Skid Row Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Pero Erin no respondió con sarcasmo. Cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie frente al escritorio de Clara con los brazos cruzados.

—Vengo a pedirte disculpas —dijo Erin en un tono que Clara no esperaba.

El silencio cayó como un bloque de hielo. Clara se recostó en la silla, incrédula.

—No sé si esperar a que ahora me digas una de tus frases lapidarias.

—No, Clara. No hay frase. El juez Varela tenía razón. Te pareces demasiado a mí. Lo que no conocía ni yo es que iba a saber pedir perdón cuando me equivoco. Por eso ahora lo estoy haciendo.

—Yo tampoco esperaba esto de ti, Cross. Pero reconozco que escuchar unas disculpas de tu boca… es histórico. ¿Puedo grabarlo?

—Son sinceras, Clara. Perdón por ir por libre y por creer que estabas en mi contra cuando solo estabas cuidando de la institución. La justicia no es solo mía, también es tuya, es de todos.

Erin dejó caer una carpeta sobre su mesa.

—Quiero hacer las cosas bien esta vez —dijo—. Y voy a necesitar que confíes en mí.

Clara puso la mano sobre aquella carpeta, sin abrirla y esbozó una media sonrisa.

—No me mal acostumbres, Cross —bromeó Clara.

—Clara, estoy detrás de algo, no te voy a mentir y necesito tu ayuda.

Hale arqueó una ceja, curiosa.

—¿Por eso me has pedido perdón? ¿Para pedirme un favor?

—No lo he hecho para pedirte un favor. Lo que necesito es un acceso que solo tú puedes autorizar de forma legal. Si hago una llamada, ya tendría lo que quiero. Pero las disculpas eran verdaderas, esta vez voy a seguir el procedimiento.

Clara se quedó callada unos segundos.

—Te escucho.

—Necesito saber quién está detrás del nombre de Juno. Es el nombre que aparece como propietario del Stay on Main, el antiguo Hotel Cecil. Tú puedes acceder al registro oficial de la compra y del cambio de nombre.

Clara la observó, intentando descifrar si había doble fondo en esa petición.

—Desconozco si es una persona física, un mote o una empresa, si es americana o de fuera… —continuó Erin—. Solo sé que se hace llamar Juno, nada más. Si necesitas que te firme algún documento para respaldar esta petición te lo puedo hacer ahora mismo.

Clara se reclinó de nuevo en la silla, cruzó los brazos como solía hacerlo Erin y la miró con cierta sorpresa.

—No hace falta, Cross. Mañana tendrás la información sobre tu mesa.

Erin asintió aliviada. Se giró para salir, pero Clara la detuvo con la voz.

—Erin, espera. Una cosa más…

Se volvió hacia ella enseguida.

Clara bajó la vista un instante, antes de bajar la guardia.

—Yo también te debo una disculpa. He sido demasiado dura, demasiado rígida… quizá porque en el fondo, siempre he querido ser como tú.

Erin le devolvió una sonrisa.

—Pues te sale mejor que a mí.

Casa de Erin Cross en Pasadena

6 de diciembre de 2025

La noche había caído sobre Pasadena, pero la casa de Erin Cross permanecía en penumbra. No había encendido las luces, solo la lámpara del salón, que proyectaba un círculo cálido en medio de la oscuridad. Se había servido un whisky para pasar la noche, pero apenas lo había probado.

Se recostó en el sofá, pero la calma no llegaba. Tenía un presentimiento extraño, uno que la carcomía por dentro. Algo estaba pasando en la ciudad. Algo que aún no tenía nombre ni forma, pero algo se había removido como un monstruo y se movía entre las sombras como una bestia.

Nunca se había enfrentado a algo así. No era como los casos que llenaban su escritorio. Pruebas, testigos, cadenas de custodia… aquello era distinto. Más grande, más antiguo, más oscuro.

Se llevó la mano al pecho, como si pudiera calmar su pulso acelerado presionando fuerte contra su tórax. Sus pensamientos inevitablemente fueron hacia él. Hacia el juez Pomeroy.

Una sensación extraña le recorrió el cuerpo al pensar en Pomeroy, un escalofrío que no era miedo, ni rabia, ni tampoco intuición.

Era otra cosa, algo que no había sentido antes.

Una mezcla de sospecha y traición, como si el suelo mismo en el que había caminado todos esos años se estuviera resquebrajando bajo sus pies.

Erin se levantó del sofá con un movimiento brusco.

El presentimiento no la dejaba respirar, algo le apretaba por dentro.

Agarró el bolso del respaldo de la silla para colgarlo en el perchero con intención de irse a dormir…

pero en un gesto torpe, el bolso se abrió y cayeron todas las cosas que había en el interior al suelo.

Erin chasqueó la lengua frustrada y comenzó a recoger el monedero, las llaves, unas tarjetas… y de pronto… se quedó observando algo que le llamó demasiado la atención y su cara palideció.

