Capítulo 10 #4
—Mira, Cross… te diré otra cosa que jamás debería salir de esta habitación.
Mi compañera, la que llevó de cerca lo de Michael Jackson…
siempre sospechó que Murray, que igual que otros antes, eran simples marionetas de alguien más grande.
Detrás de cada carta siempre hay un policía que dispara, un delincuente que mata y un médico que receta de más…
piezas sacrificables. La cabeza pensante debe ser otra.
Ese que tú llamas Cazador de Estrellas, nuestro Verdugo del Cine, debe ser alguien muy poderoso.
—Lo sabía… —murmuró Erin.
—En Washington no tenemos pruebas de otros asesinatos similares, ni la constancia de otras cartas, pero tenemos más que sospechas de que lo de John Lennon no fue tan simple como un fan obsesionado.
Fieldman tragó saliva.
—Y todavía hay más, Cross. Alguien entró en la casa de Heath Ledger antes que los forenses la noche de la sobredosis. Movieron cosas. Tampoco había carta… pero pudo haberla. Aunque la teoría oficial lo tapó todo, esas cartas se entregan, pero también las hacen desaparecer después.
Erin se quedó muda y eso que era difícil dejarla sin palabras.
—Perdona que te lo repita, Cross. Pero no puedes contar nada de esto. A nadie. Ni usarlo en tu investigación.
Erin no respondió, pero asintió con la cabeza.
—Si te enteras de algo nuevo, por pequeño que sea, llámame. Yo estaré aquí o en Washington, pendiente de cualquier novedad. Pero no te voy a mentir, Cross. No tiene buen pronóstico. Este caso es un pantano y todos los que entran se quedan atrapados.
Erin rebuscó en su bolso, con el mismo gesto como si fuera a sacar un arma. Colocó sobre la mesa la carta doblada que había guardado desde el interrogatorio de Daniel Moore.
—Aquí tengo ese algo más, agente. El exnovio de mi hija también recibió una carta. Hace casi un mes. Luego, le ordené que abandonara la ciudad.
—¿De verdad? —preguntó Fieldman sorprendido.
Fieldman desplegó la hoja frente a él y leyó en voz alta.
—1185. Quien juega con fuego olvida que las cenizas también tienen memoria.
Miró el símbolo del corazón roto por la parte superior. Volvió a leer la carta en silencio, con la mandíbula apretada. Luego alzó la vista.
—Dime su nombre. ¿A quién iba dirigida esta carta? —preguntó—. ¿Sigue vivo?
—Daniel Moore. Un actorucho de tercera… un maltratador de mujeres.
Fieldman sacó su móvil y se apartó un poco de la mesa. Marcó un número de memoria.
—Anne, ¿me escuchas? —decía el agente, mientras sonaba una voz femenina al otro lado—.
Te llamo desde California, disculpa la diferencia horaria.
Necesito que abras un expediente en Los Ángeles.
Nombre, Daniel Moore. Actor. Coteja cualquier vínculo con el caso del Verdugo del Cine y con las cartas a famosos.
La mujer decía algo al otro lado y Mark Fieldman asentía.
—Sí, de inmediato. Está bien. Sí. Te envío una foto.
Colgó el teléfono y regresó con Erin.
Hizo una fotografía a la carta y se la envió por una aplicación privada que Erin no reconoció.
—Mi compañera Anne Rutherford lleva tu mismo caso allí.
—¿Sabes lo que me mata de este caso? —soltó Erin—. La lógica que parece seguir. No es azar. No son solo famosos. Son famosos que cargaban con algo. Un secreto, un pecado, un delito…
—Has llegado lejos, Cross. Eso no lo sabíamos. Pero ahora que lo dices, es cierto, todos parecen tener sombras —reconoció él.
—Necesitamos adelantarlo —dijo Erin.
—Pero desgraciadamente mis superiores van por otra vía.
Imagina qué pasaría… la repercusión sobre el propio FBI, sobre el presidente de los Estados Unidos, sobre el país entero…
si el mundo supiera que un asesino en serie lleva suelto casi cien años.
El caso Roswell y lo del 11 de septiembre no se esconde porque sí.
Hay cosas que el mundo no puede saber. Mi jefe lo llama faux sentiment de sécurité, el bienestar de la falsa seguridad.
El teléfono de Fieldman sonó de nuevo, vibrando con insistencia sobre la mesa y a su vez, hizo vibrar las tazas de café. El agente lo miró un instante, luego se levantó y se apartó unos pasos. Erin lo observó sentada, con el corazón en un puño.
La conversación fue breve. El rostro de Fieldman se iba poniendo cada vez más serio. Colgó y regresó a la mesa.
—¿Qué ocurre? —preguntó Erin, leyendo la tensión en su rostro.
Fieldman la miró un instante, como si le costara soltarlo.
—Era Anne.
Guardó silencio y no tardó en dejar caer la noticia.
—Daniel Moore murió el 11 de noviembre en Filadelfia. Un incendio en su apartamento. Lo encontraron carbonizado.
Erin se quedó inmóvil, como si el aire se hubiera vuelto de vidrio a su alrededor.
—¿Un incendio? —preguntó.
—La versión oficial dice eso, un accidente doméstico. Un cortocircuito. Pero Anne me ha dicho otra cosa. Estaba atrapado en su habitación. No hubo forma de salir. Quemado vivo. Ahora esta información solamente la sabemos nosotros.
Erin miraba la carta.
Quien juega con fuego olvida que las cenizas también tienen memoria.
—Cumplida al pie de la letra, ¿eh? —dijo Fieldman.
—Ese cabrón estaba marcado igual que los demás.
—Cross, sepárate de este caso ahora que puedes. Haremos todo lo que podamos desde Washington.