón —suspiró.
Al ver que no reaccionaba y su rostro era como el de una piedra, Thomas se dirigió al atril de nuevo y cogió unos papeles que tenía encima. Luego, avanzó hacia Erin de nuevo, hasta tenerla a pocos centímetros de distancia.
Levantó uno de los papeles con agresividad.
—Sophie Duval. Nunca la procesaron por tráfico de drogas en Atlantic City. ¿Sabes por qué? Porque su padre es un pez gordo de la banca. Intocable.
Tiró al suelo el papel.
Levantó otro.
—Jacob Heller. Se libró de la cadena perpetua por abusos sexuales a menores, el tribunal rechazó como prueba los videos que él mismo grabó manteniendo relaciones con ellos. ¿La razón? Un vacío legal en cómo se obtuvieron. Técnicamente inadmisibles. En la práctica, un monstruo libre.
Volvió a tirar otra hoja y levantar otra.
—Isabella Gómez. La cantante que todos veneraban.
Años atrás, atropelló a una niña de ocho años en Beverly Hills y se dio a la fuga.
Iba borracha. Los padres de la niña se suicidaron.
Y fue aquí, Erin… sobre ti… en este mismo hotel se quitaron la vida los dos.
Reservaron una habitación y se pegaron un tiro con una escopeta Winchester.
El caso nunca llegó a los tribunales. ¿Por qué?
Porque Isabella Gómez se estaba tirando a otro pez gordo, un productor.
¿Pero a qué no sabes lo mejor? Que seguía conduciendo borracha.
Thomas se inclinó más hacia ella, bajando la voz.
—Y Daniel Moore…
En ese momento el ambiente se volvió más tenso.
—No era solo un actor mediocre y lo sabes bien... Era un maltratador. Te hicimos un favor, Erin. Tu hija podría haber acabado…
Se quedó callado enseguida.
—¡Dilo, Thomas! ¡Dilo! —le gritó Erin—. ¿Cómo yo?
El silencio fue brutal. Nadie respiraba.
—Ahora lo entiendo todo —dijo Erin—. Por eso me pedíais a todas horas que me retirara del caso… que volviera a ser jueza. Por eso Nathaniel Crowe me colocó lo del Ángel de la Autopista, para tenerme entretenida y que me olvidara del cazador…
Hubo un murmullo incómodo. Thomas Varela suspiró, cansado.
—Erin… teníamos que hacerlo… —reconoció él.
—¿También matasteis a Jack Malone?
—¡No! Erin, por Dios. No, no somos asesinos. Se suicidó él. Fue el policía más comprometido con este tribunal que existió jamás, eso fue decisión suya. Nos pilló a todos por sorpresa —contestó—. Te juro que matarlo jamás estuvo contemplado por este tribunal.
—El plan era dejarlo libre… —murmuró Clara atónita desde unos metros más atrás.
Erin no apartaba la vista de Thomas.
—¿Y lo de mi marido? —preguntó con la voz quebrada de rabia—. También fuisteis vosotros, ¿verdad? Le ayudasteis a fugarse para pararme los pies.
Thomas bajó la mirada, como si esas palabras pesaran más que cualquier sentencia.
—No parabas quieta, Erin… te estuvimos avisando. Y no escuchaste. Algo teníamos que hacer.
Pero Thomas se paró un instante y añadió algo bajando la voz, con un tono casi paternal:
—Pero no te preocupes, Erin. Tu marido está vigilado las veinticuatro horas. Sabemos cada movimiento que hace. Ni tú… ni tu hija habéis estado en peligro nunca.
Erin permaneció inmóvil, sin responder. Su rostro era un muro impenetrable.
—Erin, tú misma te saltaste la ley con el novio de tu hija —insistía Thomas—.
Lo detuviste sin cargos, lo intimidaste, fabricaste pruebas en su contra…
lo sabías. Lo hiciste porque sabías que no tenías ningún respaldo legal.
Eres una de los nuestros. Siempre lo has sido.
Solo hace falta que entres en razón y te sientes junto a tus compañeros.
Erin lo miró de nuevo a los ojos, luego miró a Clara, que continuaba petrificada.
—Eso no cuenta. —Su voz resonó en toda la sala—. Era mi hija la que estaba en juego. Había emociones en medio. No es lo mismo, Thomas. Hasta la dama de la justicia se quitaría la venda si sus propios hijos corrieran peligro.
—Erin, por favor… —suplicó Thomas poniéndole la mano en el hombro.