Capítulo 12
Lex Nova
Skid Row
La noche había caído sobre el centro de Los Ángeles y la ciudad brillaba como un océano de luces artificiales. A lo lejos, la silueta del Hotel Cecil, ahora maquillado con su nuevo nombre, se alzaba como una herida que nunca cicatrizaba en la ciudad.
Erin Cross estaba al volante del coche con el motor apagado a unas calles más retirada. Clara Hale, en el asiento del copiloto, se abrazaba a su abrigo. Ambas tenían la vista fija en la entrada iluminada de aquel hotel.
Decenas de personas iban entrando y saliendo de aquel lugar. Algunos trajeados y otros con ropa informal. A esa distancia no podían distinguir rostros, pero el flujo era inquietante.
Clara rompió el silencio.
—No sé qué hacemos aquí, Cross. Estamos haciendo el trabajo que debería hacer la policía. Tengo la sensación de que estoy haciendo contigo todo lo que he criticado hasta ahora.
—Las reglas siempre se rompen, Clara —dijo Erin—. La diferencia es quién lo hace y para qué.
—Esto podría ser un escándalo. Si algo sale mal… si nos equivocamos… nos estamos enfrentando a alguien con toga, con una carrera entera en la judicatura. Si lo que dices es cierto, no se trata de algo insignificante.
—¿Crees que no lo sé? He dedicado mi vida a esa balanza. Pero dime… ¿qué vale más? ¿Proteger la imagen de la justicia o hacer justicia? —preguntó Erin tajante.
Clara no contestó a la pregunta.
—Jamás hubiera pensado que estaría en este coche contigo, esperando a ver quién entra por la puerta de un hotel maldito —reconoció Clara.
—Pues aquí estás. Y si estás aquí, Clara, es porque en el fondo piensas lo mismo que yo. Todo lo que hemos jurado defender no sirve de nada si dejamos que los monstruos se disfracen de jueces.
El silencio volvió al coche. Afuera, la puerta del Cecil seguía tragándose figuras, una tras otra, como si fueran invitados a una ceremonia invisible.
—No sé si esto es justicia… o un suicidio —murmuró Clara.
—Tal vez las dos cosas —replicó Erin, volviendo a mirar el hotel—. Pero ya no hay vuelta atrás.
Clara no dejaba de retorcerse las manos sobre el regazo, observando cómo la gente seguía entrando y saliendo del Cecil como si fuese un hormiguero nocturno. Finalmente miró a Erin, incapaz de contener la inquietud.
—¿Tienes un plan? Espero que lo tengas.
Erin giró la cabeza hacia ella, con esa calma feroz que solo mostraba antes de hacer algo imposible.
—Mis planes nunca se escriben en papel. Se escriben en la cara del enemigo cuando se da cuenta demasiado tarde de que ya está perdido.
Erin señaló a dos homeless tumbados cerca del Cecil, entre dos cartones.
—¿Ves a esos dos? —señaló Erin con el dedo a lo lejos.
Sacó su móvil y marcó poniendo el altavoz.
—Ray… Carter… ¿Nos estáis viendo?
—Afirmativo —respondió Ray.
Erin le lanzó una sonrisa a Clara, que no se lo esperaba.
—¿Estás disfrutando, verdad?
—¿De verdad creías que íbamos a venir solas? —preguntó Erin con una sonrisa.
—Estás loca, Cross.
Entonces la voz de Ray sonó más urgente desde el teléfono.
—Creo que está entrando… tenías razón, creo que ese es Pomeroy.
Una figura entró en el hotel con calma.
Clara se tensó como un resorte. Erin cerró los ojos, como si lo hubiera sabido desde siempre.
—Quedaos donde estáis —ordenó Erin—. Iremos nosotras.
—¿Qué? —preguntó Carter al instante.
—¡¿Qué?! —exclamó Clara al unísono.
Ella se quedó callada.
—Erin, eso sí es una locura. No, no, no… yo no pienso salir del coche —decía Clara.
—Tú misma. Yo voy a entrar —dijo Erin.
La frialdad de Cross heló el aire en el coche.
Clara la miraba con los ojos muy abiertos y el corazón latiendo como un tambor. Entendió que Erin Cross no pedía favores, arrastraba a todo el que le rodeaba a su misma guerra, aunque nadie estuviera preparado para combatir.
Hotel Cecil
7 de diciembre de 2025
Mientras Erin se ajustaba la chaqueta y se preparaba para salir del coche, volvió a sacar su móvil y marcó un número de teléfono.
—Agente Fieldman —susurró en voz baja—. Soy Erin Cross. Te llamo desde la entrada del Hotel Cecil. Seguramente estaré en peligro esta noche.
Fieldman respondió, pero Erin ya no lo escuchó.
—¿A quién acabas de llamar? —preguntó Clara.
Erin no respondió, salió del coche y Clara la siguió.
—¿Lista? —preguntó Erin, con una calma temeraria en la voz.
Clara asintió, aunque las piernas le temblaban.
—Más me vale.
—Primera lección. Si quieres descubrir algo nuevo, no sigas nunca las flechas —dijo Erin sonriendo.
Ambas caminaron hacia la entrada del hotel.
El Cecil se levantaba como una carcasa muerta en medio de Skid Row. Las ventanas eran oscuras, la fachada estaba corroída por el paso del tiempo y las historias macabras que pesaban sobre sus muros hacían que cada sombra pareciera un espectro.
Erin Cross y Clara Hale se detuvieron frente a la entrada, con el corazón latiendo cada vez más fuerte bajo el abrigo.
