Capítulo 11
Juno
Casa de Erin Cross en Pasadena
Esa noche, la casa de Erin Cross en Pasadena estaba en silencio.
Lana se había encerrado en su habitación, ajena a todo, mientras Erin permanecía en la cocina con una copa de vino en la mano.
La noticia de Fieldman resonaba en su cabeza como un eco que no conseguía apagar. Daniel Moore había muerto asesinado.
Erin no tenía el valor de decírselo a su hija. ¿Para qué? ¿Para hacerle otra cicatriz? No creyó que fuese buena idea.
Sin embargo, lo que más la desconcertaba no era el silencio, sino la calma que sentía.
Daniel estaba muerto. No por sus manos, no por la justicia ordinaria, sino por otra fuerza, una fuerza invisible y brutal.
Pero en algún rincón de su pecho, aquella noticia le trajo un alivio oscuro.
Un alivio que sabía que no debía sentir.
Apoyó la copa en la encimera y cerró los ojos.
Pensó en todas las víctimas que había defendido, en cada sentencia que había firmado como jueza, en cada acusado que había perseguido como fiscal. Siempre había creído en la balanza, en el procedimiento y en las pruebas.
Se debatía con un pensamiento que la corroía:
—¿Quién dicta la justicia cuando el sistema falla? ¿Esa justicia es menos justa por no llevar toga? ¿O es más pura porque no admite apelación?
La calma se mezclaba con la culpa y la culpa con el alivio. Todo enredado en un dilema que ninguna ley podía resolver.
Abrió los ojos y miró hacia la habitación cerrada de Lana.
—No es justo —murmuró para sí misma.
No lo era. Pero comprendió que lo justo y la justicia no siempre eran lo mismo.
Philippe The Original en Alameda Street
3 de diciembre de 2025
Erin salió de la fiscalía entrada la tarde, todavía con la carpeta de un nuevo homicidio bajo el brazo. No esperaba ver a nadie en la puerta, y menos a un hombre alto, con un abrigo sucio, barba de varios días y un gorro de lana calado hasta las cejas.
—¿Peter? ¿Eres tú? —preguntó Erin sorprendida.
Él levantó la cabeza y sonrió con ese gesto torcido de siempre.
—Cross, qué alegría verla. De hecho… te estaba buscando. Quería hablar contigo —reconoció Peter Halliday.
Erin Cross lo escaneó con la mirada. Con esa vestimenta, no entendía cómo lo habían dejado pasar de la recepción.
—Ven —dijo ella—. Vamos a tomar un café caliente. Invito yo.
Caminaron hasta Philippe The Original en Alameda Street, a unas pocas calles de la fiscalía. Era un bar clásico de Los Ángeles, donde funcionarios y abogados solían esconderse entre juicios.
A unos metros de la puerta, volvió a verlo. Estaba ahí de nuevo, el Predicador. Inmóvil, con la misma barba enmarañada y su ropa sucia. Sosteniendo un cartón entre sus manos, levantado a la altura de su pecho.
“Baco ya no cultiva vino”
Erin lo intentó ignorar de nuevo.
Entraron y se sentaron en la mesa del fondo. Erin pidió dos cafés y unas pastas dulces. En la mesa, Peter jugueteaba con las manos, nervioso.
—¿Qué hacías por aquí, Peter? ¿Por qué me buscabas?
—Hace tiempo me llamaron de la fiscalía. Me dijeron que querías hablar conmigo.
—Sí… es cierto, discúlpame, Peter… era por el caso de la chica de Skid Row… pero ya no hay caso.
—Lo supuse… dicen que fue el policía.
—Eso parece.
—Entonces no era él —contestó Peter—. Porque nada es lo que parece nunca en esta ciudad.
Peter Halliday podía ser muchas cosas, pero guardaba un olfato felino.
—Te veo más derrotada desde la última vez que te vi en Skid Row. Y te lo digo yo, que soy un jodido toxicómano —soltó Peter.
Erin no quería hablar de casos, no quería apretarlo a preguntas. Quería tomar un café con él, sin más.
—¿Y tú, Peter? ¿Cómo estás?
Se pasó la mano por la cara, tembloroso y su voz se quebró.
—Llevo días sin consumir. Siento como si mi propio cuerpo fuera una cárcel sin barrotes. Cuando te drogas tanto, Cross, no duermes, no comes, el estómago se revuelve como si tuvieras ácido corriendo por las venas. Me sudan las manos y me tiembla todo el cuerpo. Pero la cabeza es lo peor…
—¿Qué te ocurre en la cabeza? —preguntó Erin con curiosidad.
—Me grita. Me insulta. Me recuerda los errores, las deudas, cada cara a la que fallé… —cogió aire y se detuvo unos segundos—. Lo jodido es que sabes que hay una sola cosa que lo silencia. Una sola. Y la tienes que rechazar sabiendo que está a un paso.
Erin lo observaba conmovida pese a su coraza.
Peter esbozó una sonrisa forzada, con lágrimas secas en los ojos.
—La abstinencia es como tener un demonio sentado en el pecho. Y el cabrón no se levanta hasta que te destruye. Cada hora que pasas de pie, cada hora que no cedes… es como ganar una batalla que nadie aplaude.
—Peter… —suspiró Erin.
—Perdona, Erin. Hace tiempo que nadie me preguntaba un ¿cómo estás?
Erin se inclinó hacia él muy seria.
—Creo que puedo ayudarte, Peter —dijo Erin.
Él rió con amargura.
—¿Tienes fentanilo, Cross? —bromeó con una sonrisa.