Era la carta que el Cazador de Estrellas le introdujo en la chaqueta a Daniel Moore, la llevaba guardada en el bolso desde el interrogatorio.

La carta quedó abierta en el suelo, boca arriba… pero del revés para ella. Desde aquella posición invertida se dio cuenta de que las casualidades no existen. Se quedó completamente paralizada mirándola, sin aliento. Y todo empezó a encajar…

—Dios mío… —susurró llevándose una mano a la boca.

Lo había sospechado siempre.

Erin ya intuía desde hace meses que aquello era una realidad, lo sabía en lo más profundo de su instinto. Pero ahora era una evidencia.

Acababa de descubrir la identidad del Cazador de Estrellas en esas milésimas de segundo, con un simple gesto torpe… mirando la carta al revés.

Fiscalía del Distrito de Los Ángeles

7 de diciembre de 2025

No había dormido nada. La madrugada había sido un desfile de pensamientos imposibles de apagar. Cada vez que cerraba los ojos veía la carta.

Erin llegó temprano a la fiscalía. El pasillo aún estaba vacío, el eco de sus tacones rebotaba en las paredes.

Entró en su despacho, puso el bolso sobre la mesa y se dejó caer en la silla.

Tenía los ojos inyectados en sangre, pero ni el cansancio ni el insomnio lograban amortiguar la rabia que sentía en ese momento.

Todo había pasado en sus narices. Durante meses para ella, durante años para otros, siguiendo hilos y persiguiendo fantasmas. Y el verdadero rostro del Cazador de Estrellas siempre había estado ahí, tan cerca… como el juez Varela diría: escondido a plena vista.

Clara Hale aún no había llegado. Erin miró su mesa vacía y pensó en la carpeta que Hale le había prometido dejar sobre su mesa con la información oficial de Juno.

Una parte de ella quería esperar, confirmar lo que ya sabía.

Otra parte, la más peligrosa, ardía en deseos de salir ahora mismo y enfrentarse al Cazador de Estrellas en su propio campo, aunque la ciudad entera se derrumbara con ello.

Las horas pasaban lentas y crueles, mientras Erin repasaba una y otra vez la carta doblada sobre su escritorio.

El reloj parecía burlarse de ella con cada tictac. Clara no llegaba.

Cuando por fin se abrió la puerta del despacho, el rostro de Clara Hale estaba desencajado, más pálido de lo habitual, como si hubiera visto un fantasma en el trayecto. Tenía un documento en la mano y lo dejó sobre la mesa de Erin.

—No sé de qué va esto, Cross. Pero espero que no me estés arrastrando con tus trucos a un pozo —dijo Clara sin saludar.

Erin no se atrevía a mirar aquel documento.

—Es el dueño del Cecil desde mediados de los dos mil —dijo Clara—. ¿Pero por qué tanto interés en lo que haga con su vida personal? ¿Qué tiene que ver él con un caso?

Erin alargó la mano con lentitud, como si temiera quemarse al tocar el papel.

Miró el documento y comenzó a leer.

Tuvo que leerlo una, dos… y hasta tres veces. La primera no lo creyó. La segunda le temblaron las manos. La tercera, comprendió que no era un error.

Se quedó paralizada.

—Esto… esto me viene demasiado grande… —dijo para sí misma en voz alta.

Clara no entendía lo que sucedía.

—¿De qué va esto, Cross?

Erin abrió el cajón de su mesa y sacó la carta de Daniel Moore.

—Mira esto.

Erin Cross le entregó la carta a Clara y ella comenzó a leer.

—¿Otra vez con el Cazador de Estrellas, Cross? No estarás insinuando que él es el cazador…

Erin se levantó de golpe.

—Los números no son códigos secretos, Clara —dijo—. Mira bien. Son sentencias.

—¿Sentencias? —preguntó Clara con el ceño fruncido.

Erin soltó un suspiro ahogado y dijo:

—Dale la vuelta. Mírala al revés.

Clara obedeció, girando la carta.

—El corazón nunca fue un corazón. ¿No te das cuenta? Es una balanza. —Hizo un silencio—. Es la justicia, Clara. Siempre lo ha sido. Esas cartas no son cartas, son sentencias.

Clara abrió los ojos de par en par, paralizada con la carta del revés en las manos.

—Entonces… el cazador…

—El cazador tampoco es un cazador —interrumpió Erin—. Es un honorable juez… alguien que lleva años haciendo justicia… pero su justicia al revés, desde las sombras, como esa balanza invertida.

Clara tragó saliva.

—Sí, Clara… el Cazador de Estrellas siempre ha estado en la judicatura. No es un loco adicto a la sangre. Es uno de los nuestros. Y necesito tu ayuda, porque si tengo razón… no puedo ir sola. La cosa se acaba de poner muy fea…