Fue entonces cuando lo vio.
En la acera de enfrente, inmóvil entre la basura y los cuerpos doblados de varios adictos. Otra vez el Predicador. Sus ojos hundidos parecían no parpadear y la barba le cubría el rostro como un bosque negro.
En sus manos sostenía un cartón nuevo.
“Venus ya no nace en el mar”
Erin lo miró fijamente mientras caminaba junto a Clara hacia el vestíbulo. El letrero luminoso del hotel, con su nuevo nombre, parpadeaba sobre sus cabezas como una mueca burlona.
El botones de la puerta ni las miró. La puerta giratoria se las tragó y de pronto… ya estaban dentro.
El vestíbulo estaba renovado, reluciente, con un mármol inmaculado y lámparas de araña modernas. Pero el aire… el aire conservaba ese olor a polvo, humedad y algo más oscuro, como si las paredes guardaran todos los secretos que habían visto nacer y morir ahí dentro.
Erin se detuvo y escaneó el lugar con la mirada. Clara a su lado se abrazaba a sí misma y no dejaba ni un centímetro de separación entre ella y Erin.
—Este sitio me da escalofríos —murmuró Clara—. Parece que quiera devorarnos.
Erin esbozó media sonrisa.
—Entonces vamos a hacer que se atragante.
Caminó hacia el mostrador y Clara le siguió.
La joven que había tras el mostrador las miraba con una sonrisa ensayada.
—¿Habitación para dos? —preguntó casi en automático.
—Sí —respondió Erin sin titubear y sacando un billete del bolso.
La recepcionista tecleó un par de veces en su ordenador y deslizó una llave magnética sobre el mostrador.
—Habitación 506. Son sesenta dólares.
Erin dejó cien dólares y cogió la tarjeta de la habitación. No le importaba la habitación, ni el número, ni siquiera que le devolviera el cambio. Lo único que quería era llegar al ascensor.
Clara estaba rígida a su lado, intentando que no se le notara el temblor en las manos.
—Gracias —murmuró Erin.
Ambas avanzaron hacia los ascensores de acero.
El vestíbulo, con su mármol brillante y sus lámparas modernas, parecía un disfraz torpe sobre un cadáver. El Cecil había cambiado de nombre y de dueño, pero aquel olor a rancio, a moho… no se lo quitaba ni aunque construyeran encima una Torre Trump.
El ascensor llegó con un chirrido.
Entraron y Erin pulsó el botón más bajo, el que ni siquiera estaba señalizado, un triángulo gris sin información. El aparato descendió con un traqueteo lento y cada metro más profundo se sentía como una caída al vientre de la ciudad.
Cuando las puertas se abrieron, el aire cambió. Era más frío, más áspero y cargado de un eco oscuro.
El sótano del Cecil estaba mal iluminado. Fluorescentes parpadeantes colgaban del techo bajo y proyectaban sus sombras largas contra las paredes descascaradas. El suelo de cemento estaba manchado en algunos tramos y el silencio era tan intenso que cada paso resonaba como un disparo.
—Esto parece una morgue abandonada —dijo Clara.
Erin no respondió. Caminaba al frente con decisión, guiada por las palabras de Peter Halliday: en el sótano hay una sala grande.
Avanzaron por un pasillo angosto, pasando junto a tuberías oxidadas que vibraban levemente con el correr del agua. Las paredes estaban marcadas con grafitis y algunos apenas eran visibles.
De pronto, al final de un corredor, apareció una puerta de metal gigante. Estaba cerrada, pero detrás de ella se filtraba una fina línea de luz cálida por las rendijas.
Entonces lo oyeron.
Voces. Muchas voces.
Alguien hablaba, no se entendía lo que decía, pero era una voz que resultaba muy familiar… demasiado familiar.
Erin levantó una mano para detener a Clara a escasos metros de la puerta y se puso el dedo en la boca para indicarle que no debía hacer ruido.
Los nervios aumentaban con cada palabra inaudible que salía de aquella sala oculta.
Habían llegado.
El corazón de Erin latía como un tambor cuando puso la mano sobre la puerta de hierro. Clara la miraba con los ojos muy abiertos, intentando respirar en silencio sin hacer ruido.
Erin le sostuvo un segundo la mirada. Sabía que cruzar esa línea era algo irreversible, pero no se lo pensó. Lo hizo a su manera. Empujó la puerta de un golpe y con fuerza.
Entró con paso firme. Clara le siguió.
Por un instante, Erin recordó que aquella entrada guardaba cierto parecido a lo que hizo el presidente Putin en el teatro Dubrovka de Moscú, irrumpir a cualquier precio, sabiendo que sacrificaría demasiado con aquello.
La sala que apareció ante ellas no era lo que esperaban.
Erin había imaginado algo más oscuro, pero lo que encontró fue mucho peor.
Era un salón subterráneo dispuesto como una corte improvisada, con tarimas de madera oscura y un estrado en lo alto.
En las paredes colgaban estandartes desgastados con símbolos de justicia y presidiendo todo, un enorme retrato a óleo de Edmund Raeburn, el mentor de los jueces, solemne, vigilando desde las alturas como si fuera una deidad.
La sala estaba iluminada por lámparas de pie que proyectaban una luz amarillenta y majestuosa sobre los rostros que ocupaban las bancas… y esos rostros no eran anónimos para ninguna de las dos.
Allí estaban Richard Malden, Elliot Pomeroy, Victor Langford, Marjorie Hensley, Nathaniel Crowe y Cecilia Novak.