Capítulo 10 #2
Esta vez el tablero se había movido solo y ella no había previsto la jugada.
—¿Dónde has conseguido esta carta? ¿Quién te la dio? ¿Cuándo? ¡Habla! —preguntó Erin dando un golpe en la mesa.
—No la conseguí —respondió con temor—. La encontré en mi chaqueta, en el set de rodaje… hace unos días.
Erin lo examinó con la mirada, tratando de detectar una mentira en su rostro, un temblor… cualquier grieta. Pero no la encontró.
El silencio de la sala se volvió insoportable. Tras el cristal, Ray y Carter intercambiaron miradas inquietas. Lana no entendía lo que estaba pasando.
Todos allí, menos Lana y él mismo, sabían que Daniel Moore era la próxima víctima del Cazador de Estrellas.
—Alguien se me ha adelantado, Daniel… —su voz era imposible de ignorar.
—¿Adelantado a qué? ¿De qué me estás hablando?
—Hollywood es tu hábitat, ¿no? —dijo Erin con desdén—. Ya que te gusta tanto este circo, voy a decírtelo en un idioma que sí entiendes. Algo más… a tu nivel.
Daniel tragó saliva.
Erin acercó su rostro unos centímetros a él.
—¿Recuerdas lo que Scar le dijo a Simba en El Rey León? —Se detuvo un segundo—. Huye… huye y no regreses jamás. Vas a irte lejos. Lejos de Hollywood. Lejos de California. Vas a dejar esa serie. Y no vas a volver por aquí nunca más. ¿Me oyes? ¿Lo has entendido?
Daniel parpadeó, incrédulo, con una sonrisa nerviosa.
—¿Qué? ¡No! No puedes pedirme eso… es mi carrera… es mi vida.
Erin se inclinó hacia él.
—¿Carrera? —Erin se apartó y volvió a su sitio—.
Escúchame bien, engreído de mierda. En la fiscalía quedan aún cientos de homicidios sin resolver esperando a un culpable.
Casos que la prensa devora cada vez que necesitan a un monstruo para llenar sus portadas.
Créeme… esos pocos gramos de cocaína que encontré en tu chaqueta serán lo de menos comparado con el cuchillo de sangre que te puedo sacar del puto bolsillo.
Daniel Moore tragó saliva de nuevo. Le temblaban las piernas. Sabía que la cosa se había puesto seria.
Erin golpeó la mesa con la palma abierta, haciendo retumbar el metal.
—No habrá casting, ni productor que pueda salvarte. Pasarás el resto de tu vida en prisión, odiado hasta por tu propia sombra. Así que elige. O desapareces voluntariamente… o te hago desaparecer yo.
—Pero…
—No hay peros —interrumpió Erin—. O te marchas de la ciudad ahora o yo me encargaré de que tu nombre se pudra en todos los titulares… y te juro por mi puta vida que serán otros los que caven tu tumba. —Lo miró unos segundos más—. Y lo haré sin despeinarme.
—Es lo único que tengo… —suplicó Daniel Moore con lágrimas en los ojos.
—Por ahora… —amenazó ella—. Mírate bien, Moore… ahí llorando… sin una mujer a la que romper no pareces tan monstruoso.
Daniel Moore lloraba con una mezcla de miedo y rabia.
—No eres nada —finalizó ella.
Erin se enderezó, firme como una sentencia.
Daniel bajó la cabeza. El temblor de sus manos lo delataba. El hombre que jugaba a controlar y golpear mujeres estaba reducido a un susurro de sí mismo y todo… frente a una mujer.
Casa de Erin Cross en Pasadena
7 de noviembre de 2025
La mesa estaba servida: un par de platos de pasta, una botella de agua y pan cortado en rebanadas. La televisión apagada y el silencio llenaba la casa de Pasadena con un peso extraño.
Lana estaba pensativa, dando vueltas al tenedor sin probar bocado. Tenía los ojos hinchados, pero en ellos había más cansancio que lágrimas.
Erin, frente a ella, masticaba despacio, dándole su espacio.
—No tienes que decir nada, cariño —dijo Erin al fin—. No hoy.
Un silencio se extendió entre ambas, hasta que Lana habló por primera vez.
—Me siento una idiota, mamá.
—No lo eres. Él es el idiota. Eso es lo que hacen, Lana. Te convencen de que la culpa es tuya. De que sus golpes, sus gritos y sus mentiras son porque tú fallaste en algo. Pero no es así. Nunca lo fue. Y eso te lo demostrará el mejor juez que conozco.
—¿Thomas Varela? —preguntó Lana.
—No… el tiempo.
Lana se quedó unos segundos procesando aquella frase.
—Lo sé, pero es que le quiero, mamá. Y ahora siento que me queda un hueco dentro, un vacío…
Erin dejó el tenedor sobre el plato y la miró fijamente.
—Hoy no... Puede que este mes tampoco. No sé hasta cuándo. Pero te darás cuenta de lo mismo que nos damos cuenta todas con el tiempo. Que ese hueco es libertad… es alivio. Aunque ahora lo veas como vacío y sientas la urgencia de llenarlo.
—Gracias por lo de hoy, jueza —sonrió Lana por primera vez.
—Siempre voy a estar a tu lado. Aunque te enfades conmigo —le dijo Erin.
—Me ha encantado lo de engreído de mierda —reconoció su hija con una risa.
Madre e hija se quedaron conversando toda la noche, algo que nunca había ocurrido desde hacía muchos años.
Fiscalía del Distrito de Los Ángeles
15 de noviembre de 2025
El despacho de Erin Cross estaba en calma y la luz de la mañana caía sobre sus documentos apilados. Le había llegado otro caso de homicidio. Un joven hallado sin vida en un callejón de Echo Park. La nota preliminar de la policía hablaba de robo con violencia, pero Erin ni siquiera prestó atención.