—Te puedo pagar una clínica —respondió—. Una buena. No de esas donde te encierran semanas y luego te sueltan peor de lo que entraste. Déjame hacer unas llamadas. Conozco al mejor terapeuta de la ciudad.
—¿Por qué harías eso por mí? —preguntó.
—Porque a veces la justicia no está en un juzgado. Y porque si sigues cayendo, perderé al único topo que tengo infiltrado en el barrio más peligroso de Los Ángeles.
Peter agachó la cabeza.
—¿Y qué pasa si fracaso otra vez?
—Que volveremos a intentarlo —respondió Erin.
—Eres una terca de mierda, Erin.
Erin se apartó unos metros para llamar por teléfono. Tardó unos minutos. Peter se recostó en la silla, nervioso. Cuando Erin terminó de hablar por teléfono, volvió a sentarse frente a él. Sacó una libreta, apuntó una dirección y una hora.
—Mañana a las nueve tienes que estar aquí. No te preocupes por nada. Todo va a mi cuenta.
Peter la miró un rato largo, con el papel en las manos y con una mezcla de cansancio y gratitud.
—Muchas gracias… —dijo boquiabierto—. Nadie había hecho algo así por mí antes. ¿Sabes qué? Tú siempre pareces más fuerte que todos los que te rodean. Pero yo sé que por dentro también estás hecha polvo.
—Pues a partir de ahora, tú sacas lo tuyo y yo empezaré a dejar de esconder lo mío —prometió ella.
La campanilla de la puerta principal del bar sonó.
Erin levantó la vista casi por instinto.
El juez Elliot Pomeroy acababa de entrar, impecable con su traje gris, acompañado por dos abogados jóvenes que lo seguían como satélites a su alrededor.
Se dirigieron a otra mesa, riendo en voz baja y hablando entre ellos.
Erin giró el rostro de inmediato y agachó la cabeza, no quería que la viera allí. Pero Peter también se giró y bajó la voz dirigiéndose a Erin.
—Erin… conozco a ese tipo —murmuró.
—¿Lo conoces? —preguntó Erin—. Es el juez Pomeroy. ¿Te ha condenado alguna vez?
—¿Condenado? No… ese hombre entra siempre al Hotel Cecil, muchas noches lo veo por allí —respondió en voz baja.
—Te equivocas, Peter. Será otra persona que se le parece. ¿El juez Pomeroy en el Hotel Cecil? —dijo Erin en voz alta, como si Peter hubiera dicho un disparate.
Peter asintió.
—Sí. Y antes de que pienses que es el síndrome de abstinencia…
no lo es, Cross. No he consumido nada en los últimos días.
Soy el mejor reconociendo caras. Reconocería hasta a mi niñera de cuando tenía seis años si pasara ahora mismo por aquí.
Por eso te digo que yo a ese tío lo he visto en Skid Row.
—¿Con quién? ¿Con otra mujer? Bueno… ¿con alguna mujer?
—No. —Peter negó con convicción—. Siempre solo. Entra, se queda un par de horas y luego sale. Una vez lo vi en la puerta y hasta le pedí un cigarro. Me lo dio sin decir nada, sin ni siquiera mirarme a la cara.
Erin se recostó en la silla, se había quedado helada y pensativa.
El Hotel Cecil no era un lugar donde un juez condecorado se paseara por casualidad.
Era un lugar de sombras y de vidas rotas.
Elliot Pomeroy podía permitirse el mejor hotel de la ciudad y quedarse a vivir en una suite hasta el fin de sus días.
Que fuera al Cecil no tenía ningún sentido.
Peter bebió un sorbo de café.
—¿Estás seguro, Peter?
—Te digo que lo he visto muchas noches, de verdad. Y estoy completamente seguro.
Erin respiró hondo, tratando de procesar lo que acababa de oír. Su viejo colega del tribunal, el hombre rígido que daba lecciones de justicia y tenía dinero para enterrar a medio Skid Row, entrando solo de noche al hotel más barato y maldito de Los Ángeles.
—Me dijiste que ya no se llamaba Hotel Cecil, ¿verdad? —preguntó Erin—. ¿Cómo se llama ahora?
—Stay on Main —respondió Peter—. Pero para los de Skid Row y para el mundo entero siempre será el Hotel Cecil.
—¿Y sabes si allí hacen conferencias o algún tipo de evento?
Peter soltó una carcajada y se tuvo que tapar la boca porque resonó en todo aquel lugar.
—Buena esa, Cross. ¿Conferencias en el Cecil? Ni aunque lo pintaran de oro.
Peter volvió a bajar la voz.
—Le cambiaron el nombre. Escuché que lo compró un tipo nuevo… un tal Juno... nadie sabe mucho de él, solo que puso dinero para darle un aire nuevo al edificio. La gente que entra no va a dormir, pero mucho menos a escuchar charlas.
—Me has dejado sin palabras… —reconoció Erin.
—En el sótano hay una sala grande. Yo entré una vez. Y créeme, lo único que se podría hacer ahí son rituales satánicos, ni música… ni conferencias.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
6 de diciembre de 2025
El pasillo de la fiscalía estaba en silencio, interrumpido por el repiqueteo de tacones y murmullos de las personas que pasaban por allí.
Erin Cross caminaba firme, carpeta en mano, aunque esta vez no era para enfrentarse a un caso y tampoco para imponer su ley.
Golpeó suavemente la puerta del despacho de Clara Hale. Al otro lado, se escuchó:
—Adelante.
Clara levantó la vista de unos expedientes y se sobresaltó al ver la figura de Erin en la puerta. Sus ojos se entrecerraron esperando un desafío, otro asalto.
—Vaya… Cross. ¿Vienes a rebuscar en mis archivos? ¿O has venido a poner droga entre mis carpetas?