Capítulo 10 #3
Los tres se marcharon, dejando aquella tensión en el despacho de Erin.
Thomas Varela cerró la puerta, pero antes miró a Erin de reojo y le guiñó un ojo. Erin le agradeció el gesto con un movimiento de cabeza y una leve sonrisa.
Thomas Varela conocía bien a Erin, aquel ultimátum no era una advertencia. Desafiar a Erin significaba echar más gasolina al fuego.
3171 Los Feliz Boulevard, Suite 200
1 de diciembre de 2025
Erin Cross entró en la Suite 200 del barrio Los Feliz. La recibió Mark Fieldman, agente del FBI. Un hombre de cuarenta y tantos años, con el pelo corto, traje azul marino y una mirada cansada.
Se habían conocido años atrás, cuando Erin todavía llevaba toga.
Fue en el caso O’Leary, un empresario acusado de financiar redes ilegales de armas a través de contratos municipales.
Todo se volvió rocambolesco. Testigos que desaparecían, pruebas contaminadas, una fuga digna de película en mitad de un juicio…
Erin terminó condenándolo y Fieldman pudo cerrar aquel caso que le habían encomendado desde Washington.
—Te diré algo, Cross —dijo Fieldman, removiendo su café—. Creí que no volveríamos a vernos nunca más.
—Pero aquí estamos, por alguna razón has vuelto a llamarme —dijo ella—. ¿Qué necesitas esta vez?
—Estoy en la ciudad por el caso de Cynthia González —contestó él bajando la voz.
Erin había escuchado hablar de aquello. Aunque el FBI no había confirmado oficialmente aquella investigación, Erin lo acababa de confirmar en aquel momento.
Cynthia González era la vicealcaldesa de Cudahy, del condado de Los Ángeles.
Hubo mucho revuelo tras publicar un video controvertido instando a pandillas latinas como 18th Street y Florencia 13 a “defender su territorio” del Immigration and Customs Enforcement —ICE—.
—Me temo que ahí no puedo ayudarte mucho, Fieldman. Si Cynthia no mata a nadie, su caso nunca llegará a la mesa de mi despacho.
—Lo suponía. Pero igualmente, nunca olvidaré lo que hiciste por mí.
—Solamente hice justicia, Fieldman.
—Debo pedirte otro favor. Necesito que me digas quién lleva ese caso, sé que es abusar demasiado… pero…
—No está la cosa en la fiscalía para que me meta en muchos líos… créeme —interrumpió Erin.
—Lo entiendo.
—Se llama Clara Hale —respondió finalmente ella—. Pero ten cuidado, esa mujer es peor que yo.
Fieldman sonrió.
—¿Sabes si puede estar involucrada o tapando algo?
—Me encantaría decirte que sí, pero lo dudo mucho. Se pasea todo el día con la espada y la balanza por la fiscalía. Si ella está detrás de este caso, Cynthia caerá.
Hubo un silencio entre ambos, pero Erin sintió un impulso irresistible.
—Me gustaría preguntarte algo, agente. ¿Conoces el caso del Cazador de Estrellas?
—No mucho, Cross. En Washington consideramos California como parte de México. No llegan las noticias —bromeó Fieldman.
Erin le devolvió una sonrisa.
Durante más de media hora, Erin desgranó todo el caso. Los asesinatos de Sophie Duval, Jacob Heller, Isabella Gómez… Jack Malone y el suicidio en su celda… pero cuando le habló de las cartas, Mark Fieldman la interrumpió enseguida.
—Un momento, Cross. Conozco lo de las cartas —dijo con los ojos muy abiertos—.
Esas cartas llevan circulando años por Estados Unidos.
En el FBI lo llamamos el Verdugo del Cine y es un cajón de sastre.
Llegan cada cierto tiempo, con distintos números en orden y con un corazón inacabado que nunca logramos descifrar.
Te diré algo… todos los que se metieron a investigar ese caso terminaron igual…
frustrados, quemados… y algunos hundidos en su carrera.
Erin agudizó todos sus sentidos en ese momento.
—¿Qué sabes de esas cartas, Mark? ¿A quién más asesinó el Verdugo del Cine?
—Ten mucho cuidado, Cross. Ese cazador…, como tú le llamas, no dispara balas. Dispara desesperación.
Erin lo miraba fijamente, procesando sus palabras.
—Jueza Cross… digo, fiscal… este no es solo un caso sin más. Es uno de los infinitos archivos que siguen abiertos en este país, en cada oficina del FBI. Créame, es un agujero negro.
—¿Puedes contarme lo que sabes? —insistió Erin.
—Encontraron cartas en los años treinta, cuarenta, cincuenta… sesenta. Te sonará el nombre de Karyn Kupcinet, una actriz joven, hija del famoso columnista Irv Kupcinet. Estrangulada en su apartamento en Hollywood. Nadie lo resolvió. Pero también había una de esas cartas.
Erin entrecerró los ojos haciendo memoria.
—En el noventa y cinco… Michael Nigg, un modelo aspirante a actor —continuó Mark Fieldman—. Lo mataron en un aparente robo con violencia en una gasolinera de Hollywood. También una carta en su bolsillo.
Fieldman dejó el café y cruzó las manos sobre la mesa.
—¿Y Natalie Wood? ¿Te suena? Oficialmente ahogada en los ochenta mientras navegaba en su yate. Adivina... en su camarote había una carta similar.
Erin se tensó, cada músculo de su cuerpo se puso en alerta.
El agente se inclinó aún más, bajando la voz como si las paredes pudieran delatarlo.
—Y el último del que teníamos constancia, Cross… es altamente secreto. Nadie fuera del FBI lo sabe. Y debe seguir siendo así —dijo con precaución.
—Puedes confiar en mí —respondió Erin.
—Encontramos una carta similar en la mansión de Michael Jackson después de su muerte.
Erin se quedó helada.
—¿Michael… Michael Jackson?
—Sí. Yo mismo la vi con mis propios ojos. Ahora de memoria no recuerdo qué ponía, hace mucho de eso. Además, es un caso que no llevo ni yo…
—Dijeron que fue su médico quien acabó con su vida por error, si no me equivoco —dijo Erin.
—Aquí también dicen que fue tu policía, Cross —añadió él.
Erin sintió un escalofrío en el cuerpo.
—Hay cosas que este país no debe saber —insistió Fieldman—.
Pero ese lugar no acepta vacío, se necesita un culpable y la propia ciudad lo entrega.
El médico de Michael, Conrad Murray, fue el cabeza de turco perfecto, igual que ese policía tuyo.
Al médico lo sentaron en el banquillo, lo crucificaron…
pero jamás habló. Jamás. Lo único que te diré es que esto no es nuevo, ni es obra de ese tal Malone, ni siquiera empieza contigo…
es un monstruo viejo y lleva décadas escribiendo en las sombras.
Fieldman respiró hondo, como si cada palabra que iba a pronunciar le costara un año de vida.