Su teléfono sonó. Era el juez Víctor Langford.
—Langford, qué sorpresa. La última persona que pensé que me llamaría —dijo Erin.
Al otro lado, el juez hablaba con un hilo de voz, cargado de una gravedad poco común en él.
—Erin… no es fácil para mí hacerte esta llamada. Pero lo consideré una obligación moral.
Erin se irguió en su silla, expectante.
—¿Qué ocurre? —preguntó preocupada.
Hubo un silencio largo, roto por la respiración nerviosa del juez Langford. Luego, la frase sonó como un disparo.
—Es sobre tu marido —dijo—. Se ha escapado esta mañana de la prisión de Corcoran.
El mundo de Erin se quedó suspendido por un instante. Apretó la mandíbula tan fuerte que creyó que se le iban a partir las muelas.
—¡¿Cómo diablos ha podido escaparse?!
—Ha sido una fuga planificada. Aprovecharon el traslado rutinario de un grupo de internos a la enfermería. Un camión de suministros entró con credenciales falsas. Neutralizaron a dos guardias y salieron disfrazados de personal médico. La alarma saltó demasiado tarde.
Erin cerró los ojos un segundo. Recordó el rostro de aquel hombre, sus gritos, sus golpes, la violencia que había marcado su vida antes de que Cecilia Novak lo mandara a aquel agujero.
—Se han fugado cinco presos, Cross. Cuatro ya están de vuelta. Él todavía no. Y… —Se detuvo, como si buscara suavizar el golpe—. Tu marido no es un hombre que se quede mucho tiempo escondido.
Las palabras al otro lado de la línea eran tensas, tan tensas que parecían arrastrar el aire.
—Langford, si lo que me estás diciendo es cierto, lo único moral ahora es que lo encuentre yo antes de que él me encuentre a mí.
—Cuídate, Erin. Ten muchísimo cuidado, ese hombre ya no tiene nada que perder.
Erin se acomodó en la silla y colgó, repasando mentalmente lo que Langford le acababa de contar.
Entonces, la puerta se abrió sin previo aviso.
Clara Hale entró con paso firme, seguida de dos hombres trajeados que irradiaban autoridad. El primero, el Fiscal del Distrito Adjunto, responsable directo de la oficina de Erin y Clara. El segundo, el juez Thomas Varela.
—¿A qué se debe la grata visita de este comité? —preguntó Erin levantando la vista, vacilante.
Clara clavó la mirada en ella.
—Interrogaste a un chico que no tiene ningún cargo abierto —le reprendió Clara—. Los estupefacientes son cosa de mi unidad, no de la tuya, Cross. Esto se te está yendo de las manos. Alguien tiene que pararte los pies.
—¿Estupefacientes? —repitió Erin, como si no supiera de lo que hablaba.
—Sí, estupefacientes —continuó Clara—. El chico te ha denunciado. Daniel Moore.
El juez Varela y el fiscal adjunto no abrieron la boca.
—Por favor… fue un farol. Sospechamos que era el Cazador de Estrellas, nada más —mintió Erin.
—Ese caso está cerrado, Cross —dijo el fiscal adjunto con suavidad—. Lo que la señora Hale quiere decir es que tus acciones ponen en riesgo la credibilidad de esta fiscalía.
—Estoy de acuerdo en que la señora Hale no goza de habilidades sociales extensas, pero no me tiene que traducir lo que está diciendo para que lo entienda. Hablamos el mismo idioma, fiscal —respondió Erin, corrigiendo a su superior.
Clara no bajó el tono.
—Vas por libre. Siempre igual. Quiero pedir tu inhabilitación inmediata por negligencia —decía Clara Hale.
Erin permaneció en silencio unos segundos. Thomas Varela, que no había dicho nada hasta entonces, cerraba los ojos con pesadez al contemplar aquella escena.
—Un momento… —dijo al fin Thomas, clavando su bastón en el suelo—. Si alguien merece un voto de confianza aquí, esa es Erin Cross.
Clara bufó antes de contestar.
—¿Voto de confianza? Lo que merece es un expediente disciplinario.
Thomas Varela fulminó a Clara con la mirada y la hizo callar sin mover un músculo.
—Erin tiene toda mi confianza, fiscal —dijo Thomas antes de dirigirse a Clara—. ¿Qué prefieres, Clara? ¿Una fiscal que sigue las reglas al pie de la letra mientras los culpables escapan? Porque yo prefiero a alguien que, como Erin, se atreva a ensuciarse las manos para encontrar la verdad.
—Disculpe, señoría… pero eso se llama prevaricación —enfatizó Clara Hale.
Erin se levantó de su silla.
—No me hables de prevaricación, Clara. Tú te escondes detrás de tus manuales mientras la sangre sigue corriendo en las calles. Yo no vine aquí a coleccionar tecnicismos. Vine a hacer justicia. Y si te incomoda, ya sabes dónde está la puerta —dijo Erin sosteniéndole la mirada sin parpadear.
—¡Basta! —intervino el fiscal adjunto—. Esto no es un debate personal. Fiscal Cross, le daré un último aviso. La próxima vez que actúe fuera de los límites, se acabó.
Erin continuaba mirando a Clara sin pestañear, cruzada de brazos.
—¿Y el Cazador de Estrellas? —preguntó Erin.
—El caso del Cazador de Estrellas está cerrado. No quiero volver a escuchar ese nombre nunca más… quiero que lo entienda de una vez.
Erin no respondió. La sala estaba cargada de electricidad y en ese silencio había más desafío que en mil palabras.